Bajar a Palma, uf
PalmaBajar a Palma se ha convertido en una de esas cosas que una hace porque no tiene otro remedio. Voy a casa de mi madre, a la casa donde nací, y también al trabajo. No voy a hacer turismo, pero últimamente siempre tengo la sensación de que, para llegar, tengo que atravesar un mundo que ha invadido el lugar por donde necesito pasar. He de tener, incluso, un permiso especial para entrar en esta parte de la ciudad. Los que la saturan, sin embargo, no necesitan ninguna autorización para hacerlo.
Ya de camino hacia Palma, recuerdas aquella profecía que hizo el poeta Miquel Cardell cuando inauguraron la autopista Llucmajor-Campos: la habían construido para que los que venimos de aquella zona lleguemos más pronto a un atasco. La acertó.
Entras a Ciudad por delante de la Seu y empieza la fiesta. Entre los edificios de Marina y de la Autoridad Portuaria, allí donde a cualquier ciudadano normal no le dejarían estacionar ni una bicicleta treinta segundos, encuentras dos, tres o cuatro autocares atravesados en la calzada, que recogen turistas con toda la tranquilidad del mundo. Y si no hay autocares, están los turistas que los esperan. Centenares, apilados a la sombra de los cuatro árboles que hay, como corderos esperando que pase el calor.
Giras hacia el huerto del Rey y la situación mejora mucho: ahora tienes taxis. Taxis esperando turistas, turistas esperando taxis, turistas esperando el bus turístico, bus turístico esperando turistas y, por el medio, yo, con mi permiso especial, intentando llegar a casa de mi madre. Es como una especie de juego de mesa: gana quien consigue llegar a casa sin atropellar a nadie ni perder la paciencia.
A continuación vienen los pasos de peatones. Hay dos o tres en aquel tramo, pero es como si fueran veinte. Porque tú paras el coche, dejas pasar a cincuenta turistas y, cuando ya crees que ha terminado, salen tres más. Y después diez más. Y después una pareja que se hacía una selfie de espaldas a la Seu y que, de repente, ha decidido cruzar. Esto sin contar a los que se te tiran encima del coche en cualquier esquina, en cualquier semáforo. Sí, tú tienes el verde; ellos, el rojo, pero se ríen de ello.
Finalmente llegas a tu calle. Y ya no queda nada pensado para ti, ni comercios, ni bares, ni restaurantes, ni servicios. El barrio donde hiciste tu vida es un escaparate para gente que pasará allí dos horas. En los alrededores del Born, un té matcha vale seis euros. Un helado, seis y medio. Y si entras a un local, te dicen que también tienen la carta en español. Solo falta que me pidan el pasaporte.
Después hay quien no entiende por qué crece el malestar. Pues porque ha llegado un momento en que tu ciudad te trata como si el visitante fueras tú. Cuando entrabas en Palma, sin embargo, has visto dos cruceros en el puerto, dos monstruos flotantes que llevan más pasajeros que habitantes tienen muchos pueblos de Mallorca. Y has abierto un diario y has visto al consejero de Turismo, representantes de la patronal hotelera, del pequeño comercio y de la restauración, todos cantando las excelencias de los cruceristas y de los cruceros. Ellos dicen que no contaminan, pero yo encuentro que todo lo que he explicado hasta ahora es contaminación.