Pollença antológica
El nombrado respetable no quería firmar el punto final de un festival antológico
PalmaLa Orquesta de la Comunidad Valenciana dirigida por su titular, Sir Mark Elder, fue la encargada de hacer estallar la traca final del gran castillo de fuegos que ha sido la última edición del Festival de Pollença. Sesenta y cinco ediciones la contemplan y su dinámica no hace más que engrandecer su leyenda. El aforo completo de todos y cada uno de los siete conciertos que han conformado el programa podría ser un suficientemente elocuente resumen de lo que ha sido, con este fin de fiesta de una magnitud que no hace más que esperar la siguiente edición.
El programa interpretado por la orquesta que habita el Palau de les Arts ya era de por sí adecuado tanto para gourmets como para los espectadores ocasionales. En primer lugar, las Variaciones. Enigma, la composición que dio fama y fortuna a Edward Elgar a la edad de cuarenta y dos años, cuando ya parecía que a su carrera estaba todo dado y bendecido. El salto fue exponencial, aunque traspasar las fronteras británicas le cuesta un poco más de la cuenta y casi siempre lo hace de la mano de un director británico. Sir Mark Elder lo que hizo fue una exhibición de cómo conducir una gran orquesta –grande en todos los sentidos– y que suene con tan excelsa pulcritud como la de la Comunidad Valenciana. Cada Variación era una historia contada con los mismos elementos pero con un resultado absolutamente diferente. Cabe destacar la Nimrod, un adagio que dedicó a su amigo August J. Jaeger y que es tan solo una evidencia, porque todas las catorce variaciones alcanzaron las infinitas cualidades y características que definen los diferentes y rebuscados retratos musicales que configuran la obra, hecha de retazos y toda junta de una solidez incuestionable. Sir Mark Elder arropó la formación con la delicadeza de una sedosa mano izquierda que hacía que cada grupo de instrumentos pareciera mejor que el anterior, hasta llegar al contundente y suntuoso autorretrato final.
De la Sinfonía núm. 7 en la mayor op. 92 tenemos muchas más referencias, pero con una orquesta de las características de la cual nos ocupa no hace falta decir que no hizo sino exaltar las excelencias de una composición que siempre encomienda entusiasmo. Sin batuta, tan solo con las manos, Sir Mark Elder condujo la orquesta por los vertiginosos caminos de una partitura con una bravura modélica, repleta de una energía sin interrupción. La infinita belleza del segundo movimiento, el que el día del estreno hicieron bisar, hizo acto de presencia con todo el esplendor. La recompensa, los aplausos que le dedicaron sus maestros al director, y los que parecía que nunca pararían por parte del público. Bis, una muestra de La Arlesiana, de Bizet. Y más aplausos. El numeroso respetable no quería firmar el punto final de un festival antológico.