Cómo era, Xisca Mora, según su hermano pequeño: “Cuando algo le ha hecho daño, se lo ha guardado y eso la ha hecho más fuerte”
Pau Mora Veny, hermano de la política balear, nos explica los secretos mejor guardados de su infancia
PalmaEs fan de Umberto Tozzi. Pero hacemos marcha atrás: nació en una casa de hipotecas, así que iba a salir hipotecada sí o sí. Desde muy pequeña mostró interés por el dibujo y hoy en día es su manera de “desabrocharse”. Jugaba con las Nancys, pero a menudo las intercambiaba por los Airgam Boys de su hermano pequeño, Pau, con quien hay cuatro años de diferencia. Es él quien nos acerca a la figura de su hermana mayor, la política Xisca Mora Veny (1971). Hace pocos meses que dejó la silla de alcaldesa de Porreres, su pueblo natal, después de 13 años.
“Los primeros recuerdos que tengo con ella son caminando por la calle cogidos de la mano. Creo que asumió muy pronto el rol de hermana mayor y nunca lo ha abandonado. Le debo mucho más a ella que ella a mí”, empieza Pau. “Si hubo momentos de celos, fueron pocos”, dice. Xisca, según la mirada de su hermano pequeño, fue una niña tranquila, con la cabeza muy clara y muy aplicada. “De pequeña era muy perfeccionista, muy medida a la hora de hacer las cosas”, apunta. Y ríe un poco, porque él, afirma, era bien diferente. Pone de ejemplo cuando hacían los deberes en casa, al lado de su madre, que era ama de casa, pero hacía perlas: “Na Xisca acababa de hacer los deberes antes, ¡y yo me enfadaba! En casa no han tenido que ir nunca detrás de ella, ¡pero yo no puedo decir lo mismo!”, cuenta. A su padre, dice, le hacían alguna rabieta los sábados, cuando su madre iba a ayudar al restaurante Sa Cermi –un espacio en Porreres donde hacían comuniones y bautizos–: “En la televisión era Sábado cine, y cuando salían los dos rombos nos mandaba a dormir de golpe! Nos quedábamos fuera velando y nos sabía mal…”.
Cuando hizo la comunión, a Xisca le regalaron un casete: “Grabábamos las canciones de Eurovisión pegando el casete al altavoz de la televisión, y también nos grabábamos cantando, como si fuéramos artistas”. De hecho, ella tiene, la vena artística. Hizo clases de pintura en una época en que no existían las actividades extraescolares, las cosas se hacían de otra manera: Xisca iba a pintar a un garaje con una mujer que le enseñaba. “Pintaba muy bien, y aún ahora. Hoy, la pintura es para ella una manera de desconectar y abrir la mente. Hace poco regaló a mis hijos, Aina, Pau y Toni, tres caras de demonio que hizo, y hasta les pintó los vestidos”.
Al llegar a la adolescencia, Pau era la juguete de Xisca y sus amigas: “Me pintaban, me vestían… ¡me hacían de todo!”, recuerda con alegría, haciendo evidente que la amistad es uno de los pilares de los dos hermanos, entre ellos y con los demás: “Ella siempre ha sido amiga de mis amigos, y yo de sus amigas. A menudo, cuando eran un poco más mayores, con su pandilla alquilaban una casa en la Colònia de Sant Jordi… ¡y yo no me lo perdía, iba de polizón!”.
No todo era siempre una balsa de aceite, también tenían desavenencias, sobre todo porque ambos son “muy cabezotas”. Con los años, sin embargo, y así como lo ve Pau, estas diferencias se han convertido en una manera de acercarse más. Dice de ella que le ha dado “bueños consejos”, y ha sido un referente para él –igual que sus padres–, además de “la mejor confidente”.
Pau piensa que la carrera política va ligada con los valores que les inculcaron en casa: justicia e igualdad. Cuando ella tuvo la oportunidad de entrar en política, lo reflejó a su manera. Y reflexiona sobre ello: “La política le ha aportado muchas cosas buenas, pero también le ha enseñado que no todo el mundo actúa con las mismas intenciones que ella. Esto le ha causado decepciones y desgaste personal. Aun así, nunca lo ha mostrado mucho: cuando algo le ha hecho daño, se lo ha guardado y eso la ha hecho más fuerte”.