Cuando una 'll' se pronuncia como una 'i' (y no es ningún error)
Si alguna vez les han corregido porque decían ‘abeia’ o ‘oreia’, la corrección era precipitada. Estas palabras no son errores ni deformaciones del catalán, sino el resultado de un cambio fonético muy antiguo que todavía hoy forma parte del habla espontánea de muchos catalanohablantes
Palma¿Por qué decimos ‘abe[j]a’ y ‘ore[j]a’ si escribimos ‘abella’ y ‘orella’? La respuesta más intuitiva sería decir que, en algunos hablares, la ‘ll’ se pronuncia como una ‘i’ (que, en este artículo, representaremos con [j]). La explicación parece convincente, pero se derrumba tan pronto como la investigamos un poco.
Si la regla fuera simplemente sustituir la ‘ll’ por una ‘i’, también deberíamos decir ‘[j]una’ en lugar de ‘lluna’ y ‘cava[j]’ en vez de ‘cavall’. Esto, sin embargo, no es lo que ha pasado tradicionalmente. Es cierto que hoy hay hablantes que hacen estas pronunciaciones, pero responden a un fenómeno diferente. Detrás de un ‘abe[j]a’ y un ‘[j]una’ no hay la misma historia. Para entenderlo hay que dejar de mirar, por un momento, la ortografía. La escritura puede hacer pensar que todas las ‘ll’ son iguales, pero la historia de las palabras explica otra cosa.
Grupos consonánticos
No todas las palabras que hoy escribimos con ‘ll’ tienen el mismo origen. La ortografía las agrupa bajo una misma grafía porque en buena parte del dominio lingüístico se pronuncian igual, pero históricamente provienen de grupos consonánticos diferentes. Por un lado, los grupos latinos –C’L–, –G’L– y –LJ– evolucionaron hacia una iod (el sonido que representamos con [j]) en una parte del dominio lingüístico, mientras que en el resto dieron lugar a la lateral palatal (ll). En cambio, la L- inicial y la LL geminada del latín evolucionaron hacia la lateral palatal en todo el dominio.
Todo ello parece complicado hasta que lo ejemplificamos. Las palabras ‘po[j]’ y ‘poll’ se escriben ambas con ‘ll’, pero no comparten la misma historia. ‘Po[j]’, que es el nombre del parásito de la cabeza, proviene del latín peduculu y forma parte del grupo de palabras que experimentaron la yodización. ‘Poll’, en cambio, que designa la cría de la gallina, continúa el latín pullu y conservó la lateral palatal.
Esto explica también por qué la yodización solo afecta a un conjunto determinado de palabras. No es una regla que transforme todas las ‘ll’, sino la consecuencia de un cambio fonético muy concreto. Así, palabras como ‘abe[j]a’, ‘ore[j]a’, ‘ta[j]ar’ y ‘pa[j]a’ comparten un mismo comportamiento, mientras que ‘lluna’, ‘llengua’ y ‘cavall’ siguen un camino diferente. La yodización, en definitiva, no depende de cómo escribimos las palabras, sino del grupo consonántico del que provienen.
Este fenómeno es un buen ejemplo de la relación, no siempre evidente, entre la ortografía y la lengua hablada. A menudo tendemos a pensar que escribimos las palabras tal como se pronuncian, cuando ocurre más bien lo contrario: la escritura fija una forma común para todos los hablantes, mientras que la pronunciación continúa conservando diferencias que se han ido configurando a lo largo de los siglos.
Es también aquí donde aparece una confusión bastante habitual. Cuando un hablante dice ‘abe[j]a’, no hace lo mismo que quien dice ‘[j]una’. El primer caso es el resultado de un cambio fonético que se produjo durante la formación del catalán y que solo afecta a determinadas palabras. El segundo corresponde al yeísmo, un fenómeno mucho más reciente que consiste en pronunciar cualquier ‘ll’ como una ‘i’, sin tener en cuenta el origen del vocablo. El resultado es similar al oído, pero los dos procesos tienen una historia y unas causas completamente diferentes.
Llegados aquí, hay otra idea que conviene desterrar. A menudo se presenta la yodización como un rasgo exclusivamente balear. Hoy es cierto que es en las Islas Baleares donde el fenómeno se conserva con más vitalidad, pero eso no quiere decir que siempre haya sido así. Durante siglos también formó parte de un área extensa del catalán central, aunque hoy haya desaparecido de buena parte de estos territorios.
Este retroceso no se produjo de un día para otro. Como todos los cambios lingüísticos, fue gradual, con períodos de convivencia entre las dos pronunciaciones. Los lingüistas coinciden en que la fonética, por sí sola, no basta para explicarlo, sino que también intervinieron factores sociales. En este sentido, el prestigio creciente de la pronunciación barcelonesa, sobre todo a partir del siglo XIX, acabó convirtiendo la lateral palatal (es decir, la ‘ll’) en el modelo de referencia para buena parte del dominio lingüístico. Progresivamente, muchas formas yodizadas quedaron asociadas al habla rural o a variedades consideradas menos prestigiosas, y esto favoreció su retroceso.
La yodización
Las Baleares siguieron, sin embargo, una evolución diferente. El relativo aislamiento insular y una presión mucho menor de los modelos lingüísticos continentales favorecieron, probablemente, que se conservase la distinción tradicional entre la lateral palatal y la iod. A diferencia de lo que ocurrió en el catalán central, pues, la yodización no adquirió connotaciones sociales negativas y continuó transmitiéndose de generación en generación.
La Gramática de la lengua catalana del IEC recoge esta realidad y diferencia claramente la yodización del yeísmo. Al describir los hablares baleáricos, presenta la yodización como un rasgo característico de estas variedades (y también de algunos hablares nororientales), aunque en los registros formales considere preferible la pronunciación con lateral palatal. Esto no convierte la yodización en una pronunciación incorrecta: simplemente refleja la convivencia entre una norma común y una diversidad dialectal bien viva.
La yodización, por tanto, muestra hasta qué punto una misma grafía puede ocultar historias muy diferentes. Todos escribimos ‘abella’ y ‘orella’, pero no todos las pronunciamos igual. Esta diferencia es el resultado, una vez más, de una evolución que no siguió exactamente el mismo camino en todos los territorios ni en todas las palabras. Y es precisamente esta historia, invisible a la ortografía pero aún viva en el habla, la que explica por qué, a veces, una ‘ll’ se pronuncia como una ‘i’ sin que esto sea ningún error.