Por qué la comprensión lectora se hunde: “Nos llegan niños que solo saben 20 palabras”
Los docentes describen un cambio en el punto de partida de los alumnos: llegan a las aulas con menos lenguaje, vocabulario y capacidad de atención, mientras la lectoescritura se retrasa
-
CAT -
ENG -
DE
PalmaHay niños que saben leer, pero no saben explicar qué han leído. Pueden pronunciar las palabras de un texto y llegar al final de la página, pero cuando el profesor les pregunta qué quiere decir aquello que acaban de leer, la respuesta no llega. Es una escena que los docentes consultados por el ARA Balears aseguran encontrar cada vez más a menudo en las aulas y que ayuda a entender un dato difícil de olvidar: Baleares ha perdido 31 puntos en comprensión lectora en las pruebas PISA, de los 472 de la anterior edición a los 441 actuales. El descenso no habla solo de libros. La comprensión lectora es la capacidad de entender un texto, relacionar su información, hacer inferencias y extraer conclusiones. Y, según los maestros y profesores consultados, las dificultades comienzan mucho antes de que un alumno tenga delante un texto de PISA. Comienzan cuando todavía no sabe leer.
Esta es una de las ideas que más se repite entre los docentes: el punto de partida de los niños ha cambiado. Joana Maria Mas, directora del CEIP Ses Rotes Velles, recuerda que cuando empezó a trabajar en Educación Infantil era habitual que los niños llegasen a Primaria con buena parte del proceso de lectoescritura logrado. En casa había más libros, se contaban más cuentos y en la escuela las rutinas cotidianas servían para familiarizar a los niños con la lengua escrita.
“Antes eran olímpicos, comparados con los de ahora”, resume para describir la diferencia que percibe en las aulas. No es solo una cuestión de saber letras. Mas explica que ahora llegan niños a Infantil con dificultades de maduración, autonomía y lenguaje. Esto obliga a retrasar aprendizajes que antes se podían iniciar antes. "Si un niño no tiene suficiente vocabulario, no entiende bien las instrucciones o no es capaz de mantener la atención, enseñarle a leer y escribir se convierte en una tarea mucho más complicada", dice.
Vocabulario escaso
Marga Llull, maestra del CEIPIEEM Simó Ballester de Manacor, pone un ejemplo especialmente gráfico. En el centro han detectado niños de tres años que llegan con un vocabulario muy reducido. “Hay niños que solo saben 20 palabras. ¿Qué sentido tiene dar un lápiz a un niño de tres años si no ha construido el lenguaje oral?”, plantea. Para Llull, la secuencia es clara: primero, hay que construir lenguaje oral, comprensión, vocabulario, capacidad de escuchar y autonomía; después, sobre esta base, se puede avanzar hacia la lectura y la escritura. “No podemos saltarnos etapas”, defiende. El centro trabaja desde Infantil la comprensión oral, la expresión, la discriminación auditiva y la conciencia fonológica. En Primaria, los alumnos participan en talleres de lenguaje para trabajar la fluidez, la comprensión y el hábito lector.
Lo que sucede en Infantil reaparece después en Primaria. Mas explica que en sus aulas puede haber 25 alumnos con un libro delante, de los cuales unos 10 son capaces de mirarlo o leerlo, pero no pueden explicar de qué trata. “Estos no entienden y el resto directamente no leen”, sintetiza.
En el CEIP Melcior Rosselló i Simonet, Raül Abril también ha comprobado esta desigualdad. Después de años impartiendo Inglés, el curso pasado pasó a hacer tutoría en quinto de Primaria. Y se encontró una realidad muy desigual dentro de una misma clase: algunos alumnos leen libros largos sin dificultades y otros, incluso en sexto de Primaria, tienen problemas para leer y comprender media hoja. La diferencia, según Abril, tiene mucho que ver con lo que sucede fuera de la escuela. Los niños que tienen más contacto con libros y la lectura suelen llegar con más herramientas, mientras que los que no tienen este estímulo acumulan dificultades. “Y tú, dentro de clase, haces lo que puedes”, resume.
En la escuela han tenido que diversificar las estrategias. Hacen lecturas dramatizadas, lecturas por parejas y ejercicios específicos para trabajar la atención visual. En una de las actividades, los alumnos deben localizar palabras de un determinado color dentro de un texto, con el objetivo de entrenar unos ojos que, según el docente, no están tan acostumbrados a seguir una página entera. Las pantallas forman parte de este cambio, pero los docentes evitan reducir a ellas toda la explicación. Lo que sí observan es que los niños están acostumbrados a estímulos mucho más rápidos. Mas explica que muchos alumnos pasan horas con móviles, tabletas, consolas y videojuegos y que después les cuesta escuchar una explicación o mantener la atención ante un texto.
Cuando llegan a Secundaria, estas dificultades ya son más visibles. La profesora de Catalán del IES Sineu, Catalina Pericàs, lo ha comprobado este año con las pruebas iniciales de comprensión lectora a los alumnos que pasan de primero a segundo de ESO. En un grupo de 27 alumnos, solo 5 o 6 obtuvieron resultados buenos o muy buenos. En otro, de 26, 5 consiguieron un notable alto y el resto se movieron alrededor del aprobado o quedaron por debajo: 4,5, 3,8, 4,4, 3,4 o 4,1.
Ni textos sencillos
No eran pruebas especialmente complejas. El texto trataba sobre las fiestas del Much y las preguntas eran básicas. Pero no hubo ningún 10. El problema, expone Pericàs, va más allá de saber encontrar una información: "Hace falta entender, mantener la atención, relacionar ideas y hacer un esfuerzo sostenido, y no saben", lamenta. Pericàs sabe que la lectura no se construye solo en la escuela. Ella misma explica que de pequeña no era una gran lectora, a pesar de tener libros en casa. Y hoy ve que, en muchas familias, los padres saben que los hijos deberían leer más, pero reconocen que ellos tampoco tienen mucho hábito lector. Algunos, incluso, arrastran un mal recuerdo de las lecturas obligatorias de la escuela. El instituto ha decidido intervenir con tiempo específico de lectura. Cada día, de las 8.00 a las 8.15 h, los alumnos tienen que leer un libro. Los viernes es el profesor quien lee un texto y después lo trabaja con el grupo. El centro también quiere incorporar lecturas de Biología, Matemáticas y otras materias para que la comprensión no sea solo responsabilidad del profesorado de lengua.
La paradoja es que los libros siguen vendiéndose. Marta Jover, propietaria de la librería infantil La Il·lustrada, en Manacor, explica que las ventas no han caído de manera general. Entre los 0 y los 9 años, incluso crecen. También tienen buena salida la literatura juvenil, sobre todo la fantasía y las historias románticas. El gran vacío aparece, precisamente, entre los 9 y los 13 o 14 años. Es el momento en que muchos niños abandonan la lectura. Jover explica que también ha cambiado el tipo de libros que se publican para estas edades: más diálogos, frases más cortas y menos descripciones. “Todo está más trillado”, explica.
Los niños están más expuestos a los libros en determinadas etapas, pero menos acostumbrados a sostener una lectura exigente. Una narración con descripciones, que obliga a imaginar un espacio, recordar un personaje o seguir una trama durante muchas páginas, requiere un tipo de atención diferente a la de los mensajes cortos y los estímulos inmediatos. La misma Jover explica que recomienda a las familias introducir los libros desde pequeños para que el contacto con la lectura genere hábito. Pero también ve cómo este hábito se pierde sobre todo en la preadolescencia. Es justamente la etapa en que la lectura deja de ser solo aprender a leer y pasa a exigir una comprensión más profunda, constancia y capacidad para mantener la atención.
El retroceso de PISA no se puede explicar con una sola causa. Los docentes hablan de un cambio en el desarrollo lingüístico de una parte de los niños, de un retraso en la lectoescritura, de menos vocabulario y capacidad de atención, de desigualdades entre familias y de una exposición mucho mayor a los estímulos digitales. Y, al mismo tiempo, las escuelas intentan compensarlo recuperando tiempo para leer, trabajando la comprensión desde las primeras etapas y buscando maneras para que los alumnos vuelvan a sostener la atención ante un texto.
Porque el problema que describen los maestros no es simplemente que los alumnos lean menos. Es que algunos llegan a la lectura sin haber construido todavía las herramientas necesarias para entenderla. Y esto empieza mucho antes de PISA: en un niño de tres años que todavía no puede mantener una conversación, en un alumno de Primaria que termina un libro pero no sabe explicarlo y en un adolescente que puede leer un texto pero no entiende sus inferencias. El resultado final acaba apareciendo, años después, en una prueba de lectura con unos resultados pésimos que eran, en realidad, la crónica de una catástrofe anunciada.