Celestí Alomar: "No podemos estar sometidos a la dictadura del turismo"
PalmaCelestí Alomar (Llubí, 1949) reflexiona sobre el futuro del turismo desde el mallorquín Colectivo Alternatives, antes lo hacía desde la Administración. Lo mira desde las Islas, que históricamente anticipan lo que pasará al conjunto del sector español, y con la experiencia de haber sido director general de Estrategia Turística de Felipe González y de haber tenido cartera en el Pacto de Progreso que creó la pionera ecotasa.
¿El sector turístico ha hecho los deberes durante la crisis?
— Hay dos hechos muy concretos. Lo que hizo la pandemia fue eliminar el corto plazo. La parada del turismo fue absoluta. La perspectiva de incertidumbre era tan grande que no había posibilidad de planificación. El corto plazo no existió. Se transformó en una acción por parte del Estado de rescatar el sector a través del ERTE, de inyectar dinero a empresas o de liquidez a través de créditos, y esta intervención aún se mantiene. Es una cuestión que está en constante debate. Se fue hábil y contundente, cosa que no había pasado nunca en otras crisis. Con la del 2008 pasó totalmente lo contrario. En este sentido sí que se han hecho los deberes, se ha de reconocer.
¿Y a largo plazo?
— Las tareas están por hacer. El mercado cambiará, y también cambiará la forma de conocimiento y la manera de percibir el mercado. Ya no servirán las estadísticas que nos dan las macrocifras, se necesitará otro tipo de conocimientos del mercado; comportamiento de personas, por qué venden unos y no otros, por qué un hotel baja precios y otro no, etc. Hay que ir al detalle y hay que ir hacia unos indicadores que integren diferentes conceptos ecológicos, sociales, de mercado, económicos, etc. Además, hay una cierta tendencia a esperar que todo vuelva a donde estaba. Es un error desproporcionado. El mercado por sí solo no tiene la capacidad para volver a la situación anterior. Las dos veces que ha habido una reapertura de la actividad, se han mostrado síntomas predecibles, como que viajaría la gente con pocas cargas familiares. En las Islas, la apuesta ha sido Magaluf y los viajes de estudiantes, bajando los precios de los alojamientos turísticos. Esto demuestra que no hemos aprendido nada. No hemos actuado en consecuencia ni con perspectiva. Siempre que se han bajado precios y estirado este turismo, no ha sido posible remontar. No hemos aprendido la lección.
¿Qué se podría haber hecho?
— Falta solidaridad y se necesitan todos los factores para sacar adelante hacia otro modelo. No hay una perspectiva real porque todavía no se ve necesaria la diversificación de la economía; el sector turístico ha demostrado que es muy débil ante las eventualidades que se nos irán planteando de ahora en adelante. Todavía no se ven propuestas claras y para diversificar deben participar todos los actores sociales.
¿Se puede cambiar el modelo de sol y playa hacia un turismo de calidad?
— Estamos hablando de un debate que se ha abordado de manera equivocada. Es peligroso hablar de turismo de calidad porque pensamos en un turismo para ricos, y no es así. Es una actividad que tiene un carácter social amplio. En las Islas nacieron las vacaciones por las que lucharon los trabajadores europeos después de la Segunda Guerra Mundial. Para la recuperación de Europa fuimos tan importantes como el señor que trabajaba en la fábrica de Volkswagen. Cuando hablamos de calidad, hablamos de conceptos ambientales, de servicios, culturales o sociales. No solo es estar en una playa magnífica, sino que el señor que sirva tenga un sueldo y un uso de vida razonables. Calidad es un conjunto, e implica un cambio de mentalidad dentro de la industria. Para hacerlo se deben reducir plazas turísticas.
— Se debe cumplir un proceso de transición. Cada uno está anquilosado dentro de su parcela. Si alguien piensa que, por ejemplo, en Baleares podremos seguir teniendo 14 millones de turistas cada año, comete un error garrafal. La gente no querrá viajar en avión, sino en tren. No querrá ir a según qué establecimiento o consumir según qué plato por la huella ecológica. Dentro del proceso de transición es imposible seguir manteniendo estas cifras y agotando los recursos con una masificación constante. El sistema no tiene capacidad de regeneración, hay un estrés de modelo.
¿Cómo se debe transformar?
— No podemos pensar en una planificación tipo plan quinquenal de la Unión Soviética. Esta planificación implica la lógica dentro de un espacio reducido y es evidente que nos sobran plazas. Se deben transformar las infraestructuras obsoletas, cosa que no se hace en un día. Se debe hacer con tiempo porque implica hacer desaparecer puestos de trabajo y al mismo tiempo generar pasarelas para que la gente se vaya a trabajar a otros sectores.
¿Qué papel deben jugar las administraciones?
— El negocio de transición debe ser compartido. Debe haber colaboración publicoprivada; si no, no podrá existir. El proceso es difícil, porque siempre ha funcionado el sistema de abrir un hotel y llenarlo. Debemos pedir ayuda a la Unión Europea porque nos la debe. Con el dinero que llegue se debe transformar el modelo de acuerdo con la voluntad de la gente del territorio. No podemos estar sometidos a la dictadura del turismo.
¿Cómo será el turismo del futuro?
— Es necesario investigar en indicadores integrales. Si se tuviera que hacer un diseño se debería hacer con los valores de la calidad y de cuestión ambiental. Los viajes, aquello de valorarlos por las estrellas del hotel quedará obsoleto. En el futuro, se valorarán por la huella ecológica que producirán. En las Baleares, tenemos que espabilar. Porque dependemos del turismo aéreo. Tendremos que contrarrestar este hecho con presión política y tendremos que plantear una alternativa que compense este impacto. La planificación turística de futuro cambiará completamente.