Celestí Alomar, un político valiente

Hay una manera fácil de escribir sobre Celestí Alomar estos días: recordar que fue el padre de la ecotasa, explicar que aquella idea, que parecía una extravagancia hace veinticinco años, hoy forma parte del paisaje político de las Islas Baleares y concluir que el tiempo le ha acabado dando la razón. Todo esto es cierto pero insuficiente; porque quizás la mejor manera de honrar a Celestí Alomar no es recordar que fue el artífice político de la ecotasa, sino recordar por qué la defendió.

Y aquí la distancia entre aquella ecotasa y el impuesto de turismo sostenible actual deviene políticamente interesante. La ecotasa de 2001 no nació para hacer más sostenible el turismo que ya teníamos. Nació de una idea bastante más incómoda: que el turismo de masas tenía unos costes que no podían seguir pagando solo los residentes, el territorio y los recursos naturales; y que, por tanto, quien obtenía beneficios de este modelo también debía contribuir a reparar sus efectos.

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Alomar lo explicaba con una claridad que hoy conviene recuperar. El nuevo impuesto se justificaba, decía, por la solidaridad de los visitantes con el territorio que ocupaban y con las personas que vivían en él. Y añadía una idea aún más significativa: los intereses generales debían prevalecer sobre los particulares. Esto era la ecotasa. No era simplemente cobrar un euro más al turista. Era introducir una pregunta política en el debate turístico: ¿qué precio paga una sociedad cuando convierte su territorio en un destino turístico masivo? ¿Y todavía otra: qué hacemos con el dinero que genera este modelo?

Alomar no parecía conformarse con la respuesta habitual: construir más, ofrecer más, vender más, recibir más visitantes… porque entendía que las Islas Baleares no podían crecer indefinidamente dentro de un territorio finito. Su ecotasa quería obtener recursos para recuperar patrimonio, rehabilitar zonas turísticas y proteger el medio ambiente, pero también formaba parte de una concepción más amplia: la necesidad de transformar el modelo turístico. El mismo Alomar lo explicaría años después con una contundencia que hoy resulta casi profética: la masificación nos generaba impactos negativos y había que avanzar hacia un modelo de decrecimiento turístico. Por eso aquella ecotasa fue tan combatida; no porque un euro fuera una cantidad extraordinaria, sino porque cuestionaba una determinada concepción del turismo. En el año 2001, cuando el Parlamento aprobó el impuesto, el sector hotelero y el Partido Popular se opusieron frontalmente. El gobierno estatal de Aznar, incluso, recurrió su aplicación ante el Tribunal Constitucional. El impuesto entró finalmente en vigor en mayo de 2002 y fue derogado en 2003, después del cambio de Gobierno.

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Veinticinco años después, la historia ha dado una vuelta curiosa: que la ecotasa haya sobrevivido no significa necesariamente que haya sobrevivido la idea de Alomar. La diferencia no es menor. La ecotasa que defendió en el año 2001, cuando parecía una provocación, hoy forma parte de la normalidad institucional. Pero creo que esta manera de recordarlo se queda corta, porque Alomar no solo se adelantó a su tiempo, su tiempo todavía no lo ha atrapado. Celestí Alomar tenía una determinada manera de entender la política turística. Un año después de aprobarse el impuesto, Alomar ya hablaba de un nuevo modelo basado en la sostenibilidad y los resultados a largo plazo. Y decía algo que hoy parece escrito después de todas las manifestaciones contra la masificación: "El número de visitantes y las construcciones no pueden seguir creciendo". Eso era la ecotasa original: no una manera de hacer más sostenible el mismo modelo turístico, sino una herramienta para empezar a cambiarlo.

Hoy hablamos mucho de sostenibilidad, pero no de poner límites. Hay un hecho que sigue siendo incómodo: el problema no es solo cómo crecemos, sino que continuamos creciendo. Alomar ya había llegado a esta certeza hace un cuarto de siglo y la mantuvo siempre. Cuando le preguntaban si estaba por el decrecimiento, aún era más claro: "Absolutamente". "Hemos llegado a un punto donde tanta masificación nos genera un impacto con muchos aspectos negativos", explicaba. Mantuvo durante décadas una misma idea de fondo: que las Islas Baleares no podían confundir indefinidamente crecimiento turístico con progreso.

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Por eso creo que deberíamos ir alerta cuando celebramos que la ecotasa ha sobrevivido. Sí, la ecotasa ha sobrevivido. Pero la pregunta es si ha sobrevivido también la ambición. Porque, en el fondo, la pregunta de Alomar continúa siendo la nuestra: ¿queremos unas Islas Baleares adaptadas al turismo o un turismo adaptado a las Islas? Él ya había elegido. Ahora nos toca ver si nosotros también.