Una escuela de idiomas siete siglos antes del turismo

Se cumplen 750 años de la fundación de Miramar por Ramon Llull. Lo hizo con el apoyo de Jaime II de Mallorca, y el papa la confirmó el mes de octubre de 1276

03/10/2026 - 18:25 h.

PalmaHace siete siglos y medio no se aprendían idiomas para hacer turismo, ni mucho menos para atender a los turistas que pudieran presentarse. Nadie viajaba, salvo que fuera porque no tenía más remedio. El filósofo mallorquín Ramon Llull concibió una escuela para aprender árabe, para poder convertir a los musulmanes al cristianismo y así nació, en el actual término municipal de Valldemossa, Miramar, una experiencia breve, pero con huella perdurable. Su fundación fue confirmada por una bula papal el 17 de octubre de 1276, hace ahora 750 años.

Como observa Sebastià Garcias Palou, realmente sabemos bien poca cosa de aquel monasterio, creado como una especie de academia de misioneros. Ni cuándo se puso en marcha exactamente, ni el plan de estudios detallado, ni los nombres de los miembros de la comunidad salvo un par –mallorquín–, ni cuál fue el destino de estos, ni cuándo ni por qué cerró sus puertas. El archiduque Luis Salvador, admirador de Llull y que quiso rehacer el Miramar del pasado con sus posesiones, escribió Lo que sé de Miramar –podría haber escrito Lo que no sé de Miramar, si se hubiera referido a sus orígenes.

Miramar fue un proyecto de Ramon Llull, después de aquel sermón en San Francisco de Palma que cambió su trayectoria para siempre: abandonó la vida mundana de caballero y decidió consagrarse a la difusión del cristianismo. Para ello concibió un sistema razonado, el ‘Arte’, cuya enseñanza muy probablemente corrió a su cargo en las aulas del monasterio.

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Un texto del ‘Doctor Iluminado’ que con toda seguridad se utilizó en Miramar fue el Libro del gentil y de los tres sabios: son tres: un cristiano, un musulmán y un judío –no, no es el comienzo de un chiste–, que expresan sus argumentos a un pagano sobre cuál de sus creencias es la verdadera. Se parece bastante a El cuento de los tres anillos, de Boccaccio, que es posterior. Es la metáfora de un hombre rico, que entrega el anillo familiar y dos copias idénticas a sus tres hijos: la conclusión es que Dios habría otorgado un anillo a cada religión, pero no se sabe cuál es el bueno. Por supuesto, “Llull se considera en posesión del anillo auténtico”, como señala Eusebi Colomer.

Ramon Llull entendió que era factible convertir a los musulmanes a la fe de Cristo. Después de todo, no eran tan diferentes: junto con cristianos y judíos, formaban parte de las tres religiones ‘del Libro’. De ahí la idea de formar misioneros, capaces de realizar aquella tarea. Y resultaba imprescindible, obviamente, el aprendizaje de lenguas orientales y, en concreto, del árabe.

No fue un proyecto absolutamente original. Los dominicos, eternos rivales de los franciscanos, ya habían creado una escuela en Ciudad donde se enseñaba árabe y hebreo. No parece que Llull asistiera. Él aprendió el árabe a lo largo de nueve años con un esclavo, con el cual, por cierto, las cosas acabaron fatal: el esclavo blasfemó, él lo golpeó, entonces el musulmán le atacó con un cuchillo. Fue encarcelado y se colgó en su celda.

¿Por qué trece frailes?

Se supone que, de las cerca de 250 obras que habría redactado Llull –algunas, perdidas–, una parte las habría escrito en árabe. Nicolau Roser duda mucho que adquiriese tanta destreza para escribir en esta lengua. Las clases de árabe en Miramar probablemente corrieron a cargo de un mallorquín musulmán o bien de un fraile que lo supiese mejor.

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Todo indica que Llull presentó al rey de Mallorca, Jaime II, el proyecto de lo que debía ser Miramar en Montpellier, la ciudad natal del monarca y que formaba parte de sus dominios, donde el rey pasaba buena parte del tiempo –en Mallorca, estaba muy poco. Llull tenía muy claro qué quería: que los estudiantes fuesen trece frailes franciscanos, ni más ni menos, y que recibiesen allí una formación completa para la misión que les esperaba: predicar el Evangelio a los infieles y, si era necesario, enfrentarse al martirio. Una especie de superagentes del cristianismo.

¿Por qué trece, justamente? Cualquiera diría que eso ya era empezar con mal pie, con la fama que arrastra esta cifra. Pero, como observa Garcias Palou, el trece es un número muy luliano. Obviamente, se refiere a los comensales de la ‘última cena’: Jesucristo y los doce apóstoles.

Existía una tradición franciscana muy significativa en la dinastía real mallorquina. El hijo mayor de Jaime II, otro Jaime, renunció a la corona para seguir los pasos de Il Poverello. Dos hermanos suyos, Felipe, regente del reino, y Sancha, reina de Nápoles, también fueron franciscanos fervientes. En cualquier caso, Jaime II favoreció igualmente a los dominicos y a los cistercienses. Convenía llevarse bien con todo el mundo.

No consta la fecha exacta de fundación de Miramar. Parece que, cuando se inició el proyecto, Jaime II todavía no era rey. La bula de confirmación del papa Juan XXI es posterior, del 17 de octubre de 1276, y hace referencia a su padre, Jaime I, que acababa de morir. Inicialmente parece que se aprovecharon construcciones que ya existían. El infante, ya monarca, se comprometió a aportar para el mantenimiento del monasterio quinientos florines cada año, que debía ser una cantidad importante.

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Jaime II consiguió los terrenos, correspondientes a la ‘granja de Deià’, intercambiando aquel espacio, propiedad de los monjes de la Real, con otro. La comunidad de Miramar dependía de la autoridad franciscana del ámbito de la Corona de Aragón. Debía ser más numerosa que solo trece, pero esta era la cifra de los candidatos a misioneros. Llull era el alma de la misma. Pero no podía ser el director, porque era laico, no fraile. Miramar lo regía un guardián, que formaba parte de la comunidad de los trece elegidos. De las tareas de administración se hacía cargo un procurador, que quizás no pertenecía al colectivo de elegidos, sino al resto de la comunidad.

Llull se va de Miramar

El filósofo mallorquín había querido que el monasterio-escuela se situara en un lugar apartado, lejos del ruido mundano: “Entre la viña y el fenollar”, según sus palabras. En Miramar, Llull compaginó una triple actividad: la enseñanza de su ‘Arte’, la redacción de sus libros y la vida contemplativa, es decir, de oración y mística. Según la tradición, se retiraba a meditar a la conocida como “la cueva del Maestro Ramón”.

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¿Cuánto tiempo permaneció Llull en Miramar, antes de retomar una incesante actividad viajera? Garcias Palou calcula que un mínimo de dos años y medio y un máximo de cuatro. Debió partir hacia el 1279. La suya era una pérdida significativa: el monasterio se quedaba sin aquel que lo había puesto a caminar.

Las luchas intestinas entre los descendientes de Jaime I –¡lo que debían ser, las comidas de Navidad, de esta gente!– no afectaron la continuidad de Miramar. Cuando Alfonso el Franco, rey de Aragón, hijo de Pedro el Grande, le arrebató las Islas a su tío Jaime de Mallorca, mantuvo el apoyo económico al monasterio. Bien igual que su hermano y sucesor, Jaime el Justo.

Ramón Llull no volvió nunca a Miramar porque, mientras él andaba por el mundo, aquella comunidad dejó de existir. La última noticia data de 1292. En 1295, Llull dejó constancia de su desaparición en la obra Desconhort. La cantera franciscana de misioneros debió durar apenas diecisiete años.

En Desconhort, donde expresaba la amargura por aquella pérdida, Ramón el Loco sugería veladamente quién o quiénes, o qué entidad, había propiciado la desaparición de la comunidad de Miramar. No podía ser Jaime II de Mallorca, porque entonces los parientes de Barcelona todavía no le habían devuelto las Islas. El distanciamiento entre el rey y su amigo Llull habría sido posterior. Parece más probable que los conflictos entre los mismos franciscanos fueran la causa.

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Con el reino recuperado, Jaime II de Mallorca traspasó Miramar, ahora despoblado, a los cistercienses de la Real. Mientras tanto, le sirvió de halconera para sus aves de presa. Aquello era una verdadera pasión para él: en 1311 pagó por un halcón casi el sueldo de un virrey. Aquel fue el comienzo de una sucesión de etapas en la ocupación de Miramar. Se planteó instalar allí el Estudio General Luliano, dedicado al estudio de la obra luliana, que finalmente se situó en Palma. Y también albergó, hacia 1457, la primera imprenta de Mallorca. A finales del XIX la compró el Archiduque, y conmemoró allí el recuerdo de Llull con un mirador y una capilla.

En cualquier caso, Llull no se dio por vencido. Continuó insistiendo, ante el papa y los monarcas cristianos, en la necesidad de erigir aquellas escuelas donde pudieran prepararse evangelizadores del Islam, siguiendo el modelo de Miramar. En este rincón de la sierra de Tramuntana se hizo realidad aquel sueño. Un sueño quizás demasiado breve.

El plan de Llull para invadir Ceuta

Si no salía bien aquel proyecto de evangelizar a los infieles por las buenas y en su lengua, que era el origen de la fundación de Miramar, Ramon Llull tenía un plan B: usar las armas, es decir, convocar una nueva cruzada. En 1187 Jerusalén había caído en manos de los musulmanes, hasta entonces en poder de los cristianos. Según Garcias Palou, el propósito no era conquistar los territorios islámicos, sino permitir en ellos la libre difusión del Evangelio.

Aquel viajero incesante se entrevistó con papas y monarcas para conseguir su apoyo al proyecto de cruzada. Igual que otro ilustre barbudo, Gandalf, usa a Aragorn para sus planes en El señor de los anillos, Llull concibió un Rex Bellator, un rey guerrero, que encabezaría aquella empresa. Tan amigos como fueron con Jaime II de Mallorca, parecería lógico que fuera su elegido. Pero este monarca tendía a perder las guerras en las que se metía. J. N. Hillgarth y Anna Alberni identifican a aquel héroe soñado con otro Jaime, su sobrino el Justo, rey de Aragón. A aquella cruzada, afirmaba Llull, tenía que ir el papa en persona.

Según Nicolau Roser, el objetivo de aquella cruzada no era solo Jerusalén, sino ocupar el norte de África, entonces, igual que ahora, bajo dominio islámico. El plan de Llull era empezar, como cabeza de puente, por Ceuta. Con ello, como en tantas cosas, fue un visionario: no fue hasta 1415 que los portugueses conquistaron esta plaza estratégica, que después pasó a manos españolas.

Información elaborada a partir de textos de Sebastià Garcias Palou, Nicolau Roser Nebot, Jordi Gayà Estelrich, Armand Llinarès, Maria Barceló Crespí, Josep-David Garrido i Valls, J. Ernest Martínez Ferrando, Miquel A. Casasnovas, Anna Alberni y J. N. Hilgarth, Anthony Bonner, Lola Badia, Xavier Moret, Robert Vinas y Sebastià Trias Mercant