Babel y la nación
La maldición de Babel –como nos recuerda Joan-Lluís Lluís en un ensayo magnífico, Baila con Babel– se basa en el equívoco de suponer que la variedad lingüística es una maldición divina, un castigo, cuando, de hecho, es todo lo contrario: un regalo de Dios, o de una Humanidad que se enriquece a sí misma cuando aborda el problema de la comunicación y la memoria y el conocimiento personal y colectivo desde miles de perspectivas diferentes.Fue el monolingüismo del mito bíblico el que llevó a la idea de levantar la torre. Una sola lengua significa una sola manera de entender el mundo, una sola narrativa, una sola cultura, una sola autoridad. Y es precisamente entonces que aparece el proyecto imperial. Vivimos, no en las ruinas de la torre, sino en el continuo proyecto de levantar nuevas y eliminar los otros miles de maneras de representar la vida y el mundo. Llamadle torre o estado nación. Llamadle como queráis. Cada lengua deposita no solo categorías gramaticales, sino metáforas, clasificaciones de la naturaleza, concepciones del tiempo y formas de cortesía, relaciones entre el individuo y la comunidad. Es la uniformización lingüística del planeta lo que lo hace un lugar más violento e inhabitable. Son las ganas de borrar lenguas lo que lleva a las ganas de borrar a las personas que las hablan y que se empeñan todavía en quererlas hablar y transmitir a los hijos. J.M. Coetzee dice que mientras matemos animales mataremos personas, y que los mataderos son las antesalas de los exterminios de masas entre humanos. No son los mataderos, sin embargo, sino los lingüicidios. Las políticas y las actitudes de asimilación cultural que llevan a la marginación lingüística son la antesala de los genocidios. Hecho que está históricamente documentado: los ejemplos de esta aseveración son innumerables. No hay lenguas superiores a las otras; no hay lenguas que fallen a la hora de expresar el amor y el conocimiento y las abstracciones.Cada lengua podría aportarnos un concepto redentor, ganador, una iluminación de sentido que perdemos para siempre. Porque igual que el griego dio luz a los conceptos que alimentan todavía buena parte de nuestra filosofía; el latín, las categorías jurídicas; el árabe medieval, el vocabulario científico y ahora el inglés nos da del lenguaje tecnológico, las otras lenguas del mundo podrían hacer su aportación, si no las dejamos morir en el desconocimiento y el silencio.