Muchos casetes hacen un infiernito

Una de las imágenes más recurrentes en el discurso del Partido Popular durante la campaña de las últimas elecciones autonómicas y del primer tramo de esta legislatura fue la de la ‘casita’ o el ‘solar’ que muchos isleños supuestamente heredan ‘de los abuelos’ y que deberían poder reformar, edificar y explotar según quisieran. La idea era muy sencilla, y seguramente de consenso entre la gran mayoría de la sociedad favorable a la defensa más básica de la propiedad privada: casi todas las cosas pertenecen a alguien, y el hecho mismo de esta pertenencia da derecho a ese alguien a hacer con ella lo que quiera, siempre que esto no atente contra los demás o el interés general. Así, según el argumentario defendido por el PP, todo el mundo debería poder hacer y deshacer con aquel ‘huerto’ que han heredado de la tía de Son Sardina o aquella ‘barracada’ que, arreglada, se podría convertir en un contenedor perfecto para la enésima propuesta de alquiler vacacional. ¿Qué pasa, sin embargo, cuando estas ‘casitas’, ‘barracadas’ y ‘huertos’ llegan a ocupar buena parte del suelo rústico de las Islas? ¿Qué debemos hacer, cuando tantas promesas de paraíso, juntas, acaban destruyéndolo sin remedio?Basta coger el coche o la bicicleta y dar una vuelta por cualquier núcleo urbano de las Baleares para ver cómo no solo los núcleos mismos, sino sus alrededores, se han transformado de manera sustancial en los últimos tres o cuatro años. Allí donde antes había solares entre medianeras, en los pueblos y ciudades, ahora hay casas que imitan (¡solo imitan!) la construcción tradicional y que ofrecen patios con piscinas lujosas, paredes forradas de marés y pared seca y persianas decoradas con los colores pastel más a la moda. Y lo mismo pasa en el campo: allí donde había una huerta, en el mejor de los casos, o bien un terreno prácticamente abandonado, ahora ha aparecido un chalet, como un champiñón, ahora una casa que estropea el estilo arquitectónico y de nuevo rico de Beverly Hills, ahora una piscina desde la cual casi (o sin el casi) se puede ver la piscina del vecindario.Una casa con piscina en medio de la pleta es un privilegio y un lujo reservado para poca gente; sobre todo, para la que se la puede pagar, muchas veces con capital extranjero. En cambio, una casita desde donde se ve otra casita, a donde llega el ruido del jardinero de otra casita, que oye las obras, durante todo el verano, de otra casita… Puede llegar a ser un infierno. ¿Quién querrá comprar o alquilar casas, en las Islas Baleares, cuando las idílicas viviendas supuestamente en medio de la naturaleza sean el único paisaje que quede por ver? ¿Quién querrá venir, cuando los recursos naturales se hayan agotado? ¿Hasta dónde debemos llegar para que los propietarios (sin tan siquiera apelar a su eventual conciencia ecológica) vean que, si la tendencia no cambia, sus mismos negocios se irán al traste en cosa de cinco años, diez años, veinte, a lo sumo? Muchas casitas juntas ya no son muchas casitas: son un infiernillo. Y no es que sea hora de poner límites, es que ya llegamos muy tarde.