Qué queda del 15-M en las Baleares 15 años después?

Estos días se cumplen 15 años de la eclosión del 15-M, aquel movimiento que ya nos parece prehistoria, como casi todo lo que sucedió antes de la pandemia, y que muchos de mis estudiantes ni siquiera recuerdan, bien porque no lo vivieron y también porque los libros de historia tardan demasiado tiempo en incorporar los hechos realmente relevantes. E incluso cuando se incorporan, buscamos subterfugios para pasar de puntillas por los episodios incómodos, como ha pasado con el enterramiento sistemático de la memoria democrática. Aquel 15-M lo fue, relevante, por diversos motivos.

En primer lugar, no se trataba de una movilización aislada, sino que se produjeron hechos similares en otros países, como Grecia (la generación de los 700 euros en la plaza Sintagma de Atenas) y los Estados Unidos, con el movimiento Occupy Wall Street. Al cabo de unos años, movimientos similares se replicaban en otros países, como el Nuit Debout francés, ya en 2016. En todos ellos, el denominador común era la 'indignación'. Los 'indignados' de Islandia, uno de los espejos del 15-M, hicieron caer el gobierno que los llevó a la crisis, dejó caer los bancos y persiguió judicialmente a los responsables.

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Había indignación con la forma de gestionar una crisis económica que, además de empobrecer a una parte importante de la población, rescataba bancos que desahuciaban familias al tiempo que recetaba recortes importantes en educación, sanidad y servicios sociales. En un contexto en el que la corrupción de los grandes partidos del sistema, además, alejaba a la ciudadanía de unos representantes de los que sentíamos vergüenza… ‘No hay pan para tanto chorizo’ era uno de los cánticos clásicos en las plazas.

Segundo, el 15-M fue una respuesta social que permitió juntar gente de ideas diversas y ponerla a imaginar y discutir alternativas y llevarlas a la práctica. El movimiento no solo se dedicó a impugnar el sistema político y económico en el terreno del discurso, sino que las asambleas de las plazas, en sí mismas, representaban una forma diferente de entender una democracia que debía dejar de ser solo cosa de los ‘políticos’: debía ser, también, una democracia participativa.

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Aquel ejercicio de juntarse, pensar colectivamente y escucharse, tuvo diversas derivaciones. Se ha hablado mucho de la política, con la irrupción de Podemos y la crisis del bipartidismo, pero no tanto de otras igualmente importantes. Una fue el reforzamiento y la ampliación del feminismo, que incorporó nuevas generaciones de activistas y creció de forma exponencial, hasta devenir una amenaza para el sistema. También los ‘iaioflautas’ marcaban la agenda, y me atrevería a decir que las luchas por las pensiones dignas que se han mantenido estos años también crecieron en aquel contexto, de la mano de las denuncias a los estafadores de las ‘preferentes’ que arruinaron a miles de personas mayores. Y en clave local, la Asamblea de Docentes y la movilización de toda la comunidad educativa, que condujo a la manifestación más grande y más transversal de la historia de las Baleares, justo dos años después del 15-M, también bebía del espíritu de las plazas. Son solo algunos ejemplos.

Para muchas personas, el 15-M supuso la primera escuela ciudadana; allí aprendieron el sentido de juntarse con otros para cambiar las cosas. Está claro que ya existían otros espacios donde hacer eso: partidos, sindicatos, asociaciones y entidades formales de todo tipo… ¿Pero hasta qué punto eran capaces de entender y de conducir tanto malestar? ¿Lo hacen ahora? ¿O quién aprovecha estos malestares –que todavía existen– es la extrema derecha, absolutamente sumisa a los intereses de los poderosos?

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Temo que 15 años después, el panorama es un poco desolador, pero las lecciones del 15-M sí que las deberíamos tener bien presentes. La principal es que con las herramientas del amo nunca desmontaremos la casa del amo, como nos enseñó Audre Lorde. Los últimos años, las izquierdas políticas y sociales han sustituido las plazas, el espacio público y de encuentro, por las herramientas del amo: las redes sociales y unos aparatos de comunicación que no tienen mucho que hacer en un contexto de reacción feixistoide y de concentración de capitales, incluidos los de los medios de comunicación y las redes sociales con sus algoritmos. Menos comunicación y más acción. Ya basta de pensar que colgando una historia ya hemos hecho la revolución, mientras los otros continúan atomizándonos y destruyendo la sociedad y los sueños compartidos.

Reapropiémonos otra vez de las plazas, como metáfora de cualquier espacio o excusa que nos permita encontrarnos para pensar y decidir colectivamente sobre cualquier cosa. También sobre la economía, que atraviesa y destroza las vidas de tanta gente y que no puede restar al margen de la democracia. Porque si no podemos decidir también sobre esto –en nuestro caso, si queréis, sobre el turismo– no es democracia. Es en todo caso, como dice Varoufakis, oligarquía con elecciones. O, sencillamente, juntémonos para cuidarnos de tanta violencia normalizada, incluida la del lenguaje.

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Aprovechemos este aniversario para repensarnos. ¡Viva el 15-M.