Los bombones no fallan
Siempre se ha dicho que los bombones son un regalo seguro, que nunca fallan, que gustan a todo el mundo y que no comprometen mucho. Excepto, claro está, cuando dentro de la caja no hay bombones sino billetes. Entonces ya no es un detalle, es una declaración de intenciones. Y bastante vintage, por cierto.
Los 20.000 euros dentro de una caja de bombones que un empresario de Cala Millor hizo llegar a la directora general de Costas es una escena propia de un guion de otro tiempo. Y, sin embargo, aquí estamos. Año 2026.
“No hay tiempo que no vuelva”, decía mi abuela. Y yo siempre había pensado que era una de esas frases hechas que sirven para hablar de los pantalones de campana. Pero resulta que también se utilizan para la corrupción con aire rancio. Porque una cosa es que haya pequeñas corruptelas –que se ve que siempre las hay, con más o menos sofisticación– y la otra es esta escenografía de sainete, casi entrañable si no fuera porque da un poco de miedo.
Y yo que pensaba que ya no volveríamos a ver escenas como la de los cientos de miles de euros dentro de una lata de Cola Cao que tenía enterrada en el jardín la gerente del Consorcio para el Desarrollo Económico de las Islas Baleares, como si fuera un tesoro de piratas. O aquellos post-its con cifras escritas que se decía que un mandatario público mostraba pegados a la mano para que los empresarios entendieran el precio de cada favor.
Pensaba que no volveríamos a recordar la llamada providencial de aquel diputado que avisaba a un alcalde de que sería detenido y después aseguraba que solo habían comentado que “era lunes y estaba en su despacho”. Una frase tan anodina que muchos la enmarcaron en versión primera persona. Pensaba que casi olvidaríamos al concejal que no quería casar homosexuales, pero se pagaba orgías con hombres con la tarjeta municipal. O la firma del duque ‘em-palma-do’ que hacía el yerno del rey. O las esculturas que se decía que se regalaban a la ciudad y tenían unos costes de producción tan inflados que había para repartir. O las cenas organizadas por políticos a amigos y conocidos a los que decían aquel entrañable “comed, comed, que paga el Gobierno”, una versión autóctona del buffet libre, pero con dinero público.
Todo ello forma parte de un imaginario que creíamos superado, como el fax o las cintas de casete. Nos habíamos hecho a la idea de que la corrupción, si había de ser, sería más tecnológica, más discreta, más del siglo XXI. Con sociedades pantalla, transferencias opacas y nombres impronunciables. Pero no: todavía hay quien apuesta por la caja de bombones.
La caja de bombones, ¿a quién se le ocurre? Pues se le debe ocurrir a quien piensa que nada ha cambiado tanto, que los mecanismos de control son más decorativos que efectivos, que siempre habrá un rincón para hacer la jugada. Seguramente se le ocurre a quien confía en la desmemoria colectiva, en esa capacidad nuestra de indignarnos o de reírnos un par de días y después pasar página. Quizás sí que la abuela tenía razón. No hay tiempo que no vuelva.