Alcanada, la central que iluminó a la Mallorca turística
En 1960 Franco inauguró en Alcúdia el generador de electricidad de gran parte de la isla que fue levantado con profesionales llegados de la Península, sobre todo del norte. Algunos se casaron en sa Pobla, en medio de la indignación de los pobleros
PalmaEn 1892 el menorquín Francesc F. Andreu impulsó la primera central eléctrica de las Baleares, Eléctrica Mahonesa. La primera de Mallorca se inauguró en Alaró en 1901 por iniciativa de los hermanos Gaspar y Josep Perelló Pol, comerciantes locales de jabón y aceite. En 1902 la electricidad llegó a Manacor con la compañía Servera y Melis. Y en 1903 sería el turno de Palma gracias a la Compañía Mallorquina de Electricidad, que construyó una central cerca de la playa de Can Pere Antoni con diseño del arquitecto Gaspar Bennàssar. Como infraestructuras pioneras, también estuvieron las centrales hidroeléctricas del Gorg Blau (1905) y de la Costera (1908). En Ibiza, la primera central eléctrica data de 1907 y su artífice fue el empresario Abel Matutes Torres.
En 1927 nació Gas y Electricidad S.A. (Gesa) a partir de la fusión de Compañía Mallorquina de Electricidad con Sociedad Alumbrado por Gas en Palma, fundada en 1858. En 1955, al inicio del boom turístico, la empresa decidió construir una nueva central en Mallorca bajo la dirección del reputado arquitecto Ramón Vázquez Molezún. El lugar elegido fue Alcanada (Alcúdia), en la finca del Lazareto. Situado a orillas del mar, era un emplazamiento donde las calderas se podían refrigerar rápidamente y donde el carbón podía llegar con facilidad. Se descartó ubicar el complejo en la vertiente de la bahía de Pollença para evitar que fuera visible desde el exclusivo Hotel Formentor. En cambio, en la parte de la bahía de Alcúdia la industria turística todavía no había alzado el vuelo.
La construcción de la central eléctrica de Alcanada, de dos imponentes chimeneas, requirió profesionales cualificados de la Península, donde el sector siderúrgico estaba más avanzado. Uno de ellos fue Jose Rojo Sierra, un joven de 26 años de Barakaldo (Vizcaya). Desde este pueblo vasco, su viuda, la poblera Simona Pol Mir, de 89 años, hace memoria de aquella aventura. “Entonces él tenía 26 años y era oficial de primera de caldera. Con una veintena más de trabajadores, lo enviaron a Mallorca para ayudar a montar las calderas de una nueva infraestructura. Era un grupo formado no solo por vascos sino también por otros operarios del norte de España y de Andalucía. En la isla, se alojaron en un hostal de sa Pobla, que estaba a unos 20 kilómetros de Alcanada”.
Grupo de vascos en la plaza de sa Pobla.Archivo familiar de José Rojo Sierra
Aquellos recién llegados se sintieron unos privilegiados en el nuevo destino. “Cobraban –afirma Pol– mucho más que el resto de la gente de Sa Pobla, que vivía del campo. Tenían motos con las cuales pudieron conocer mejor Mallorca. Al terminar el trabajo, salían a tomar cervezas por los bares del pueblo”. El flirteo con las chicas de Sa Pobla causó tensiones. “Los chicos de Sa Pobla buscaban peleas con ellos. No podían consentir que gente de fuera les robara las chicas. Nos decían: ‘Ya lo veréis. Cuando se marchen, os dejarán tiradas’. No fue el caso de Jose, mi enamorado”.
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La nueva ilusión de la chica de Sa Pobla quedó aplastada por un rumor. “Una mujer que trabajaba en el hostal de los operarios de Gesa me sopló que Jose recibía cartas de su mujer, con quien ya tenía hijas. Aquello me indignó mucho. Lo fui a buscar enseguida y le canté las cuarenta: le dije que era un sinvergüenza y que no lo quería volver a ver nunca más”. Trasbalsada, Pol, educada en casa de las monjas, partió a confesarse con el cura de Sa Pobla. Su reacción no fue la esperada. “Me tranquilizó. Me aseguró que todo aquello era mentira. Él sabía que las cartas de la discordia eran en realidad de su hermana, que era madre de dos criaturas”. Entonces llegó la reconciliación. “Jose me insistió en que si estaba conmigo era porque me quería”. La joven enamorada tuvo que llenarse de valor para comunicar la noticia en casa. “Mi madre puso el grito en el cielo cuando supo que me había enamorado de un ‘forastero’”.
En 1958, dos años después de empezar a salir, llegó el día de la boda. Fue el año en que también entró en funcionamiento la central eléctrica de Alcanada. “Después de haber montado las calderas, Jose se quedó sin trabajo. Algunos compañeros suyos abrieron una herrería en Sa Pobla. Él, sin embargo, prefirió volver a Barakaldo, donde tenía trabajo asegurado. Yo entonces estaba embarazada de mi primer hijo”. La adaptación por tierras vascas no fue fácil. “Echaba mucho de menos a la familia. Al cabo de un año murió mi madre. Si no hubiera muerto, seguro que habríamos vuelto a Sa Pobla. Yo soy la única de las cinco amigas casadas con un peninsular que partió a vivir fuera”. Pol no se arrepiente en absoluto de haberse dejado llevar por los dictados del corazón. “Jose me ha dado cuatro hijos y ha sido el amor de mi vida. Pude disfrutar poco tiempo de su compañía. Murió de un ataque al corazón a los 49 años. Yo tenía 40”.
En mayo de 1960, desde el País Vasco, la poblerina pudo ver a través del NO-DO cómo Franco inauguraba oficialmente la central eléctrica de Alcanada –en aquella ocasión también se desplazaría por primera vez hasta Menorca para cortar la cinta de la de Mahón. Era la segunda vez que el dictador visitaba Mallorca, donde, entre 1933 y 1935, en tiempos de la Segunda República, había sido destinado como comandante militar de Baleares. La primera se produjo en mayo de 1947. Fue con motivo de la inauguración del monolito de la Feixina de Palma dedicado a las 765 víctimas del crucero Baleares, hundido en 1938 por la armada republicana frente a las costas de Cartagena.
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En 1968 Palma sumó una nueva central eléctrica, la de Sant Joan de Déu, en el Coll d'en Rabassa. Complementaba la que en 1903 se había abierto en la playa de Can Pere Antoni y que en los años 70 sería derribada –en 1977, justo delante, se inauguró el vanguardista edificio de Gesa, obra del arquitecto Josep Ferragut, asesinado en 1968. A mediados de los 70, ante la demanda de consumo eléctrico de una isla volcada de lleno en el turismo, la compañía proyectó otra central en Alcúdia. Se ubicó en el solar del Murterar. Pegado a la Albufera, estaba a dos kilómetros de distancia del mar y a diez de la de Alcanada.
La poblera Simona Pol Mir, de 89 años, se casó con el vasco Jose Rojo Sierra, uno de los trabajadores de la central alcudiense. En su piso de Barakaldo, posa junto a la foto de boda de 1958.Archivo familiar de Jose Rojo Sierra
Para aquella construcción, otra vez se solicitaron profesionales cualificados. Uno de ellos fue Constantino Diego Carrera, natural de Santander. “Yo –recuerda hoy a 90 años– había llegado a Mallorca en 1963, a los 27 años. Formaba parte del segundo grupo que vino de la Península para continuar los trabajos de acondicionamiento de la central de Alcanada. Nos alojamos en el mismo hostal de sa Pobla. Enseguida conocí a una poblera. Fue la mujer con la que me casé y que hizo que me quedara a vivir aquí. Cerca de quince años después también me pidieron para ir a montar las calderas de la central del Murterar”.
Hoteleros indignados
Los primeros en alzar la voz contra aquellas obras fueron el GOB y Unió de Pagesos, fundados en 1973 y en 1976, respectivamente. Joan Mayol, uno de los históricos dirigentes de la entidad ecologista, no se priva de recordar una anécdota curiosa: “Los hoteleros del Puerto de Alcudia se sumaron a nuestra campaña no por ningún tipo de sensibilidad ecologista, sino porque no querían que una central eléctrica les impidiera urbanizar el resto de la Albufera”. Los activistas no consiguieron detener el complejo del Murterar, que se inauguró en 1981 con una gigantesca chimenea. “Vista la reacción de los hoteleros fue un mal menor que tuvimos que asumir. Si no, hoy toda la Albufera, que fue declarada Parque Natural en 1988, estaría llena de hoteles. Nosotros, sin embargo, nos quedamos con la satisfacción de haber impuesto tres condiciones a Gesa: la compra de una parcela bastante grande donde verter las cenizas de la central, en lugar de hacerlo dentro de la Albufera; el soterramiento de los canales de refrigeración que conectaban con el mar; y el acondicionamiento de las líneas eléctricas con un dispositivo anticolisión para los pájaros, lo cual fue una medida pionera en todo el Estado”.
El Murterar terminó sustituyendo a la central de Alcanada, que cerró en 1984. A principios de los años 90 el GOB sí logró paralizar la construcción de la central eléctrica de s'Estalella, en la costa de Llucmajor. La entrada al siglo XXI traería nuevas alegrías. En 2002 cerró la central de Sant Joan de Déu en el Coll d'en Rabassa y en 2019 se inició el proceso de desmantelamiento de Es Murterar con la intención de que sea definitivo este 2026 –es una de las últimas centrales térmicas de carbón todavía operativas en España.
Hoy, en Palma, las centrales que están en funcionamiento son la de Son Reus (2001) y Cas Tresorer (2008), que utilizan gas natural. En toda Mallorca, gran parte de la energía proviene directamente del sistema eléctrico peninsular –hay de eólica, nuclear, hidroeléctrica y solar. Bajo la supervisión de Red Eléctrica de España, llega a través de un cable submarino de alta tensión que conecta Sagunto (Valencia) con Santa Ponça (Calvià). Del 2006 son las primeras centrales fotovoltaicas en la isla. En la actualidad hay cerca de 140. La plataforma ‘Renovables sí, pero así no’ no se cansa de denunciar el fuerte impacto paisajístico que provocan en suelo rústico.
Un grupo de amigos vascos con la central de Alcanada de fondo.
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El poblado de Gesa
La puesta en funcionamiento en 1958 de la central eléctrica de Alcanada también previó la construcción en los alrededores de un poblado con una treintena de viviendas para los empleados. Fue obra del arquitecto Josep Ferragut, que en 1963 diseñaría frente al paseo Marítimo de Palma su rompedor edificio de Gesa. Era un proyecto totalmente autosuficiente, con todo tipo de equipamientos. Incluía una iglesia con un campanario, un convento, una escuela, un economato, una extensa zona deportiva, dotada de dos piscinas y una pista de tenis, y un casino con servicios diversos.
El poblado de Gesa reflejaba la jerarquía empresarial. Para los obreros, las viviendas eran más pequeñas que las que ocupaban cargos de mayor responsabilidad. Agrupados por parejas, eran edificios de una sola planta en una superficie total de 104 m2. Disponían de tres dormitorios, comedor, cocina, baño y lavandería con porche. La decadencia de aquel tipo de utopía se inició en 1976 con el cierre de la escuela. En 1984 ya se clausuraba la central de Alcanada, que en 2023 el Consell de Mallorca declaró Bien de Interés Cultural (BIC) por su valor arquitectónico –hoy está en proceso de descontaminación.
El Ayuntamiento de Alcúdia también protegió el poblado de Gesa como ejemplo de arquitectura industrial de la época. A principios del siglo XXI los jubilados y viudas que aún vivían allí recibieron los primeros avisos de desalojo. Entonces se aceleró la degradación del recinto, con casos de ocupación. En 2015 Gesa Endesa –nombre fruto de la fusión en 1999 con la empresa española– ya lo ponía a la venta. La transacción, por 31,1 millones de euros, se firmó al cabo de dos años con una promotora de Asturias, que ahora está reconvirtiendo el antiguo complejo en una urbanización de lujo con 16 piscinas privadas y una comunitaria.
Diferente suerte ha tenido el otro poblado de Gesa que en 1957 Ferragut también diseñó en Palma, cerca de la playa de Can Pere Antoni. Fue en el marco del proyecto de reforma de la Central III, que fue construida en 1917 y derribada en 2007. La urbanización, conocida como Virgen de la Luz, es mucho más humilde que la de Alcanada. Hoy la degradación de sus 108 viviendas sociales, en manos de particulares, contrasta con la conversión de la zona en un barrio exclusivo, Nou Llevant.
Los poblados de Gesa están estrechamente relacionados con el ingeniero industrial Felicià Fuster, natural de Santa Margalida. En 1955, a los 31 años, se incorporó a la compañía, de la cual en 1962 fue gerente y en 1973, presidente. En 1984, con el primer gobierno del PSOE de Felipe González, el mallorquín llegó a la presidencia de Endesa, desde la cual renovó todo el sistema eléctrico español –en 1997 la compañía pasó a ser totalmente privada. Fuster se adelantó al movimiento de las renovables con la creación de las primeras pruebas de energía eólica. Hombre austero, su nombre sonó como ministro, alcalde y presidente de la Comunidad Autónoma. Aquella mente luminosa murió en 2012, a los 87 años. Soltero y sin hijos, dejó un testamento ológrafo, un documento redactado de propio puño y firmado por el mismo testador, sin la presencia de ningún notario. Hoy esto dificulta parte de la ejecución de una herencia inmensa repartida entre ayuntamientos, instituciones sociales, culturales y religiosas.