Cuando Jaime I ayudó a los marroquíes a invadir Ceuta
Las complicadas relaciones entre isleños y magrebíes a lo largo de siglos, una vecindad que vuelve a estar sobre la mesa
PalmaSí, lo han leído bien: Jaime I, el campeón de la cristiandad, que expulsó al Islam de Mallorca y las Pitiusas, aportó una valiosa ayuda a los marroquíes cuando estos quisieron invadir Ceuta. Bien es cierto que, entonces, Ceuta formaba parte de otro dominio islámico. Se trata de uno de tantos episodios de una larga historia de relaciones complicadas entre vecinos. Tan larga, que ha llegado hasta la actualidad.
Conviene aclarar que eso de la ‘Reconquista’ que los alumnos de todo el Estado tuvieron que tragarse a lo largo de siglos, y que tanto gusta todavía a algunos, es un término que los historiadores ya no utilizan. Allí lucharon cristianos contra cristianos y musulmanes contra musulmanes. El mismo Jaime I, a pesar de la imagen de cuento que tenemos de él apaleando infieles, utilizó aliados islámicos en la conquista de Mallorca de 1229, como Ben Abbed, que aportó suministros a los invasores, a pesar de que se suponía que aquello era una especie de cruzada.
Existía un buen motivo para relacionarse con los infieles: la necesidad. En la Edad Media, y hasta prácticamente el siglo XIX, el norte de África, y más concretamente el Magreb (la banda occidental), fue el escenario de un intercambio mercantil imprescindible: Mallorca, subraya David Abulafia, “no podía sobrevivir sin el comercio”. No hemos sido nunca autosuficientes. El comercio era tan imprescindible, que se otorgaban licencias especiales que permitían comerciar con los musulmanes, incluso en tiempo de guerra.
Por supuesto, este flujo económico ya existía cuando las Islas estaban todavía bajo dominio islámico: los genoveses, hábiles mercaderes, utilizaban Mallorca de escala en la ruta hacia Ceuta en 1182. Para los menorquines, entonces todavía con gobernantes musulmanes, Ceuta también era uno de sus lugares de destino hacia 1240, con el envío de mantequilla –la fama de los productos lácteos de Menorca viene de lejos.
El paso a manos cristianas no detuvo el intercambio. Apenas unos años después de la conquista de Mallorca por Jaime I, constan los trayectos hacia Ceuta. Los papas Gregorio IX e Inocencio IV tuvieron que otorgar las licencias correspondientes, que permitían a los isleños comerciar con los enemigos de la fe: no dejes que la religión te estropee un buen negocio.
La ruta con el Magreb era la más importante de las que utilizaban los isleños. Sobre todo se comerciaba con productos alimentarios. La sal de Ibiza era una de las mercancías con mejor aceptación en el norte de África. Más adelante, hacia el siglo XVIII, se exportaba desde las Islas aguardiente y textiles. Y se importaba ganado, trigo, cebada, habas, cera y cuero.
Emigrantes mallorquines en Ceuta
De los territorios del Magreb, el reino de los benimerines era el que correspondía al Marruecos actual, con el cual los mallorquines establecieron “un lucrativo negocio”, en palabras de Abulafia. Fue una relación a menudo conflictiva: el intercambio de mercancías era una necesidad, pero la piratería, el corsarismo –la piratería legal y bendecida por el poder de turno– y los enfrentamientos bélicos a menudo interferían con el comercio.
Jaime I estableció tratados con los gobernantes del norte de África, que permitían la continuidad del flujo comercial. Así, no es extraño que el Conquistador y el sultán benimerín firmaran un acuerdo en 1274, según el cual el monarca cristiano le aportaría una flota de 50 barcos y 500 caballeros, a cambio de 200.000 besantes, que debía ser una fortuna en la época, para la conquista de Ceuta, en manos de un dominio islámico rival.
Combatir por la cristiandad no salía tan a cuenta si los infieles te pagaban bien. No fue hasta 1415 que los portugueses conquistaron Ceuta. Y fue en 1640 cuando la actual ciudad autónoma quedó en manos españolas. En contra del tópico de la Reconquista, las conveniencias políticas no entendían de colores religiosos, igual que ahora. Marruecos, la Castilla cristiana y la Granada islámica, formaron una alianza en 1285 contra la Corona de Aragón, que en aquel momento incluía las Baleares. El rey de Aragón, Alfonso el Franco –nieto de Jaime I– trató desesperadamente de hacer cambiar de posición al soberano marroquí y ganarse su apoyo contra los castellanos. Sin éxito.
Jaime II de Mallorca también puso especial cuidado en mantener el buen entendimiento con los territorios norteafricanos. En buena parte, porque aquello también le suponía una buena fuente de ingresos. Así que estableció consulados, es decir, representaciones comerciales propias. El problema era que los catalanes tenían intereses en la misma zona, y eso supuso que isleños y principatinos no se comportaran siempre como buenos hermanos. Tampoco la relación con los magrebíes fue siempre armoniosa. Por ejemplo, Guillem Morro recoge cómo, poco antes de la muerte de Jaime II, “una flota de galeras de Ceuta atacó barcos mallorquines” en la costa norteafricana.
Entre 1308 y 1331, los mercaderes isleños representaban más de la mitad de todo el comercio con el norte de África, añade Morro. Jaime III firmó en 1339 un acuerdo de paz con el soberano marroquí. En caso de que hubiera guerra, tampoco afectaría a los negocios: en 1344, los isleños fueron autorizados a continuar comerciando con los musulmanes, aunque sus ejércitos se estuvieran matando entre ellos.
El comercio no entendía de creencias: cristianos y musulmanes se asociaban, sin dificultad aparente, para empresas mercantiles. Los judíos ejercían un papel clave gracias a sus contactos con las comunidades norteafricanas. Eso resultaba sospechoso para la flota corsaria del papa –también el papa jugaba a ello–, que capturó un barco en Mahón con la excusa de que llevaba “letras judezcas y moriscas”, dice Morro.
Además de enclave comercial, el Magreb se utilizó como tierra de destino definitivo para algunos de los últimos musulmanes mallorquines libres, que no se encontraban muy a gusto bajo la dominación cristiana. Ceuta también fue uno de sus lugares de destino. En el siglo XV, desde Mallorca se comerciaba con Alcúdia: no la Alcúdia mallorquina, sino otra cerca de Melilla.
Órdenes que no se obedecían
Con el imperio hispánico –a partir del siglo XVI– las cosas no cambiaron mucho. En teoría, las monarquías norteafricanas eran enemigas. Pero las sucesivas prohibiciones de comerciar con ellas –Eloy Martín contabiliza al menos una decena entre 1494 y 1703– no se obedecieron, ni siquiera por parte de aquellos que se suponía que las debían hacer cumplir: los capitanes generales. Sobre el terreno, eran muy conscientes de la necesidad imperiosa de cereal, del cual las Baleares eran deficitarias.
Ante lo inevitable, la monarquía española optó por una solución surrealista: aplicar un impuesto del 10% al contrabando, a una actividad manifiestamente ilegal. Ya que no la podían detener, al menos sacar tajada. ¿Qué hicieron buena parte de los comerciantes? Esconder el lugar de origen de los productos si eran norteafricanos, para no tener que abonar la tasa correspondiente.
Mucho más de la mitad del comercio mallorquín con el norte de África era con territorio enemigo, mientras que no llegaba ni a una cuarta parte con las plazas de soberanía española, como Ceuta –ya lo era. Por otro lado, el corsarismo continuaba siendo un buen negocio: los norteafricanos capturaban naves y tripulantes de las Islas, y los isleños hacían lo mismo con las suyas.
En el siglo XVIII, los menorquines pudieron aprovecharse de una circunstancia favorable: ya no eran españoles, sino británicos. De manera que las limitaciones de Madrid no iban con ellos. Gracias a la neutralidad menorquina, el resto de las Baleares se pudo abastecer del trigo norteafricano.
La corona española suscribió un tratado de paz, amistad y comercio con el sultán de Marruecos en 1767. Sin trabas, aquel comercio creció espectacularmente. Los productos norteafricanos, señala Martín, “sacaron de más de una dificultad” a las Islas cuando vieron su economía estrangulada, primero por los conflictos de España con Gran Bretaña y después por la Guerra de la Independencia.
Los tiempos cambiaron y Marruecos acabaría siendo, incluso, colonia española, con una guerra interminable en la cual encontraron la muerte un montón de isleños; solo de menorquines, 57. Actualmente en las Islas viven cerca de 30.000 personas con nacionalidad marroquí.
El tira y afloja que fue habitual entre isleños y marroquíes –proveedores y clientes, corsarios y piratas y víctimas–, llegó a uno de los puntos máximos de tensión en 1338, en el reinado de Jaime III, cuando el sultán de Marruecos preparó una armada de veintitrés barcos para invadir las Islas, explica Guillem Morro. Se hizo sonar la alarma y los isleños prepararon una escuadra más numerosa para la defensa, pidiendo ayuda valenciana.
La expedición marroquí entró en la bahía de Palma, vio el despliegue de los mallorquines y dio media vuelta. Pero aquella amenaza debía tenerse en cuenta, así que los isleños decidieron “construir una armada permanente de seis galeras”, dice Morro.
Armar una flota de defensa cuesta mucho dinero, y en 1341 los jurados de Mallorca –equivalentes a los actuales concejales o consejeros– transmitieron una embajada a Jaime III –prácticamente no estaba nunca en la isla– donde pedían no tener que pagar aquel gasto.
Ahora bien, las amenazas eran mutuas. Según David Abulafia, Jaime III también pretendió invadir el África islámica.
El peligro marroquí se mantuvo entre 1345 y 1348, cuando Pedro el Ceremonioso había reincorporado las Islas a la Corona de Aragón. Que un corsario mallorquín capturase a siete súbditos del rey de Marruecos se convirtió en un casus belli: el monarca norteafricano ordenó atrapar todos los barcos de Mallorca que aparecieran por sus aguas.
Información elaborada a partir de textos de Guillem Morro, Onofre Vaquer Bennasar, David Abulafia, Maria Barceló Crespí y Miquel Àngel Capellà Galmés y Eloy Martín Corrales.