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Se cumplen 70 años de la visita a Mallorca de Richard Nixon, en el marco de los acuerdos de los Estados Unidos con la España franquista

PalmaSe declaró emocionado de visitar la tierra de Juníper Serra y satisfecho de combatir, en buena camaradería, con la dictadura franquista, contra el comunismo internacional. Hace 70 años, a principios del verano de 1956, quien entonces era vicepresidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, hizo una visita relámpago a Mallorca para entrevistarse con el ministro español de Asuntos Exteriores y, como buen turista, para nadar un rato en la playa.

Aquella no era una visita cualquiera. Franco, el antiguo aliado de Hitler y Mussolini, se había convertido en amiguísimo de los Estados Unidos contra el enemigo común: la URSS. Los acuerdos de 1953 proporcionaron bases a los norteamericanos y dineros al régimen. Dos de aquellas instalaciones para uso de los EUA se ubicaron en las Islas Baleares: la W-7 Sóller, con las dos bolas colosales en el Puig Major, y la de la Esclusa, en Menorca. Otra consecuencia de la nueva entente fue la presencia constante de la VI Flota: sobre todo en Palma, pero también en la bahía de Pollença, donde llegaron a fondear hasta treinta barcos al mismo tiempo. Ésta, sin embargo, se acabó de repente, al producirse un escándalo cuando un joven marinero se acostó con una joven de vacaciones y resultó que era la hija de un pez gordo de los Estados Unidos.

En este contexto de acercamiento entre la superpotencia y la dictadura desesperada se produjo la visita a Mallorca del entonces vicepresidente norteamericano Richard Nixon, a principios de julio de 1956. No se hacía en Madrid, sino en un espacio periférico. Y no eran Eisenhower y Franco, que no se verían las caras hasta 1959, sino el número dos de los EE. UU. y el ministro de Asuntos Exteriores de la dictadura, Alberto Martín Artajo.

Kennedy: “Quiero un barco y lo quiero ya”

La estancia de Nixon en Mallorca solo duró cuatro horas. Afirmó que era “una experiencia emocionante” estar en “la bella isla” de Juníper Serra, tan vinculado a su estado natal, California. Y expresó la “unión estrecha” que suponían los acuerdos de 1953, basados en la “determinación conjunta de defender Occidente frente a las tácticas subversivas y divisivas del comunismo internacional”. Sí, es el mismo Nixon que, solo unos años más tarde, ya presidente, se abrazaría con Breznev y con Mao, no en vano era conocido como ‘Dicky Tricky’, ‘Ricardet el Tramposo’, y acabaría dimitiendo a consecuencia de su trapicheo.

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Aparte de ejercer la retórica habitual –la del franquismo era muy similar–, lo que le apetecía al vicepresidente, como buen turista, era darse un chapuzón. Por supuesto que tenía que ser bajo estrictas medidas de seguridad, así que el lugar elegido fue la zona militar acotada de Illetes, donde Nixon y Artajo compartieron un rato y el californiano se deshizo en elogios hacia el paisaje mallorquín. Solo faltaba Fraga en bañador para hacerse la foto, como ocurrió con el incidente de Palomares unos años más tarde, cuando se metió en el agua en compañía del embajador norteamericano para demostrar que unas bombas atómicas, caídas de unos aviones de los EE. UU., no eran peligrosas para la salud.

El republicano Nixon debía ser el sucesor de Eisenhower. Pero topó con un jovenzuelo, el demócrata Kennedy, que se lo comió con patatas en un debate televisivo. Ya antes de llegar a la Casa Blanca debía ser muy popular. Tanto que cuentan que una tarde, en la mítica sala de fiestas Tito’s de Palma, alguien aprovechó la notable semejanza del periodista y editor mallorquín Lluís Ripoll con el futuro presidente para anunciar: “Señoras y señores, esta tarde tenemos con nosotros al senador de los Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy”. Y Ripoll, sin pensárselo dos veces, se levantó y saludó a la concurrencia.

El presidente Kennedy no llegó a visitar Mallorca, ya que fue asesinado en 1963. Sí que lo haría su viuda, Jacqueline, ya como señora Onassis. Pero sí que conocieron la isla dos de sus hermanas y un hermano –eran una familia numerosa. Narra quien fue cónsul de los Estados Unidos en Palma TumiBestard que, en 1967, Jean y Pat Kennedy quisieron vivir esta experiencia –tan mallorquina– de una corrida de toros, en el Coliseum Balear. Con tan mala suerte que, cuando el torero les lanzó su sombrero como homenaje, Pat Kennedy metió dentro, como obsequio, un pin con la bandera de los Estados Unidos, con la aguja abierta, por descuido. El torero se llevó un buen pinchazo en la cabeza, en todo caso, nada comparable a lo que él hacía al toro. Y a las Kennedy, la verdad, no las entusiasmó aquel espectáculo bárbaro.

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Al año siguiente, visitó Mallorca su hermano Edward Ted Kennedy. Y otra vez, fue Bestard quien tuvo que hacerles de anfitrión, bajo la advertencia de la embajada de que “este señor un día puede convertirse en presidente”. En efecto, muertos sus hermanos John y Robert, ahora le tocaba aspirar a la Casa Blanca, cosa que no llegaría a hacerse nunca realidad por culpa de un accidente de automóvil en el que moría la mujer que le acompañaba.

La corbata del cónsul de Mallorca

El gobernador civil de turno, que además era familia de Franco, lo recibió con un largo discurso, del cual Ted no entendió nada. Cuando por fin se deshicieron de él, Kennedy pidió a Bestard: “Necesito un barco. Ahora”. Tuvieron que arreglárselas con una vieja barca –cuenta el cónsul. Pero el norteamericano no parecía muy hábil en el arte náutico. Quedaron sin gasolina y tuvieron que remar: cuando ya volvían al puerto, el hombre que podía haber sido presidente se puso a gritar, con todas sus fuerzas: “¡Sam! ¡Sam! ¡Sam!”. Y, en efecto, el yate del productor Sam Spiegel los rescató.

En 1992 y 1993, visitaron Mallorca dos expresidentes de los Estados Unidos: el demócrata Jimmy Carter y el republicano George Bush (padre), respectivamente. Entonces, las circunstancias habían cambiado totalmente: el enemigo, la URSS, había caído sola. España ya era una democracia y miembro de la OTAN. La base de la Esclusa cerró en 1993 y la del Puig Major fue traspasada al ejército del Estado. Tampoco ya venían tantos marineros norteamericanos.

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Había sido Bush, justamente, el que había sellado la paz con los soviéticos en la cumbre de Malta, en 1989, con Gorbachov. Lo curioso es que llevaba una corbata, muy oportuna, con las banderas de los Estados Unidos y de la Unión Soviética. Aquella corbata la había comprado en Londres Tumi Bestard y se la había prestado un vicealmirante, que se la había pasado al presidente. A Gorbachov, aquella pieza le encantó. Pero Bush no osó regalársela, porque, después de todo, no era suya.

La guerra del Golfo de 1990 todavía quedaba muy cerca, así que al expresidente republicano lo recibieron con una pintada: “Bush, asesino, vete a casa”, a las puertas del Consulado en Palma. Los Bush navegaron por aguas de las Baleares. El 19 de agosto, el antiguo mandatario hizo una breve visita a Palma, con una recepción en el castillo de Bellver y un encuentro con los entonces reyes Juan Carlos y Sofía. No quiso opinar de política. Pero sí que se excusó por haber pasado antes por Gibraltar, cosa que había causado una cierta incomodidad diplomática, por la eterna reivindicación española sobre esta colonia británica.

Sí que quiso pronunciarse sobre la actualidad Jimmy Carter, que vino el año anterior y que vaticinó que Clinton ganaría las elecciones. Su jornada fue intensa: almuerzo con la alcaldesa de Calvià, Margarita Nájera; castillo de Bellver, donde el entonces alcalde de Palma, Joan Fageda, lo recibió en inglés, a lo que Carter le respondió que le hablara en castellano, porque lo conocía bastante bien; y la Catedral, Valldemossa y una comida con el empresario Miquel Nigorra en Santa Ponça.

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Aún visitarían Mallorca dos presidentes norteamericanos más: el demócrata Bill Clinton, en 1997 todavía en ejercicio, y en 2001 y 2005, como expresidente, y el también demócrata Barack Obama, ya fuera de la Casa Blanca, en 2024. En Baleares solo les falta una visita de Donald Trump: alguien le podría sugerir que dejar la presidencia y pasar unos días en Mallorca quizás sería una buena idea.

“No sé quién es este señor Clinton, pero que vuelva mañana”

La única visita a Mallorca de un presidente estadounidense en el ejercicio de su cargo ha sido la de Bill Clinton, en 1997. El veterano cónsul de los Estados Unidos en Palma Tumi Bestard explica en sus memorias cómo, a principios de aquel año, el embajador pidió si podía conseguir alojamiento para setecientas personas, preferiblemente en el paseo Marítimo de Palma, ¡en el mes de... julio! Aquello cantaba mucho... En efecto, cuando se tuvieron que reservar habitaciones para tanta gente, en tres hoteles del Marítimo, todo el mundo empezó a oler una visita presidencial. Ahora bien, la cuestión era dónde se debía alojar Clinton con su familia. Michael Douglas ofreció su finca, S’Estaca, pero los expertos en seguridad la descartaron: “Aquí pueden atentar contra el presidente desde casi todos los ángulos”. Fue el entonces rey Juan Carlos quien aportó el palacio de la Almudaina, que parece que sí cumplía con los requisitos; con lo cual, hay que preguntarse por qué no utilizaba él esta residencia, que es del Estado, y no Marivent, que debía ser un museo y un parque para los mallorquines.El ilustre turista quería visitar la Catedral, así que el jefe de su comitiva así se lo comunicó al portero, que le respondió que sí, que se podía visitar al día siguiente, a partir de las ocho de la mañana. “Es que es el presidente de los Estados Unidos, el señor Clinton”. “No sé quién es este señor, pero díganle que venga mañana por la mañana”. Al final sí que se pudo hacer esa tarde, gracias al entonces vicario Joan Bestard.A continuación, Clinton quiso tomar algo en un bar. Aquello –subraya el entonces cónsul– era lo más extraño del mundo: no lo hacía nunca. Bestard sugirió Can Joan de s’Aigo, pero el presidente estadounidense quiso algo “más moderno”. Así que fueron al Cappucino del paseo Marítimo, con la sorpresa imaginable de los clientes. Conocedor de su afición al saxofón, el propietario le llevó uno que tenía en el local. Pero, justamente, no tenía boquilla, así que no lo pudo tocar. Eso sí, le gustó mucho el gató de almendra y pagó la cuenta de su bolsillo. Al día siguiente todo el mundo esperaba que los Clinton visitaran la Petra de fray Junípero, pero hubo un cambio de planes y decidieron cenar en Valldemossa, con otro baño de multitudes. Al día siguiente, después de un último paseo por la Palma vieja, partieron de Mallorca.

Información elaborada a partir de textos de Bartomeu Bestard Cladera, Matías Vallés, Antoni Janer Torrens y Susana Sueiro Seoane, los diarios Última Hora y Diario de Mallorca y el volumen colectivo Memoria viva.