¡Te compras muchos libros!

PalmaSiempre llega el momento en que alguien que conozco me dice: “¡Te compras muchos libros!”. Después empieza el interrogatorio: si me los leo todos, cuántos tengo en la pila de pendientes (“la pila” se queda corta, tengo una estantería de pendientes), cómo lo hago cuando no hay tiempo para nada, por qué no los cojo de la biblioteca, dónde los pongo, etcétera, etcétera, etcétera. A veces, estoy de humor y doy explicaciones. Después me arrepiento de haberme justificado. Y no es por los libros. Es porque son mis cosas, no hacen daño a nadie y me gusta hacerlas.

En cuanto al argumento de que gasto mucho dinero en libros, normalmente lo usa alguien que bebe copas los fines de semana, que compra tabaco habitualmente, que le gusta ir a la moda... Mientras me reprochan mis gastos, pienso qué deben gastar los demás en alcohol, en tabaco y en ropa. Pero no digo nada, porque no me gusta perder el tiempo.

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Compro libros porque leer es una manera de vivir: como, duermo, respiro y leo. Parecerá extraño, pero los libros están repartidos por mi habitación, el baño y el pasillo que tengo justo delante. Quiero que estén cerca de mí. Me gusta el olor que desprenden, cuando son nuevos y cuando son viejos. Guardo libros desde que era una adolescente, y los más antiguos tienen las páginas amarillas y se tienen que abrir con cuidado para que no se estropeen. Si fuesen personas, quizás sufrirían artrosis.

Mi librería habitual es uno de los pocos lugares amables que encuentro en Palma, porque no me gustan las aglomeraciones de gente y estoy desarrollando una fobia cada vez más exagerada a los ruidos. Allí dentro, conozco a todas las personas que trabajan y aprovechamos para hablar unos minutos, que normalmente acaban con una buena carcajada.

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Dentro de la librería puedo clasificar a las personas que veo: los que compran libros por obligación, los que acompañan al hijo o a la pareja, los que quieren hacer un regalo bonito, los que están enganchados a alguna saga que les hace felices, los de carácter más intelectual, los que buscan algo muy concreto, los maniáticos, los despistados... Es como si fuera mi hábitat natural.

Al llegar a casa, coloco a los recién llegados donde toca. Y, cuando me quedan menos de 100 páginas para terminar un libro, doy vueltas para coger el siguiente –esta es una norma sagrada. No soy yo quien elige la lectura siguiente, son los libros los que me dicen a quién le toca. En realidad, debería decir que compro libros porque me hacen más feliz que las personas –¡hijos míos, esto no va por vosotros!