Los PISA retratan un sistema educativo en tormenta permanente: no tiembla una columna, sino todo el edificio

Las Baleares empeoran en Lectura, Matemáticas y Ciencias mientras las aulas afrontan más diversidad y vulnerabilidad, cambios en la evaluación y nuevos hábitos marcados por las pantallas, en una escuela que acumula demasiados frentes abiertos a la vez

08/09/2026 - 21:21 h.

PalmaLas Baleares obtienen peores resultados que España, la media de la Unión Europea y la OCDE en las tres competencias evaluadas por el informe PISA correspondiente a las pruebas realizadas en 2025. La fotografía es especialmente preocupante en Comprensión lectora, donde las Islas caen hasta los 441 puntos, 31 menos que en 2022, pero el retroceso también es notable en Matemáticas, con 449 puntos (-22), y en Ciencias, con 471 (-9). En unas pruebas en las que una diferencia de 20 puntos equivale aproximadamente a un curso académico, la magnitud del descenso es difícil de ignorar. Más de la mitad de los alumnos no alcanza, por ejemplo, el nivel 2 de competencia científica, el umbral que PISA considera básico. Los datos, por sí mismos, no explican por qué ocurre. Pero sí que obligan a mirar qué ha cambiado dentro de las aulas y también fuera de ellas.

Porque el alumnado de hoy no es el mismo que el de hace diez o quince años. Las aulas son más diversas, hay más alumnos que llegan al sistema educativo durante el curso, más situaciones de vulnerabilidad socioeconómica y también nuevos hábitos de aprendizaje y de consumo de información. Durante el curso 2025-2026 se incorporaron a las escuelas de Baleares 3.801 alumnos recién llegados. No es un dato que permita atribuirles los malos resultados (sería una conclusión tan fácil como equivocada), pero sí describe una realidad que los centros deben absorber, a menudo con recursos limitados y con una dificultad añadida: enseñar y evaluar a alumnos que pueden no dominar todavía la lengua en la que se les enseña (ni castellano ni, por supuesto, en catalán).

Las pruebas PISA constatan una importante diferencia entre el alumnado autóctono y el inmigrante. Antes de tener en cuenta la situación socioeconómica, la distancia ronda los 48 puntos. Cuando se descuenta el efecto del nivel socioeconómico, sin embargo, se reduce hasta unos 29 puntos. Esto es significativo porque indica que una parte significativa de las diferencias no tiene que ver simplemente con el origen del alumno, sino con las condiciones en las que vive y estudia. Y aquí aparece otro de los grandes problemas de Baleares: el nivel socioeconómico del alumnado es inferior al de la media española, europea y de la OCDE.

Suspender, complicado

La cuestión es que esta realidad coincide con una transformación profunda de la manera de enseñar. La LOMLOE ha introducido un modelo de evaluación y promoción en el que las competencias y el progreso del alumno tienen un peso central. Repetir curso ha pasado a ser una medida excepcional y las decisiones de promoción y titulación dependen de una valoración global de las competencias y los objetivos de la etapa. Esto no significa que un alumno pueda titular automáticamente con carencias graves en cualquier materia, pero sí que el sistema ha dejado atrás una concepción más basada en el número de asignaturas suspensas y en la repetición como mecanismo de corrección. Profesores indican que se han sentido menospreciados por otros compañeros de claustro cuando han decidido suspender a un alumno, como si fuera algo grave decirle a una familia que su hijo no cumple el nivel mínimo de una materia.

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Este cambio ha sido muy cuestionado por una parte del profesorado, que considera que la evaluación se ha alejado demasiado del conocimiento concreto que el alumno es capaz de demostrar. Es también aquí donde aparece una de las discusiones de fondo que los resultados de PISA vuelven a poner sobre la mesa: ¿hasta qué punto se puede desarrollar una educación basada en competencias si el alumnado no tiene una base sólida de conocimientos sobre la cual construirlas?

La respuesta de la Consejería de Educación de Antoni Vera ya está en marcha. El Gobierno ha dado un giro explícito hacia el refuerzo de los aprendizajes básicos y ha recuperado el conocimiento como uno de los ejes del currículo. Los nuevos currículos han aumentado el peso de las Matemáticas y de las lenguas, han reducido de manera muy significativa las horas de libre disposición en Primaria y han reforzado también Conocimiento del Medio. En Secundaria, las Matemáticas pasan a tener cuatro horas semanales en todos los cursos de ESO. La Consejería, además, ha limitado el uso de pantallas: no se permite su uso individual en Infantil ni en los tres primeros cursos de Primaria y en cuarto queda limitado a una hora diaria. Vera lo ha definido como una apuesta por recuperar una base sólida de conocimientos y volver a situarlos en el centro de la enseñanza.

Es demasiado pronto, sin embargo, para saber si esta apuesta funcionará. Los currículos nuevos empezaron a desplegarse el curso 2025-2026 y los alumnos que los han seguido aún no han pasado por el conjunto del sistema educativo. Los resultados de PISA que ahora conocemos son, por tanto, en buena parte la fotografía de un conjunto de modelos anteriores y de al menos dos leyes educativas estatales de diferente color político. Si la Consejería tiene razón y recuperar horas de Matemáticas, reforzar la lectura y la escritura, dar más peso a los contenidos y limitar las pantallas mejora realmente los aprendizajes, PISA no lo podrá demostrar de un año para otro. Harán falta años para saber si esta apuesta da resultados.

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Y aquí hay una de las cuestiones más interesantes que dejan los datos sobre la mesa. Durante años, el debate educativo ha girado a menudo en torno a si había que abandonar las fórmulas tradicionales y avanzar hacia metodologías más competenciales, más proyectos, más herramientas digitales y una evaluación menos centrada en el examen. Ahora, sin embargo, las Baleares se encuentran con una generación que ha crecido rodeada de pantallas, redes sociales, vídeos cortos y estímulos constantes que ha minado su capacidad de concentración y atención. No se puede afirmar que esto explique por sí solo la caída de PISA, porque los datos no permiten establecer esta relación. Pero tampoco se puede ignorar una pregunta cada vez más presente entre los docentes y las familias: ¿qué está haciendo esta exposición permanente a la capacidad de concentración, de lectura larga, de escritura compleja y de esfuerzo sostenido de los adolescentes?

¿Es posible que algunas de las fórmulas que durante años han parecido antiguas vuelvan a tener sentido? Un libro, una explicación larga, tomar apuntes, memorizar determinados contenidos, leer durante un rato sin interrupciones, hacer ejercicios repetidamente o afrontar un examen pueden parecer herramientas poco modernas en un sistema educativo que ha querido evolucionar hacia otras metodologías. Pero si el problema es, en parte, que los alumnos tienen cada vez más dificultades para mantener la atención y consolidar conocimientos, quizá estas herramientas no sean tan obsoletas como a veces se ha pensado. El tiempo lo dirá. Pero la disociación de los niños empieza muy pronto, incluso antes de que entren en las aulas. Ver bebés que no saben ni hablar con los móviles de los padres en las manos ya es cotidiano, pero no deja de ser sorprendente. Y esto la escuela ni lo puede ni lo podrá revertir.

Normativas de despacho

Intentar frenar la reforma pedagógica, una idea que tiene tantos defensores como detractores, no significa en ningún caso volver simplemente al sistema educativo de antes. Ni un libro de texto resuelve la diversidad de un aula ni poner más horas de Matemáticas garantiza que los alumnos aprendan más. El problema es mucho más complejo. Un centro debe atender a la vez a alumnos con niveles muy diferentes, recién llegados que todavía no dominan la lengua, estudiantes con dificultades de aprendizaje y familias en situaciones socioeconómicas muy diversas. Y debe hacerlo mientras cambian los currículos, las formas de evaluar, las herramientas digitales y las exigencias sociales sobre la escuela. Los docentes no pueden más que los legislen personas desde un despacho con aire acondicionado, mientras ellos y los alumnos se funden o pasan frío dentro de edificios antiguos y mal aislados.

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La escuela tampoco puede más con los gurús del "cuando yo iba a la escuela éramos 40 en clase y no había ningún problema". A menudo olvidan que entonces también había alumnos con autismo, TDAH, otras neurodivergencias o discapacidades (y ninguno que no hablara castellano o catalán). La diferencia es que entonces se les metía en el 'batallón de los tontos' y punto. No se les atendía. Ahora, sí. Tampoco nadie se atrevía a opinar con tanta alegría sobre el trabajo de los profesionales como pasa ahora, cuando los pseudocatedráticos de Educación de barra de bar y cerveza en la mano cargan contra la escuela. Ahora parece que todo el mundo sabe.

Los informes PISA muestran que las diferencias socioeconómicas existen, pero también que no lo explican todo. En Baleares hay una diferencia de unos 67 puntos entre el alumnado más favorecido y el más desfavorecido, inferior a la de España, la OCDE y la Unión Europea. Y la diferencia de resultados entre la pública y la privada también se reduce considerablemente cuando se tiene en cuenta el perfil socioeconómico del alumnado y de los centros. El problema, por tanto, no es solo quién llega al aula, sino qué pasa dentro de esta aula y de qué herramientas dispone el profesor para hacer avanzar a todos los alumnos.

Existe, además, otra realidad que a menudo queda escondida detrás de las cifras: el esfuerzo que supone hoy enseñar. El profesor no solo tiene que explicar contenidos. Debe preparar materiales, adaptar actividades, atender diferentes niveles, hacer seguimiento individualizado, evaluar competencias, coordinarse con otros docentes y gestionar un aula mucho más heterogénea. En algunos centros, el libro de texto ha perdido peso y ha sido sustituido por materiales elaborados por los mismos profesores, proyectos y recursos digitales. Este cambio puede tener ventajas pedagógicas, pero también conlleva una carga de trabajo que no siempre se ve cuando se habla de los resultados educativos.

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No hay un solo responsable

PISA no permite saber cuál de estos factores pesa más. Y sería un error convertir una prueba internacional en una explicación de todo lo que ocurre dentro de una escuela. Los resultados son fríos, los análisis, calientes. Pero sí que permite constatar que algo no acaba de funcionar: las Baleares no solo están por debajo de España, sino también de la OCDE y de la Unión Europea en Lectura, Matemáticas y Ciencias (así ha sido siempre). Y el problema es especialmente evidente en Lectura, donde los 441 puntos las sitúan entre las comunidades con peores resultados.

Ahora la Conselleria ha puesto en marcha una apuesta nueva, pero paradójicamente muy antigua: más conocimientos, más horas de Matemáticas, más horas de lenguas, más contenidos y menos pantallas. Es una hipótesis educativa tan legítima como cualquier otra, pero todavía no una conclusión. Y el giro llega mientras el sistema arrastra una de sus carencias más evidentes: la falta de docentes. En Ibiza, por ejemplo, Educación tiene dificultades para cubrir plazas y ha abierto la puerta a que profesores de diversas especialidades puedan impartir determinadas asignaturas si tienen algún vínculo formativo. En los casos más extremos, las plazas se transforman en plazas de ámbito –por ramas de conocimiento–, de manera que un docente de Ciencias Sociales puede acabar impartiendo Catalán sin haber cursado los cuatro años de formación universitaria específica de esta lengua. Los próximos años tendrán que decir si el giro de Antoni Vera es capaz de revertir una tendencia que no se ha construido en un solo curso, ni en diez, y que difícilmente se podrá revertir si no se actúa sobre todos los frentes. Porque lo que ocurre dentro de las aulas es solo una parte del problema: el sistema educativo también se juega su futuro fuera de ellas.

Lo que sí parece es que las Baleares necesitan algo más que discutir si la culpa es de la LOMLOE, de la LOMCE, de la pandemia de covid, de los móviles, de los profesores, de las familias o de los alumnos. Hay demasiado ruido político improductivo. Las PISA ponen sobre la mesa un problema acumulado. Ahora toca ver si el cambio de rumbo que ha emprendido Educación es capaz de resolverlo. Y para saberlo, todavía habrá que esperar unos cuantos años más en los que el sistema educativo continuaría conviviendo con los males estructurales (y los problemas de infraestructuras) que le asolan y que ningún Gobierno ha conseguido, de momento, resolver de verdad.