La herencia educativa de la República en Baleares: "Al entrar en las escuelas, los niños quedaban admirados"

De la Soledad a Algaida, los centros creados hace más de 90 años combinan una arquitectura inspiradora y pensada con valores pedagógicos que todavía transforman el aprendizaje

PalmaAl entrar en el CEIP La Soledad, un sentimiento se impone: el espacio respira y abraza. Las aulas son grandes; los pasillos, amplios, y las ventanas originales inundan el edificio de luz. Este entorno contrasta con la vida cotidiana de muchos alumnos, que habitan pisos pequeños y abarrotados. "Trabajar en este centro es completamente diferente. Aquí, en la barriada de la Soledad, que ha sido estigmatizada, los niños pueden sentirse cómodos, con espacio y luz para crecer", explica Encarna Miró, directora del centro. Sus palabras capturan la herencia viva de la Segunda República, cuando la construcción de escuelas en Mallorca transformó la educación con una visión social y pedagógica avanzada.

Durante la dictadura de Primo de Rivera existía un déficit grande de escuelas. Pere Carrió, exinspector de educación y autor del libro Las escuelas de Palma en tiempos de la II República, recuerda que "Joan Capó, jefe de Inspección, junto con el arquitecto municipal Guillem Forteza y el gobernador civil, convocaron a los alcaldes de toda Mallorca para que propusieran modelos de escuelas a hacer. Así nacieron centros como el de sa Pobla, la Casa Blanca y el del Coll d'en Rebassa". Con la proclamación de la Segunda República, estas iniciativas se consolidaron con una filosofía educativa moderna, basada en la coeducación, el higienismo y la experimentación pedagógica. "Ministros republicanos, como Marcelino Domingo, apostaron por escuelas con pasillos anchos y ventanas grandes. Hoy en día los alumnos están hacinados, en espacios reducidos. Entonces se podía respirar, ahora viene justo inspirar", añade Carrió.

La República construyó 39 escuelas en Baleares: 10 en Palma; 23, en el resto de Mallorca; 3, en Menorca, y 3, en Eivissa. Los centros seguían un modelo arquitectónico que combinaba funcionalidad y belleza: orientación hacia el sur para aprovechar la luz y el sol, grandes ventanales, servicios higiénicos modernos y amplios pasillos. Carrió destaca que Guillem Forteza "apostaba por una construcción que recordara las posesiones mallorquinas, con torres y tejados características". Un ejemplo es el CEIP La Soledat, que tiene una torre que recuerda a la de la posesión de Son Macià.

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Un espacio de libertad y comunidad

Inaugurado en 1933, ocupa toda una isla de la barriada homónima. El edificio combina funcionalidad y belleza: un portal de entrada con arco de medio punto, balcón neobarroco y terraza con balaustrada, bajos con pasillos amplios y arcos de medio punto y jardineras que recorren toda su longitud. "Tenemos aulas muy grandes, con muchísima luz. Las ventanas son originales y enormes. En verano nos morimos de calor", explica Miró con una sonrisa. Y un detalle que no pasa desapercibido, el gran escudo republicano que preside la fachada exterior de la torre.

El espacio permite actividades creativas que van más allá del currículo tradicional: una pequeña peluquería de juguete, montada por los alumnos con materiales reciclados, se ha convertido en una de las actividades más queridas. El alumnado actual supera a los 390 niños de 50 nacionalidades diferentes, y el claustro está formado por 33 maestros. La diversidad y necesidades educativas especiales han hecho evolucionar el uso de los espacios: "Hemos tenido que crear zonas de apoyo para alumnos con necesidades educativas especiales. Pero el edificio nos ayuda: tenemos espacio, luz y ánimos para adaptarnos a las eventualidades", explica Miró.

La Soledad es también un reflejo de la vida del barrio. Una zona históricamente estigmatizada encuentra en la escuela un espacio seguro y saludable, un lugar en el que la educación es un derecho y no un lujo. "Un espacio como éste te da gran bienestar, estás a gusto, estás ancho", resume Miró. Las escuelas construidas en tiempos de República se tramaron con la idea de que debían ser espacios de respiración social y cultural, especialmente para niños que vivían en entornos vulnerables.

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La arquitectura no era sólo estética: los pasillos amplios permitían actividades de movimiento, las aulas grandes facilitaban grupos cooperativos y la ventilación cruzada constante contribuía a una mejor salud física. "Hoy en día muchas escuelas han perdido esto. Los patios son pequeños, las ventanas están cerradas (o rotas), y el aire que se respira es más denso", expone Carrió.

Coeducación y democracia

Si La Soledad es un espacio de luz y libertad, el CEIP Padre Bartomeu Pou en Algaida es un testimonio de la transformación pedagógica que llevó a la Segunda República. La escuela fue construida en 1936 después de años en que los alumnos iban a ir a casas particulares dispersas, inadecuadas para la enseñanza. Gabriel Vich, que fue alumno y después director entre 1977 y 2006, lo recuerda. "Los maestros y alumnos estaban diseminados en casas que el Ayuntamiento alquilaba y eran espacios poco adecuados. La República cambió todo esto. Las escuelas eran superpedagógicas e higiénicas, con grandes patios y orientación hacia la luz. Eran templos de la cultura. Los niños quedaban admirados al entrar".

Joan Montserrat, jefe de estudios del centro durante más de 20 años haciendo tándem con Vich e hijo de un anterior director, contextualiza el nacimiento de los centros: "La República entendió que para aplicar la Constitución de 1931, que era la más avanzada de Europa, necesitaba una población alfabetizada. Que, si no, sí. después", lamenta. La visión republicana implicó coeducación, innovación pedagógica y espacios dignos, una filosofía que tardó en consolidarse. Los 40 años de dictadura fueron en blanco y la Transición fue también una transición educativa. Montserrat recuerda la implantación del catalán y la participación de padres y alumnos. "Cuando quisimos normalizar el catalán, en los años 80, muchos padres y algunos maestros no lo veían bien. La educación es muy conservadora, y la coeducación también costó implementar", dice. "Pero lo logramos", sentencia.

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A lo largo de los años, el CEIP Pare Bartomeu Pou ha sufrido diversas ampliaciones para adaptarse al crecimiento del alumnado, ha integrado comedores y nuevas aulas sin perder la identidad arquitectónica original. También ha sido testigo de normativas educativas de cada vez más rígidas y estancas. Vich rememora con nostalgia la cercanía y la relación cercana que, a su juicio, había antes con los alumnos: actividades naturales, experimentos con gusanos de seda, repasos en casa y una pedagogía basada en la curiosidad y el vínculo personal entre maestro y alumno. "Todo era pedagógico y basado en la curiosidad. Los maestros intentábamos hacer las cosas interesantes y dinámicas", dice.

Luz y compromiso social

El CEIP Alexandre Rosselló, inaugurado el 14 de abril de 1934 y conocido como Ses Finestres Verdes, es un ejemplo único de la arquitectura educativa republicana. La entrada principal, presidida por cuatro columnas jónicas, da acceso a un edificio que en su día veía el campo. Por ahora, el centro está rodeado de edificios y en una de las zonas más densamente pobladas de Palma. Maria Sancho, directora de la escuela, explica su evolución: "Conserva su base inicial, toda su estructura. El edificio tenía un ala que era la casa de la conserje. Con su jubilación, el espacio se reconvirtió en aulas". El centro se rehabilitó en 2015, para adaptarlo a las necesidades del siglo XXI.

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Situada en Foners, un barrio de clase trabajadora, la escuela ha mantenido un fuerte vínculo con la comunidad: actividades de barrio, integración de alumnos con necesidades especiales y un proyecto feminista e igualitario que marca la identidad del centro. El hecho de ser una línea y no llegar a los 200 alumnos ayuda a crear comunidad. "Hacemos dinámicas como la lectura de un manifiesto el 25-N en la plaza de Ses Veles. La escuela está arraigada en la barriada", destaca Sancho. El CEIPA Alexandre Rosselló conserva muchos elementos originales y ha integrado servicios modernos como comedor y gimnasio sin perder su esencia. Las puertas de las clases tienen tantos años como escuela: se han abierto durante 92 años.

La herencia pedagógica de la República

Más allá de la arquitectura, los maestros e inspectores recuerdan a la filosofía educativa republicana. La pedagogía era innovadora: coeducación, metodologías de Freinet y Claparède, experimentación, aulas diáfanas y pasillos luminosos que fomentaban un aprendizaje activo. Durante la transición democrática, la Segunda República hizo valer su herencia, fomentando la participación de padres y alumnos, espacios para actividades extraescolares y la introducción de la coeducación. "Durante la Transición se crearon asociaciones de padres y herramientas de participación del alumnado. Antes era '¿el maestro lo ha dicho? Ido, es cierto'", recuerda Gabriel Vich.

La historia de las escuelas republicanas es la de una revolución constante y silenciosa: la de edificios bien construidos que transformaron la educación, la de maestros que defendieron la coeducación y la enseñanza en catalán, y la de alumnos que crecieron en espacios amplios, luminosos y saludables.

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Más de 90 años después, los centros levantados por la Segunda República siguen de pie, fieles a una idea simple y poderosa: que educar es abrir ventanas. En un presente marcado por ratios elevados, diversidad cultural y nuevas necesidades educativas, aquel legado sigue en pie.