Díselo como quieras... pero no catalán

Los múltiples nombres que se han usado para no referirse a la lengua de las Baleares con su denominación científica

26/09/2026 - 17:07 h.

Palma‘Catalán’ es el nombre científico de la lengua que se habla en las Baleares. Así lo establece el Estatuto de Autonomía, aunque, coloquialmente, se utiliza el gentilicio de cada isla, y ‘pagès’ en Formentera. Ahora bien, a lo largo de los siglos, se han utilizado un montón de denominaciones para referirse a ella: ‘nuestra lengua’, ‘vernácula’, ‘materna’, ‘propia’, ‘regional’, etc. A menudo, para no tener que decir ‘catalán’, porque se entendía –y se entiende todavía– que quien habla catalán quizás sea catalán, y algunos no querían –no quieren– caer en esta identificación. Recordamos el abanico de sinónimos cuando se celebra el Día europeo de las lenguas (26 de septiembre).

Como recoge Antoni Mas, lo más sorprendente de todo es que, desde la época de la conquista cristiana –hecha sobre todo por catalanes, y de ahí la transmisión idiomática– y hasta el siglo XVII, todo el mundo llamaba ‘catalán’ a la lengua de las Islas aparentemente sin ningún problema. De hecho, la expresión ‘lengua catalana’ apareció por primera vez en lengua romance en 1341 en una escritura valenciana, ámbito también repoblado desde Cataluña esencialmente.

Entre el siglo XIV y finales del XVI la denominación habitual en la documentación mallorquina fue ‘catalán’, con múltiples variantes que suenan muy bonitas y medievales, como ‘romanç catalanesch’, ‘pla catalanesch’, ‘catalanice’, ‘ydioma cathalanorum’, ‘letra catalanischa’ e ‘vestidura catalana’. En este periodo, el gentilicio ‘catalán’ para hacer referencia al idioma consta en veintiséis ocasiones, y ‘mallorquín’ solo en seis. Las primeras referencias de ‘mallorquín’ en alusión a la lengua empleada no aparecen hasta principios del XV. Todavía en 1576, el impresor mallorquín Gabriel Guasp comunicaba que había sacado un tratado escrito originalmente en italiano y “traducido en lengua catalana”.

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No parece casualidad que la sustitución de ‘catalán’ por ‘mallorquín’ coincidiera en buena medida con la castellanización generalizada: la adopción, al menos por las élites, de la ‘lengua del imperio’ –entonces sí que lo era, un imperio. En el siglo XVII, la denominación ‘catalán’ pasó a ser muy poco frecuente, y se utilizaba sobre todo referida a textos antiguos. Pero había conciencia de que se trataba de un idioma común: en 1550 consta un libro que estaba escrito en “nuestra lengua mallorquina”, cuando era obra del valenciano Joan Roís de Corella.

El invento del ‘lemosín’

Como subraya Mas, los cronistas de la época jugaron un papel significativo en el cambio a ‘mallorquín’: Joan Binimelis, Joan Dameto y Vicenç Mut, los cuales, no se debe olvidar, estaban a sueldo de los jurados, equivalentes a concejales o consejeros actuales, es decir, de los privilegiados. Los cronistas utilizaban la expresión ‘lengua mallorquina’, lo cual complicaba bastante el panorama, porque no acababa de quedar claro si era la lengua solo de la isla o del conjunto del reino de Mallorca, también del resto del Archipiélago.

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También se utilizó la denominación ‘balear’ para la lengua, si bien en entornos muy concretos, en particular el religioso. Se daba la circunstancia de que el Baleari eloquio, más tarde esgrimido por los defensores de una lengua balear, era el que correspondía al ámbito de la diócesis de entonces, es decir, Mallorca y Menorca. Ibiza y Formentera quedaban fuera, no hablaban ‘balear’. Otras expresiones para el idioma fueron ‘lengua materna’ y ‘vulgar’.

En este mismo periodo hizo fortuna otra denominación, ‘lemosín’, es decir, occitano, para referirse a la lengua común. Es decir, que la lengua que se habla en las Baleares la trajeron los catalanes. Pero, por su parte, aquellos habrían adoptado también un idioma del exterior: el occitano. De esta manera, se podía dar por buena la existencia de una lengua común, pero sin utilizar el gentilicio incómodo: ‘catalán’.

Un entusiasta partidario del lemosín en el siglo XIX sería el erudito menorquín establecido en Mallorca Josep Maria Quadrado. Según Joan Mas i Vives, hacia 1851 aceptó con satisfacción participar en el proyecto de una colección, una biblioteca de autores lemosines, a la cual le tocaría hacerse cargo de la edición de algunos textos de Ramon Llull. Esta buena disposición desapareció cuando Marià Aguiló recuperó la misma idea, pero con el nombre de Biblioteca Catalana: había reaparecido la palabra temida, ‘catalana’, que a Quadrado le producía cierto rechazo, al identificarla con la política de marcado carácter reivindicativo que se iniciaba en el Principado.

La cosa llegó a tal punto que se creó en Madrid una cátedra de lemosín en la escuela de bibliotecarios. Marià Aguiló la pudo haber ocupado, pero la rechazó. Él no aceptaba este término como sucedáneo de ‘catalán’. Contra aquello del ‘lemosín’ se manifestaría expresamente hacia 1934 la Asociación para la Cultura de Mallorca para establecer la diferencia entre occitano y catalán. Lo dijeran como lo dijeran, no había ninguna duda de que era catalán: desde el exterior, Pascual Madoz había determinado, en 1848, que los isleños “hablan la lengua lemosina o catalana”.

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Cuando empezaron a aparecer gramáticas y diccionarios, los autores no utilizaron tampoco el término ‘catalán’. Principios generales de la lengua menorquina o modo fácil de aprender a leer, hablar y escribir esta lengua, de Antoni Febrer i Cardona, data de 1804. Joan Josep Amengual, un partidario del ‘lemosín’, publicó en 1835 una Gramática de la lengua mallorquina. En 1840 aparecía el Diccionario mallorquín-castellano y el primero que se ha dado a luz, de Pere Antoni Figuera. En 1858, el primer fascículo del Nuevo diccionario mallorquín-castellano-latín, también de Amengual, y la Gramática de la lengua menorquina, de Juli Soler i Siquier.

La lengua del Estatuto de 1931

En cambio, cuando un entusiasta sacerdote de Manacor, Antoni Maria Alcover, lanzó públicamente el proyecto de redactar un diccionario en 1901, dejó bien claro desde el principio que debía llamarse “de la lengua catalana”, y con este nombre encabezó la Carta de invitación a todos los amigos de esta lengua, con la cual les pedía su colaboración “a todos los que hablan, a todos los que aman esta lengua, llamémosla mallorquina, catalana, valenciana, lemosina, rosellonesa, por el nombre no debemos desavenirnos”. Si bien tuvo que adoptar el título Diccionario Catalán-Valenciano-Balear, para no toparse con aquella irracional repugnancia existente en el País Valenciano y en las Islas por el nombre común: “No quiero que, al tenerlo hecho, entonces valencianos y baleares, al oír Diccionario Catalán, no digan: ¡Ay Catalán? ¡Pues no es para nosotros! Llevadlo pues a los de Cataluña”. La historia de siempre.

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Aquel mismo 1901 se reconoció a los concejales de Palma el derecho a expresarse, en sus intervenciones, en la ‘lengua de Mallorca’. Solo dos años antes, se había establecido como condición para acceder al cargo de secretario del Consistorio saber hablar y escribir en ‘mallorquín’. Apenas comenzado el periodo republicano (octubre de 1931) sendas propuestas de los concejales solicitaban que, para acceder a plazas de funcionarios, se exigiera “el conocimiento del idioma regional” y “conocer la lengua mallorquina”.

La República trajo también la propuesta de redactar un estatuto de autonomía para las Islas Baleares. El anteproyecto, presentado por la Asociación para la Cultura de Mallorca, preveía que “serían lenguas oficiales” la ‘materna’ y ‘la española’. Eso de ‘materna’, sonaba al idioma que se aprende de los labios de la madre. Pero, como observa Daniel Escribano, también hacía pensar en una cierta infantilización de la lengua, frente al idioma de los adultos, el castellano. Y más en una sociedad tan machista como era aquella. Sin embargo, aquella propuesta nunca salió adelante.

No sería hasta el Estatuto de 1983 en que la palabra tantas veces eludida a lo largo de siglos se vería consagrada, al establecer que “la lengua catalana, propia de las Islas Baleares, tiene, junto con la castellana, el carácter de idioma oficial”. Con la famosa coma incluida, que establece que es la ‘propia’ del Archipiélago. Al fin: ca-ta-la-na. Eso de llamar a las cosas por su nombre parece que cuesta un mundo.

Hablar en ‘cristiano’, es decir, en catalán

Ha sido tan frecuente y tan sistemático esto de que a alguien le suelten que “hable en cristiano”, es decir, en castellano, cuando le oyen hablar en una lengua periférica, que resulta desconcertante que se utilizara en Mallorca ‘cristianesch’, entre los siglos XIV y XVII, como sinónimo de catalán. Antoni Mas subraya que era “la lengua que se convirtió en la propia de los cristianos de la isla”, así que hablarla era signo de profesar la religión oficial.

Algunos ejemplos: en 1334, con motivo de un conflicto de mercaderes mallorquines con el reino de Granada, se informaba de una carta del monarca nazarí que había sido traducida al ‘vulgari chistianorum catalanico’; el mismo año, en otro pleito con musulmanes, el intérprete islámico utilizaba la ‘lingua christianica’; en 1337, se indicaba de otra traducción que se había hecho ‘de sarrahinesc en christianesch’.

Hablar catalán era una baza a favor de aquellos que podían resultar sospechosos de disidencia religiosa. Dos moriscos residentes en Mallorca, amenazados por la bárbara expulsión de su gente, argumentaban, en 1610, ser personas “con lengua y costumbres mallorquinas”, como añadido significativo a su “religión cristiana”.

No es casualidad que, justamente, haya sido la Iglesia católica, como apunta Miquel Julià, “el baluarte más firme, y todavía inexpugnable, de la lengua y de la identidad del pueblo de Mallorca” desde la conquista hasta prácticamente nuestros días. Su posición de poder le permitió oponerse, con cierto éxito, a las medidas castellanizadoras que llegaban del Estado, desde la Nueva Planta hasta el franquismo. Si bien no siempre lo tuvieron tan claro: cuando el concilio Vaticano II estableció que las misas se harían en ‘lengua vernácula’, en los años 60, la jerarquía eclesiástica no se puso de acuerdo en cuál era aquella lengua.

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Información elaborada a partir de textos de Antoni Mas i Forners, Daniel Escribano, Joan Mas i Vives, Antoni Janer Torrens, Miquel Julià, Antoni Ignasi Alomar i Canyelles, J. N. Hilgarth, Josep Amengual, Josep Massot i Muntaner y Pere Fullana.