Adolescentes que van a contracorriente: "Puedo vivir sin las redes sociales"

Los discursos de odio y la influencia política de los perfiles en las plataformas alarman a familias, expertos y la Administración, que quiere prohibirlas a los menores de 16 años

PalmaSon las dos de la tarde. En la plaza del Tub, en el centro de Palma, cientos de alumnos salen casi a la vez del IES Ramon Llull y del IES Joan Alcover. Es un momento que se repite todos los días y que ya se ha convertido en un ritual. Desde que la Conselleria de Educación ha prohibido el uso del móvil dentro de los centros educativos, muchos jóvenes lo llevan escondido en la mochila y, en cuanto atraviesan el umbral de la puerta, lo encienden con prisas. En pocos segundos, las miradas caen hacia la pantalla para revisar decenas –o cientos– de notificaciones. Andan en grupo, pero con el móvil en la mano y los ojos clavados en su dispositivo. Quizás, en unas semanas, esta escena podría dejar de ser tan habitual.

El gobierno de España quiere prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años, obligando a las plataformas a implantar sistemas de verificación de edad para impedir que menores creen perfiles o consuman contenidos en TikTok, Instagram o servicios similares. La propuesta abre un intenso debate entre adolescentes que han crecido rodeados de pantallas, pero que también reconocen los riesgos del uso intensivo.

El debate, sin embargo, no parte de cero. "Ya está prohibido: el año pasado se aprobó una Ley del menor que establece que los menores de 16 años necesitan autorización paterna para abrir perfiles en las redes sociales. TikTok fija la edad mínima en 13 años e Instagram, en 14. Eso plantea muchas dudas. Hay miles de adolescentes que falsean la edad y" Profesorado (CEP) de Calvià y especialista en nuevas tecnologías. "Creo que la prohibición tendrá algún efecto, pero seguirá habiendo gente que la salte. Además, es difícil de controlar, porque ya hay adolescentes que están plenamente inmersos", explica.

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Entre los jóvenes, el debate no está tan polarizado. "Tengo una amiga que, si la castigan sin móvil, de repente me pide la mía para meterse en sus cuentas y mirar las redes. Tiene la necesidad de mirar constantemente si le han escrito, si le han enviado cosas nuevas… Le iría bien tenerlas un poco vetadas", explica Julia, de 15 años. "Me parece bien que las prohíban, aunque a veces hay gente que hace un buen uso, y yo no les cortaría", añade.

María tiene 13 años y es consciente del papel problemático de las redes sociales: "Está bien que las prohíban, porque lo que se ve en las redes está cambiando las opiniones políticas de los jóvenes, y provocan adicciones que pueden acabar muy mal y provocar sufrimiento emocional. Un día que estoy muy enganchada, a lo sumo, puedo dedicarlo." Cuando se le pide cómo le afectaría una futura prohibición, no lo duda. "Puedo vivir sin redes", afirma.

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Entre sus amigas, Aina, también de 13 años, expone su realidad, que no es muy habitual entre los jóvenes: "No tengo redes sociales y muchas compañeras tampoco las tienen. No llevamos el móvil al instituto. Tengo control parental y las redes están prohibidas". "Me parece bien que se prohíban las redes, porque hay gente muy adicta. Si las prohíben, se van a reducir los problemas de salud mental vinculados al uso", continúa.

El foco, en las plataformas

Para los expertos, el kernel del problema no es sólo la edad de acceso. "La prohibición refleja la preocupación del gobierno, pero pone el foco en el usuario y no en las plataformas", advierte Cerdà. Según explica, la digitalización ha ido acompañada de una pérdida de responsabilidad editorial: "Durante estos años, la información se ha ido digitalizando y se ha perdido el control sobre los contenidos. Cuando los diarios estaban en papel, los directores asumían una responsabilidad clara sobre lo publicado. Cuando la sociedad ha girado hacia la digitalización, parece que no se pueda exigir nada a nadie".

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"Si se hiciera que las plataformas fueran responsables del contenido ya quien lo muestran, no habría que prohibir nada. Las plataformas pueden hacerlo, pero sólo lo hacen en cuestiones como los derechos de autor. Por ejemplo, YouTube es capaz de controlar prácticamente todo el catálogo musical del mundo. Hay capacidad técnica, pero falta interés de los gobiernos para exigirlo".

La propuesta del gobierno de España también quiere hacer frente a contenidos ilegales y ofensivos, con mayor trazabilidad y retiradas más ágiles. "Los discursos de odio han subido muchísimo. Aparte, cualquier vídeo se puede volver viral. Si aparece un vídeo racista, mucha gente se lo toma como humor y lo comparte", alerta Julia. "En clase hicimos un taller sobre convivencia y las redes sociales han afectado bastante a la gente. Tengo una amiga que antes era una persona abierta de mente y ahora, por lo que ha visto en las redes, ya no lo es tanto", explica, por su parte, Aina. En este ecosistema digital, la clave es el algoritmo. Lo que muestra –y lo que esconde– acaba moldeando miradas, gustos y opiniones. "Los discursos de odio dependen del algoritmo que tengas. El mío me muestra cosas de Gabriel Rufián. Pero no siempre es así. Conozco a gente que se ha hecho su ideología a partir de vídeos de TikTok de Vito Quiles o El Chocas. La gente se les cree", pone como ejemplo María.

Mientras tanto, la educación va muy atrás. Según indica Cerdà, la última capacitación digital docente se hizo en 2022, antes de la irrupción de la IA y de sus efectos: "El sistema educativo no está preparado para educar a adolescentes en el uso digital. La tecnología ha avanzado mucho más rápido que la evolución de las sociedades. Si las empresas van a esta velocidad, es difícil que el sistema educativo las pueda seguir".

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Familias, límites y responsabilidades compartidas

Las familias miran la propuesta del gobierno español con interés pero con cautela. "Que las redes sociales se han generalizado entre menores de edad es una evidencia y una preocupación. Las familias estamos preocupadas", explica Miquel Àngel Guerrero, director de la oficina técnica de la FAPA. Afirma que la prohibición puede ser adecuada, pero no suficiente: "Una prohibición hasta los 16 años parece bastante adecuada, no sólo para las redes sociales, sino también para otros contenidos de internet, como la pornografía o las aplicaciones de IA, que pueden provocar muchos perjuicios".

Guerrero advierte que, sin mecanismos efectivos, prohibir las redes sociales no tiene mucho sentido. "Sería imprudente felicitar a nadie sin comprobar si la prohibición va acompañada de penalizaciones reales para las empresas. Hay mecanismos de control, pero hay que ponerlos en marcha, y quizás tampoco serán suficientes", afirma. Además, defiende el aprendizaje gradual: "Hasta los 16 años debería haber una enseñanza sobre el uso de las tecnologías que permita llegar a esta edad con mayor criterio y responsabilidad".

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Tanto Cerdà como Guerrero coinciden en que centrarlo todo en la prohibición es insuficiente. "Veo más postureo en las prohibiciones que soluciones reales. Es ingenuo pensar que esto arregla nada si no se toca el tema principal: ahora mismo nadie se hace responsable de mentir, difamar o fabricar información", critica Cerdà. También señala el papel inexistente de la UE. "Podría velar por los contenidos, pero no hay coraje para obligar a las grandes tecnológicas a actuar, ni siquiera para hacerles pagar impuestos. Operan en Europa, pero tributan en paraísos fiscales", dice.

Una de las claves para atacar la problemática, según Guerrero, es la responsabilidad compartida: "El tema de las redes sociales no es culpa de un solo actor: intervienen familias, jóvenes, docentes, empresas y gobiernos. Culpar sólo a un colectivo —las familias, los docentes o las empresas— no es justo: todos tienen una parte de responsabilidad". Mientras, a la salida de los institutos, los móviles siguen encendiéndose puntualmente a las dos de la tarde. La pregunta es si una prohibición será suficiente para cambiar una escena que forma parte ya del paisaje cotidiano.