Escuelas de verano

La escuela de verano que también educa: "No solo juegan con agua"

Los espacios de Espiral atienden este año a 384 niños y casi triplican las becas gracias al programa Corresponsables, mientras mantienen una apuesta pedagógica que va más allá del ocio.

23/07/2026 - 20:38 h.

PalmaCuando Mari Carmen entra a hacer el turno en el supermercado a primera hora de la mañana sabe que su hijo Enzo, de cinco años y con autismo, queda en buenas manos. A las 07.00 h ya está en la matinal de la escuela de verano de l'Algar, donde una monitora le acompaña de manera específica durante la jornada. "Si no hubiera escuelas de verano, yo no tendría alternativas. Tendría que trabajar solo la tarde o la noche, porque no puedo dejar de trabajar", explica. "Los niños están mucho mejor aquí que en casa de los abuelos. Hacen actividades, continúan aprendiendo y están entre otros niños. Los hijos son nuestros, no de los abuelos", explica.

Su experiencia resume la realidad de muchas familias que este verano han optado por los programas Abierto en verano de Espiral. La entidad social ha registrado este año 384 niños inscritos, un 8% más que los 355 del año pasado. El crecimiento también se ha trasladado a las becas: si en 2025 se concedieron 90, este año la cifra provisional ya llega a 249, casi el triple gracias, sobre todo, a la incorporación del programa Corresponsables, que facilita ayudas para la conciliación y permite que muchas familias solo tengan que asumir el coste del comedor. Esto ha hecho posible que niños que en otras circunstancias difícilmente habrían podido participar en una escuela de verano se hayan podido incorporar.

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Para Xavier Torrent, director de Espiral, esta doble realidad es precisamente el principal reto de la entidad. "Queremos ofrecer un espacio con contenido educativo, pero también un lugar donde los niños se lo pasen bien y donde las familias puedan conciliar la vida laboral y familiar. Tenemos que alinear dos necesidades complejas", explica.

Cada vez niños más diversos

Después de más de dos décadas trabajando en barrios como el Jonquet, el Coll d'en Rabassa, el Molinar, los Tamarells o el Algar, Espiral ha visto cómo el perfil de las familias se ha ido diversificando. Si bien continúa atendiendo a niños derivados por los servicios sociales y beneficiarios de programas como CaixaProinfància, cada vez son más las familias que eligen estas escuelas de verano, porque valoran el proyecto educativo. "Tenemos niños que vienen con una beca o porque la familia no puede asumir el coste de la escuela de verano, pero también muchas familias que simplemente necesitan una solución de conciliación y les gusta nuestro proyecto", resume Torrent.

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Este cambio también se ha hecho evidente en el Algar. Elena Soler, directora del programa, recuerda que cuando empezó casi todos los participantes provenían de familias vulnerables. "Los primeros años éramos unos 30 niños y prácticamente todos venían becados por los servicios sociales. Este año, en cambio, tenemos casi 80 niños y la mayoría vienen de manera voluntaria, pagando la cuota, porque otras familias les han recomendado la escuela de verano", explica.

Según Soler, este cambio demuestra que el proyecto ha ido ganando prestigio entre las familias de la zona. El boca a boca ha hecho que muchas inscriban a sus hijos no solo porque necesitan conciliar, sino porque buscan un espacio educativo de calidad durante las vacaciones. Aun así, la realidad social continúa muy presente. Entre las familias usuarias hay trabajadores de temporada, especialmente vinculados al sector hotelero, hogares con rentas modestas e infancia que necesita un apoyo educativo o emocional específico durante los meses de verano.

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El aumento de usuarios no ha alterado la filosofía del proyecto. A diferencia de otras escuelas de verano, Espiral defiende que cada actividad tiene una intencionalidad educativa. "No queremos solo que los niños estén entretenidos. Con el juego trabajamos la autonomía, las habilidades sociales y muchos otros aprendizajes", afirma Torrent.

Una de las herramientas que emplean es la gestión emocional. Cada mañana los niños comparten cómo se sienten antes de comenzar las actividades. "Hacemos mucho trabajo emocional. Comenzamos el día viendo cómo está cada niño y adaptamos las actividades a sus necesidades", señala Soler. "En otras escuelas de verano a menudo se mantiene la programación prevista independientemente de cómo se encuentren los niños".

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Voluntad pedagógica

La entidad también procura dar continuidad al trabajo que se desarrolla durante el curso escolar, manteniendo el contacto con los centros educativos y las familias, especialmente en el caso de los niños más vulnerables. El objetivo es que el verano no sea un paréntesis, sino una oportunidad para continuar reforzando habilidades sociales, autonomía y vínculos con el entorno. Los equipos combinan educadores que trabajan durante todo el año en la entidad, trabajadores fijos discontinuos y estudiantes de Magisterio, Educación Social, Psicología, Medicina y Farmacia, todos con una formación específica antes de incorporarse. "No queremos solo monitores; queremos personas que compartan una manera de entender la educación", resume Torrent.

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Por eso, Mari Carmen asegura que la diferencia respecto a otras escuelas de verano es evidente. "Aquí veo más profesionalidad. Hay monitores formados, con experiencia y muchas más ideas. No solo juegan con agua; hacen manualidades, dinámicas de grupo, olimpiadas y muchas actividades. Además, mi hijo tiene una monitora que está pendiente de él, porque es autista".

La misma directora del Algar destaca que muchas familias repiten año tras año. Si el verano pasado había una cincuentena de niños, este año han vuelto una treintena. También ha crecido el grupo de los más pequeños, de entre tres y seis años, pero cada vez hay más participantes de entre ocho y doce años que deciden continuar vinculados al proyecto, un hecho que, según la entidad, demuestra que los niños encuentran un espacio atractivo, incluso cuando se hacen mayores. Este vínculo también se trabaja con las familias. Durante la semana reciben fotografías y un resumen de las actividades, para que conozcan qué hacen sus hijos. "Antes muchos padres no sabían qué habían hecho durante el día. Ahora forman parte del proyecto", explica Soler.