Austeridad contra el caos: la felicidad empieza cuando dejamos de desear tanto

En medio del caos, debemos poner de nuestra parte para encontrar instantes de felicidad (quien busque un continuum de beatitud, ya puede olvidarse, lo siento).

Epicuro recomienda que nos alejemos de la política, porque solo sirve para estresarnos. Y eso que no vivió los desastres del siglo XX ni la amnesia del siglo XXI, que ha hecho revivir las manías del fascismo. Es obvio que no podemos apartar el gobierno de la polis de nuestra vida, pero sí que podemos crear burbujas de tiempo dedicadas a cuestiones mucho más importantes, como una brisa cuando el sol se marcha, el rumor del mar cuando la playa se vacía de gente, prestar atención a los sonidos de los pájaros, perdernos en las páginas de un libro, llorar de emoción y reír a placer.

Aquí no hay lugar para el victimismo que exhiben habitualmente los seres privilegiados como nosotros. No se permite decir que no encontramos el momento de disfrutar de estos instantes. Nosotros somos los responsables y no tenemos excusa. Es patético que sí encontremos momentos para mirar estupideces en el móvil y no para contemplar el mundo y respirar, cosa que también es una manera de mirar dentro de nosotros. Si hemos decidido hacer las cosas mal, lo mínimo exigible es que lo asumamos y no nos quejemos.

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Epicuro también nos da otro consejo que nos puede servir para sacar adelante una vida más humana (esta es nuestra paradoja: somos seres humanos con una vida muy poco humana, robótica, basada en la inercia). Debemos desear menos. Parece muy difícil, pero no lo es. Solo debemos eliminar el cúmulo de deseos absurdos que nos ofuscan. En definitiva, simplificar. Si no tenemos problemas graves, ¿por qué sufrimos? Es un sufrimiento vergonzoso, no tenemos derecho a él. Hay muchas, muchísimas, personas sin hogar que crían a los hijos en condiciones precarias, que sueñan con un futuro que la sociedad les niega, porque los considera indeseables... En nuestro caso, es mejor que, antes de quejarnos, callemos.

También convendría que las decisiones referentes a nuestra vida dependieran de nosotros mismos y no de lo que opinan, piensan, consideran, aconsejan los demás. Quizás a Epicuro le daría un buen infarto si viera la cantidad de recursos intelectuales, psicológicos y emocionales que este mundo invierte en las redes sociales, que no sirven para cultivar otro de sus baluartes: la amistad. La de verdad, la de conversaciones eternas, la de los ojos que se miran.