2029: El fin de nuestro pueblo
A principios de septiembre, coincidiendo con el inicio del curso, el mundo se levantó con una nueva amenaza a la vista. “Creo que, si no frenamos el ritmo actual de progreso, existe una gran probabilidad de que todos muramos en un futuro inmediato”, afirmó Jacob Coxon, matemático, tecnólogo y extrabajador de Anthropic. ¡Lo que nos faltaba! Después se sumaron otras voces. El último, David Robison, que había dirigido trabajos de transparencia en el equipo de seguridad de OpenAI.
La cosa ha llegado hasta el punto de que los mismos tecnobros de Silicon Valley, como Google y X, han pedido pisar el freno. En contraposición, Trump dice que nada de aflojar. El 47.º presidente defiende que los Estados Unidos están inmersos en una guerra tecnológica con China que se tiene que ganar sí o sí. Porque, por lo que se ve, si nos tenemos que extinguir, al menos conviene llegar los primeros.
Ante este panorama, yo me pregunto: ¿y si Terminator no era ciencia ficción, sino un documental avanzado a su tiempo? Recordemos el argumento de esta película de culto de los años ochenta. El año 2029 las máquinas dominan la Tierra después de un apocalipsis nuclear provocado por Skynet, un superordenador que quiere destruir a la humanidad.
Y aquí es donde la fecha me hace gracia. Porque en 2029 los mallorquines también tenemos una cita importante: celebraremos los 800 años de la conquista de Jaime I. Ocho siglos desde que las tropas catalanas entraron en Madina Mayurqa y Mallorca quedó incorporada al mundo cristiano occidental. Después, llegaron los nuevos pobladores buscando tierras y un futuro mejor, un poco como ahora, vaya. Eso sí, con los pequeños inconvenientes habituales de las conquistas medievales: muertos, esclavos, violaciones y una sociedad anterior hecha pedazos. Por todo ello, yo me pregunto: ¿y si, mientras Skynet prepara su apocalipsis, nosotros celebramos los 800 años del nacimiento de la Mallorca que conocemos… justo cuando empezamos a asistir a su final?
Es cierto que hay motivos para preocuparse por la inteligencia artificial. Ya hemos visto sistemas capaces de actuar de maneras no previstas por sus creadores… y eso asusta. No estamos dando solo cerebro a las máquinas: empezamos a darles manos. Pueden actuar, tomar decisiones y ejecutar tareas con una autonomía cada vez mayor.
Pero también hay investigadores que dicen que no hiperventilemos. Ellos consideran que tanta obsesión con Terminator nos distrae de los problemas que ya tenemos aquí. Sandra Wachter, profesora del Oxford Internet Institute, apunta a riesgos mucho menos cinematográficos pero bastante más reales: desinformación, pérdida de puestos de trabajo, impacto ambiental, falta de privacidad, sesgos algorítmicos… En esta línea, Yanis Varoufakis hace tiempo que advierte que la revolución tecnológica puede acabar reforzando todavía más el poder de una pequeña élite. Es decir: quizás la IA no nos exterminará. Quizás simplemente servirá para que los ricos sean más ricos, las grandes corporaciones más poderosas y las democracias un poco más decorativas. No es tan espectacular como un robot asesino persiguiendo a Arnold Schwarzenegger, pero tampoco suena especialmente tranquilizador.
También existe, por suerte, la posibilidad contraria. Se dice con titubeos y muchos peros, es verdad, pero hay voces, que todavía son capaces de soñar un mundo mejor. Hablo de figuras de primer nivel, como Nick Bostrom que ha imaginado un futuro en el que la IA nos libere de buena parte de nuestras obligaciones. Las máquinas trabajarán por nosotros, las enfermedades desaparecerán, no pasaremos hambre y podremos dedicar la vida a las artes, a pensar, a amar o, simplemente, al sofing. Una jubilación universal de la humanidad. Fantástico. Lo firmamos ahora mismo.
El problema es que, mientras esperamos este paraíso tecnológico –o la llegada de Skynet–, el mundo real continúa funcionando. Y en Mallorca sabemos perfectamente cómo funciona: el Mediterráneo es cada vez más caliente y los fenómenos meteorológicos, más extremos e imprevisibles. Nuestro modelo energético continúa dependiendo de unos recursos que no son infinitos. El turismo continúa batiendo récords sobre unas islas que tienen exactamente los mismos kilómetros cuadrados que hace mil años. La vivienda se ha convertido en un producto de lujo, y la gentrificación transforma barrios, pueblos, comercios e incluso la lengua que oímos por la calle.
Pero la respuesta, como sociedad, continúa siendo la misma: más turistas. Más piscinas. Más chalets.
Y alerta, que ahora vienen elecciones. El PP y Vox aspiran a gobernar también en Madrid –en las Baleares ya sabemos qué es tenerlos en el Gobierno– y, si algo han defendido es precisamente continuar alimentando esta huida hacia adelante. Y después nos preocupa que una inteligencia artificial pueda perseguir obsesivamente un objetivo sin entender sus consecuencias… ¡ay de mí! Quizá, al final, hemos entrenado a las máquinas demasiado bien a nuestra imagen y semejanza. Pero yo no tengo muy claro que tengamos que esperar a Skynet para ver cómo todo se va al traste. Quizá Mallorca no se acabará porque una superinteligencia decida, un buen día, que los humanos somos prescindibles. Quizá nuestro final sea mucho más vulgar y, sobre todo, mucho más nuestro: habremos sido nosotros mismos los que, a fuerza de querer ser unos yonquis del dinero, habremos hecho inhabitable la tierra donde vivimos.