Año nuevo, vida vieja

Cuando somos pequeños, un año que comienza es como un regalo inmenso por estrenar. Esa sensación de inicio es fresca. Cómo dirían los futbolistas y los políticos, hace ilusión. Pero, como tantas cosas de la infancia que se evaporan, pronto nos damos cuenta de que el cambio de cifra es sólo una cuestión estética, porque todo sigue igual (de mal).

El próximo año la extrema derecha mantendrá su ofensiva ideológica, a la conquista del espacio de las ideas y de las urnas. Su discurso ya se respira por las calles, pero el tiempo que carece para las elecciones cada vez se acorta más y se intensifica y magnifica en período preelectoral. Por el momento, el fascismo ha triunfado en los ataques contra la migración: los pobres se enfrentan a quienes son aún más pobres que ellos, mientras que el sistema se legitima y los ricos levantan el vuelo.

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También habrá miles de personas sin casa en el 2026, a pesar de las miles y miles de viviendas con las que el Gobierno se llena la boca. Las palabras, sin hechos, son complicadas de creer. Claro, tomar medidas contundentes para que se cumpla ese derecho constitucional (que no fundamental) no es factible, porque esto implicaría generar molestias a las grandes empresas ya los fondos de inversión, los tótems de nuestra sociedad. Sería una inmoralidad violar la sacralidad de la propiedad sagrada de aquellos que especulan con las necesidades y urgencias de personas que, con suerte, lo único que tienen en la vida es un trabajo mal pagado y con jornadas que sólo hacen posible un lujo: el cansancio.

Los que son de aquí tendrán que ir a vivir ve a saber dónde y las decenas de millones de turistas que nos visitan gozarán de nuestra principal virtud: el servilismo, que hace maravillas en los territorios cuya economía gira en torno al sector servicios. Nuestra misión en la vida es que los turistas se encuentren a gusto en las playas, en los hoteles, en los pisos donde nosotros no podemos dormir, las carreteras... Debemos conseguir que quieran volver, que se sumen a los nuevos y llegar a cifras de visitantes que el hombre balearicus no pudo ni soñar.

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En 2026 también seremos unos cínicos. Nos quejaremos de los demás, cuando nosotros hagamos lo mismo. Seremos egoístas, ignoraremos el sufrimiento de los demás y buscaremos la máxima satisfacción de los caprichos que consideramos necesidades absolutas para nuestra persona. Mejor no desear mucho para el próximo año, porque, como dijo un sabio: todo puede ser peor.