Los ‘aizkolaris’ de Bunyola

En la década de los 50, eclipsando la fama de los leñadores vascos, los bunyolins fueron cuatro veces campeones de España en los concursos que organizó el franquismo para reivindicar el 'vigor nacional'. Su campo de entrenamiento fue la Comuna del municipio, que suministraba madera a toda Mallorca

PalmaDe su casa de Bunyola, a los pies de la sierra de Alfàbia, Miquel Canals Canyelles Moro, de 93 años, exhibe con orgullo una foto enmarcada de sus años de juventud. No es una foto cualquiera. Aparece con el trofeo que en 1956, a los 23 años, lo acreditó como el mejor cortador de pinos de todo el Estado. A finales de noviembre de 2019 el investigador local Biel Mateu Batle rescató del olvido su historia y la de sus compañeros. Fue en el marco de la feria de Montaña que organizó en el pueblo y que pasaría a llamarse Feria de Santa Catalina.

“En la década de los 50 –asegura Mateu bajo la atenta mirada de Canals–, leñadores de Bunyola ganaron cuatro veces el conocido Campeonato nacional de corte de troncos. En otra ocasión quedaron subcampeones”. Aquellas competiciones eran convocadas por el Frente de Juventudes y la Delegación Nacional de Deportes. Durante una semana, cada año tenían lugar en un punto diferente del Estado, a menudo en una plaza de toros. “Eran concursos que el franquismo utilizó para reivindicar el ‘vigor nacional’. También los había de ámbito autonómico. En el País Vasco los cortadores de pinos son conocidos como aizkolaris. Los vascos, sin embargo, solo podían competir entre ellos. Franco no quería que se llevaran el premio estatal porque sabía que eran muy buenos”.

El investigador contextualiza aquella época: “Bunyola era muy pobre. A diferencia de Sóller, que tenía una veintena de fábricas, aquí solo había una, inaugurada en 1913. En ella trabajaban principalmente mujeres; el resto se dedicaba a recoger aceituna. Las tierras estaban en manos de unos pocos señores, que alquilaban hombres para hacer de leñadores o de carboneros. Los que podían emigraban. En Brasil y Argelia, algunos tuvieron la posibilidad de continuar haciendo de cortadores profesionales”.

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Municipio de Bunyola

Bunyola pudo salir de la miseria gracias a su Comuna, una extensión de 716 hectáreas pobladas de pinos y encinas. “Toda la leña, con medidas diferentes –afirma Mateu–, se trasladaba en tren hasta Palma, a las carpinterías, pero también a Manacor, donde había una importante industria del mueble. Este negocio permitió al Ayuntamiento no cobrar impuestos a la ciudadanía, cosa que no pasaba en ningún otro lugar. Con las ganancias conseguidas en dos años, se pudo construir la escuela del pueblo, que se inauguró en 1928”.

La explotación de la Comuna no se hacía de manera indiscriminada, sino que seguía un protocolo establecido. “Se dividía –dice el investigador– en 30 zonas o ’cortes’, que los cortadores se encargaban de tener bien limpias siempre. Cada año se talaban los pinos solo de una zona para garantizar su reforestación. Había un ingeniero que marcaba los pinos que se podían talar. Los carboneros seguían las mismas instrucciones con las encinas que necesitaban para hacer la sitja”. De aquellos tiempos de relación estrecha con la naturaleza hay palabras que ya han desaparecido, como ‘barriscar’. “Era el nombre que recibía el trato de un empresario con el cortador a la hora de fijar el precio del pedido. El trato se sellaba con un apretón de manos. Era de cumplimiento obligado aunque no constase en ningún documento ante notario”.

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Fama internacional

De la acción de cortar el pino se decía ‘tomar el pino’. Una vez en el suelo, se procedía a ‘esbrancar-lo’ (desramar), a quitarle las ramas. Con las más gruesas se hacía el ‘companatge’ (ramaje), que se utilizaba para hacer fuego y para hervir calderos, y con las más finas, ‘feixines’ (leña menuda), muy demandadas en los hornos de pan y para cocer piezas de barro en las tejerías. A continuación, con un hacha más pequeña, ‘se pelaba el pino’, se le quitaba la corteza, que, una vez mucha, se aprovechaba para teñir tejidos. Entonces, tocaba ‘treure el metro’ (cortar a medida), hacer trozos del tronco con una sierra larga llamada verduc.

Los buñuelos cortadores de pinos, en un vídeo del NO-DO

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La destreza que tenían los bunyolins en aquel oficio ancestral traspasó fronteras. “Eran fuertes y tenían mucha técnica –asegura Mateu. A principios del siglo XX, hubo quienes fueron contratados para ir a trabajar a los Pirineos franceses. Allí todo el mundo sabía reconocer los pinos que habían talado. Para aprovechar al máximo la leña, dejaban el tocón del árbol cortada a ras de suelo. Además, por dentro, le daban la forma de una copa, de modo que cuando llovía, la raíz se pudría mucho más pronto y permitía una regeneración más rápida del pino”.

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Canals da la razón a Mateu en todo lo que dice. “También había cortadores de pinos en otros pueblos de la Serra como Sóller, Deià, Galilea y Santa Maria. Yo era feliz trabajando en la Comuna de Bunyola. En alguna ocasión también fui a talar a Felanitx, Artà y la Colònia de Sant Jordi. Éramos muy cuidadosos. Controlábamos que el pino, cuando caía, no estropeara los otros del alrededor. Sabíamos dirigirlo. Presencié pocos accidentes. Bajábamos el árbol de la montaña con una máquina con dos grandes ruedas como las de carro llamada ‘burro’”.

Al servicio del alcalde falangista

me requirió para que fuera allí junto con Bernat Castell, Juana, haciendo tándem con el santanyinero Rafel Cànoves. Un año después, en Soria, repitió Verdera y quedó segundo clasificado junto a Joan Riera Porret (hijo). “En 1956 –recuerda Canals– el alcalde falangista Miquel Mesquí me requirió para que fuera allí junto con Bernat Castell, Xinga. Y en 1958, en San Sebastián, la gloria fue para Tomeu Batle En Segovia, los dos bunyolinos hicieron una buena exhibición de brazos. “Nos dieron un tronco y cuando uno había acabado un corte, el otro tenía que hacer el segundo, de manera que el resultado final eran tres trozos. Batimos el récord de hacerlo en 20 minutos. Nosotros cortábamos desde tierra. Los vascos, en cambio, que competían aparte, lo hacían desde encima del tronco”. El título de campeón de España tan solo fue un reconocimiento simbólico. “No vimos ni una peseta. Sospechamos que el dinero del premio, que estaba muy bien dotado, fue a los bolsillos del alcalde falangista de Bunyola. Entonces entendí la insistencia para que participara en la competición”.

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El regreso del bunyolí a casa se produjo en medio de la indiferencia absoluta. “Fue­mos noticia –asegura– en la prensa. Los vecinos, sin embargo, no nos hicieron ninguna recepción. En aquella época nadie daba importancia a una práctica que formaba parte del modus vivendi del pueblo”. En 1957, en Valladolid, quien alzó el preciado trofeo fue el hermano de Canals, Joan, haciendo pareja con Rafel Suau Raxón. Y en 1958, en San Sebastián, la gloria fue para Tomeu Batle Montserrat y Biel Batle Guitarró. En la década de los 60, con el estallido del boom turístico, el bunyolí dejó el hacha en la Comuna para ir a trabajar a un hotel del paseo Marítimo de Palma. “Era un trabajo mejor pagado y no tan pesado. Muchos de mis compañeros también hicieron lo mismo”.

Gente humilde

En plena fiebre constructora, la madera mallorquina fue totalmente prescindible. “Para hacer los interiores de sofás –explica Mateu– va bien. No sirve, sin embargo, para hacer piezas más finas como puertas, porque tiene muchos nudos. Aun así, era un tiempo en que se impuso el conglomerado y la melamina para la gran producción de muebles”. Poco a poco, el signo de los nuevos tiempos haría olvidar el pasado maderero de Bunyola. Su reivindicación llegó en 2019. “En la primera edición de la feria de Muntanya, el Ayuntamiento, en manos de Andreu Bujosa (Esquerra Oberta), impulsó el primer homenaje a los cortadores de pinos. Vinieron los cinco que aún quedaban vivos. Era gente muy humilde que no daba ningún valor a su oficio. Muchos vecinos no sabían que en la década de los 50 habían sido campeones de España”.

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Pronto los aizkolaris bunyolinos recibirán otro homenaje en forma de estatua. Se colocará en el lugar donde hasta 2021 se alzaba la Creu dels Caiguts y también estará dedicado a otros oficios perdidos del municipio. Canals se siente contento con este inesperado reconocimiento. “Con el trabajo que he hecho –dice muy risueño– parece mentira que esté tan bien a 93 años. Hasta los 85 cada semana salía a hacer bici. A veces subía hasta Lluc. Mis hijas me obligaron a dejarla porque pasaban pena. Yo, sin embargo, aún pedalearía”. Este testimonio de la transformación de la Mallorca agrícola a la turística acaba la conversación con un único lamento: “Ahora la suciedad se come las fincas y hay más riesgo de incendios en verano. Antes, cuando la gente vivía del campo, todo estaba mejor cuidado”.

La Comuna

Una comuna es un terreno, generalmente un bosque, perteneciente a todos los vecinos de una población. En Mallorca, la más grande es la de Bunyola. Situada en plena sierra de Tramuntana –Patrimonio Mundial de la Humanidad desde 2011–, tiene 716 hectáreas pobladas de pinares, maquias y encinares –la extensión representa el 8,5% de la superficie del municipio de la Sierra, hoy con cerca de 7.000 habitantes, incluidos también los de Orient. Su cima más alta es el peñón de Honor, a 819 metros de altura. “El paraje –dice el investigador Biel Mateu Batle– forma parte de la memoria sentimental de los bunyolinos. Es de donde salieron los cortadores de pinos que, en los años 50, fueron campeones estatales en cuatro ocasiones. Es un lugar muy querido por senderistas y escaladores. Ya no está, sin embargo, tan bien cuidado como hace un siglo, cuando era el motor económico del pueblo”.Mateu, nieto de carbonero, ofrece una imagen fija de la Comuna de Bunyola de sus antepasados. “Era como la finca del castillo del Rey de Pollença, hoy de la familia March, que parece un jardín. Es difícil que haya un incendio teniendo en cuenta lo limpias que están las tierras. Es así como deberían estar todas las fincas de Mallorca”. Tras la conquista catalana, en el año 1300 las Ordenanzas de Jaime II supusieron la cesión a diferentes villas de una importante cantidad de tierras comunales. Estas tierras proporcionaban a los vecinos materias primas como leña, carbón y cal, pastura para los rebaños de ovejas, cabras y cerdos y caza de tordos con hilos. Los ayuntamientos, entonces llamados Universidades, se encargaban de subastar la explotación forestal. La Comuna de Bunyola aparece documentada en 1416. Su historia se puede seguir en el libro Tot pot ser en aquest món. Llegendes i contarelles de Bunyola (Edicions Documenta Balear, 2012), escrito por Bàrbara Suau, Elisabet Abeyà y Gaspar Valero.En 1912, la apertura de la línea férrea Palma-Sóller, con parada en Bunyola, permitió la venta masiva de leña de la Comuna a otros puntos de Mallorca. Gracias a las ganancias obtenidas, el consistorio bunyolí pudo emprender una serie de obras públicas sin necesidad de recaudar impuestos. Así, se mejoraron calles y caminos, se construyeron edificios como el matadero y la escuela y el alcantarillado. La explotación forestal duró hasta los años setenta del s. XX. En la actualidad, siendo el paraje Área Natural de Especial Interés (ANEI), se subastan entre los habitantes de Bunyola un centenar de collados para la caza con hilos. Aparte de la de Bunyola, hoy la comuna que todavía pertenece al pueblo es la de Lloret de Vistalegre, en el centro de la isla, con una maquia de 131 hectáreas. Uno de sus atractivos es la cueva de en Dainat, una cueva sepulcral de la Edad de Bronce. El recuerdo de estos espacios comunales todavía se conserva en la toponimia de otros lugares de la isla.