Cerrar un libro...de la emoción
Palmaa veces tengo la inmensa suerte de emocionarme hasta límites insospechados frente a las creaciones de otras. Es muy grande lo que me pasa. La primera vez que oí la Sarabande de Haendel me subió desde las piernas una especie de sensación de placer físico que me llegó a la boca del estómago. Se me aflojaron las rodillas y tuve que respirar fuerte porque pensaba que iba a desmayarme. Lo recuerdo perfectamente. Debía tener unos 15 años y miraba Barry Lyndon, de Stanley Kubrick. La película me hipnotizó y esa música me tocó todas las fibras del corazón.
Lo mismo me pasó con La leggenda del pianista sull'oceano, de Giuseppe Tornatore; Cesare deve morire, de los hermanos Taviani; Novecento, de Bernardo Bertolucci; y La grande Bellezza, de Paolo Sorrentino. Al terminar de ver estas películas me quedé paralizada en la silla, y pensaba que la cabeza me explotaría porque lo que había visto era demasiado para cualquier persona: demasiado fuerte, demasiado poético, demasiado brutal –sí, casualmente todas son italianas.
Muerte de Asno, de Edvard Grieg; el concierto para violín de Chaikovsky; elAdagio de Samuel Barber; Palladio, de Karl Jenkins; Pasacaglia, de Haendel... Nada más pensar en estas obras me falta la respiración y, si las siento, tengo que cerrar los ojos para que mi cerebro se eleve en una espiral mística.
También recuerdo perfectamente la primera vez que leí Guerra y Paz, de Lev Tolstoi –gracias por el consejo, profesor Bujosa. Tenía 17 años y lo había comprado para hacer más ligero un viaje en autobús de Sevilla a Cádiz. El viaje no fue más ligero, me cambió la vida, fue una epifanía. Aquella persona me hablaba de una manera que, no es que la entendiera, es que la sentía en mí de una manera instintiva.
Svetlana Aleksiévich, Philip Roth, Natalia Ginzburg, Ingmar Bergman, David Sedaris... Con ellos he sentido tan intensamente que he olvidado incluso dónde estaba con un libro suyo en las manos. Entiendo que piense que es una locura, pero es lo que me pasa, como si fuera un arrebato.
Es lo que me ha pasado hoy con Yelena Kostiuchenko (Mi país querido. Crónicas de un país perdido, La Segunda Periferia). Iba en tren cuando lo he abierto y, después de unas pocas páginas, he tenido que cerrarlo porque la emoción era demasiado grande. He mirado por la ventana, por la que desfilaban árboles y diferentes tonalidades de verde. Brutal.