Jazmín Beirak: "La principal barrera para acceder a la cultura es la falta de tiempo"
Directora general de Derechos Culturales del gobierno español
PalmaEn el tiempo que lleva al frente de la Dirección General de Derechos Culturales, órgano dependiente del Ministerio de Cultura, Jazmín Beirak ha impulsado la aprobación de un Plan de derechos culturales que se ha empezado a implantar en diversos ámbitos y acciones. El miércoles 18 lo presentará en Palma, en un acto en el bar Flexas, a partir de las 13 h. Un poco más tarde, a las 18:30 h, estará en La Colectiva para hablar de su libro Cultura ingobernable (Ariel) –MÁS por Palma ha organizado ambas actividades.
Hace dos años que está al frente de la Dirección General de Derechos Culturales. ¿Hasta qué punto ha calado la idea de la cultura como derecho? ¿Qué avances significativos ha podido hacer?
— La creación de la Dirección General es el resultado de un trabajo colectivo y de un impulso que venía desde muchos sitios diferentes –la gestión cultural, la creación, el ámbito académico, el jurídico y el político– para situar la cultura en el centro, como un derecho. En este sentido, la Dirección es la cristalización institucional de un movimiento que existía desde antes de su creación. En cualquier caso, desde el principio tuvimos claro que el Plan de derechos culturales no podía ser sólo un documento, sino que debía traducirse en acciones efectivas. Por eso, cuando lo presentamos ya teníamos en marcha ayudas a proyectos de impacto social, a asociaciones y sindicatos profesionales, y financiación a las comunidades autónomas para impulsar proyectos de arte en la escuela y en el medio rural.
Sin embargo, hoy en día algunos defienden la experiencia cultural desde la óptica del consumo y del entretenimiento, también desde el elitismo. Como si se hubiera desvirtuado su significado.
— No creo que exista un significado puro de cultura que se haya desvirtuado. La cultura no es virtuosa por naturaleza, todo lo contrario. Es impura, contradictoria y cambiante, y está bien que así sea. Lo que sí se ha perdido es la idea de la cultura como derecho; se ha entendido durante mucho tiempo como ocio, entretenimiento secundario o como ámbito reservado a los profesionales creativos. Y la hemos alejado del campo de los derechos humanos: puesto que no hemos ejercido el derecho a la cultura, hemos olvidado que existe.
Si hablamos de derechos culturales, debemos hablar de dinero. ¿Qué influencia tienen en la relación de la ciudadanía con la cultura?
— La barrera económica es muy determinante, condiciona de forma directa quién puede participar y quién queda fuera, pero las estrategias públicas centradas en facilitar el acceso económico han resultado ser limitadas, porque el problema no es sólo éste. En la última encuesta de hábitos y prácticas culturales del Ministerio de Cultura, por ejemplo, se demuestra que la principal barrera para acceder a ellos es la falta de tiempo. Luego aparecen la falta de interés y, en tercer o cuarto lugar, el dinero. La forma en que organizamos nuestras vidas, la escasez de tiempo y la vorágine productiva son probablemente algunos de los obstáculos más grandes. Si otros derechos no están garantizados, como la renta, la vivienda, el tiempo y los cuidados, los derechos culturales tampoco estarán allí.
Uno de los ejes del Plan de derechos culturales es el efecto de la desigualdad territorial a la hora de plantear políticas culturales. ¿Cómo revertir en un lugar como Baleares, donde se apuesta por vincular turismo y cultura?
— Según un informe de la Dirección General de Derechos Culturales, la cultura es el segundo factor de arraigo en el territorio. El problema es que durante mucho tiempo se ha empleado la cultura como materia prima, como combustible del turismo y de un modelo turístico extractivo y voraz. Esto no genera beneficios reales ni para la cultura ni para el territorio. Por eso, es fundamental una política de descentralización cultural. Y no hablo de trasladar actividades del centro a las supuestas periferias, sino de impulsar los ecosistemas locales que ya existen. Reconocerlos, fortalecerlos y apoyarlos, entender que la potencia de la cultura pasa por aquí y no por reproducir modelos que agotan tanto los lugares como quienes los habitan.
¿Pueden garantizarse los derechos culturales cuando no se garantiza la estabilidad de los creadores? La precariedad define la situación mayoritaria del sector.
— Los derechos culturales no se ejercen sólo a través de la mediación de creadores y creadoras. Nuestra relación con la cultura tiene muchas dimensiones. Hablar de una lengua es un derecho cultural, como lo es la cultura comunitaria, la gestión de proyectos y la participación en las decisiones sobre políticas culturales. Ahora bien, es imprescindible articular un sistema cultural que ofrezca condiciones dignas al trabajo cultural. Esto ocurre por una mejora de las condiciones laborales, muy marcadas hoy en día por unos marcos legales que no se adaptan a la especificidad del sector. También debemos hablar de la sostenibilidad de la producción cultural. Debemos implicar al conjunto de la ciudadanía en la vida cultural: sin personas con curiosidad, tiempo y recursos para disfrutar de la cultura, no hay público.