¿Cómo decimos que 'no' según la lengua que hablamos?
No todas las lenguas niegan por igual. Algunas añaden marcas específicas a los verbos, otras cambian la forma de estos verbos y otras, como el catalán, confían casi todo el peso de la negación a una única palabra
PalmaA principios de año proliferan las listas: las de cosas que haremos, las de cosas que empezaremos o las de cosas que, esta vez sí, mantendremos. Sin embargo, estas listas también pueden incluir cosas que no haremos: por ejemplo, no volveremos a llegar tarde, no repetiremos según qué hábitos, no aceptaremos determinadas rutinas o, simplemente, aprenderemos a decir que no a propuestas que no nos convengan lo suficiente.
Desde el punto de vista lingüístico, estos enunciados no tienen nada excepcional. La negación es una operación básica de las lenguas naturales y aparece en todos los registros, desde la conversación informal hasta el lenguaje administrativo. Ahora bien, lo que sí es interesante es cómo cada lengua codifica esta operación.
'Polaridad' de la oración
Por lo general, decir que algo no sucede, no ha ocurrido o no ocurrirá implica modificar el valor de verdad de la oración. En lingüística, la negación se analiza como una categoría funcional (es decir, como un elemento gramatical) que afecta a lo que se llama la polaridad de la oración. Por ejemplo, una frase como 'Ayer nevó' y su correspondiente 'Ayer no nevó' comparten léxico y estructura sintáctica, pero no transmiten la misma información: de hecho, describen eventos opuestos. Esta palabra más (o menos) implica, por tanto, una instrucción gramatical que invalida la afirmación.
Las lenguas resuelven esta operación con estrategias diversas. A grandes rasgos, se puede hablar de estrategias analíticas, basadas en partículas o verbos auxiliares (es decir, en palabras independientes), y de estrategias sintéticas, que integran la negación en la morfología verbal mediante afijos que se añaden a los verbos.
El catalán se inscribe claramente dentro del primer grupo. Como sabemos, la negación se construye de forma bastante estable en nuestra lengua: la mayoría de las veces se hace con la partícula no, que es un elemento invariable, no concuerda con el sujeto ni con el tiempo verbal y suele ocupar una posición fija frente al verbo conjugado. Fijémonos, por ejemplo, que funciona igual en 'no estamos aquí', 'ayer no nevó' y 'eso nunca lo haré más'.
Sin embargo, esta opción no es universal. En griego moderno, por ejemplo, la negación no se resuelve con una sola forma. En oraciones declarativas, es decir, para describir un estado o un hecho de la realidad, se utiliza la partícula 'den', como 'den érhete' ('no viene'). En cambio, en oraciones imperativas o subordinadas aparece 'min', como '¡min érthis!' ('¡no vendas!'). La negación, en ese caso, está distribuida según el tipo de oración.
En otras lenguas, la negación es un elemento central del sistema verbal. Es el caso del finlandés, en el que negar una frase implica conjugar un verbo negativo. En una frase afirmativa como 'tyttö lukee' ('la chica lee'), el verbo principal lleva toda la información. En cambio, en la forma negativa 'tyttö ei lue' ('la chica no lee'), es el verbo 'ei' lo que se flexiona –trae la información de la tercera persona del singular–, mientras que el verbo principal aparece en una forma no personal.
Esta estrategia hace que la negación no sea un simple añadido externo, sino un elemento que reorganiza toda la estructura verbal. Salvando las distancias, es lo que también ocurre en inglés en frases como 'the girl doesn't read' ('la chica no lee'), en la que la información de la negación y la de la tercera persona del singular se concentran en el auxiliar y no en el verbo principal.
Y todavía hay más sistemas. La negación también puede expresarse mediante afijos verbales. En checo, por ejemplo, se añade el prefijo 'ne-' al verbo conjugado: 'sem doma' ('estamos en casa') se convierte 'niemos doma' ('no estamos en casa'). En ese caso, la negación interactúa directamente con el resto de marcas morfológicas del verbo.
A pesar de la aparente simplicidad, el sistema negativo del catalán presenta un rasgo especialmente relevante: la doble negación, también conocida como concordancia negativa. Expresiones como 'no he visto a nadie', 'no hay nada' o 'no vendrá nunca' no contienen dos negaciones independientes. El 'no' es la marca principal de negación, mientras que 'nadie', 'nada' y 'nunca' son elementos que dependen de esta negación.
Desde el punto de vista gramatical, estas palabras no funcionan como negaciones autónomas, sino como lo que llamamos términos de polaridad negativa. Esto explica por qué, cuando aparecen después del verbo, la presencia de 'no' es obligatoria. Decir 'he visto a nadie' y 'vendrá nunca' no es gramatical en catalán. Sin embargo, cuando estos elementos aparecen antes del verbo, la situación cambia. En frases como 'nadie ha venido' y 'nada funciona', el término de polaridad negativa puede asumir la función de núcleo negativo y la partícula 'no' es opcional o reforzadora según la variedad.
Este funcionamiento no es universal. En inglés estándar, cada elemento negativo aporta una negación independiente. Por eso, la forma 'Y didn't see anybody' ('no vi a nadie') es gramatical, mientras que 'Y didn't see nobody' se considera no estándar, aunque existen variedades de la lengua que sí admiten este tipo de construcción.
Desde la tipología lingüística, pues, el catalán ejemplifica una estrategia de negación analítica (con una partícula independiente), no integrada en el verbo y estructuralmente estable –aunque tiene concordancia negativa. La información negativa se concentra en una partícula invariable que puede aparecer sola o en combinación con otros elementos de polaridad negativa. Otras lenguas, en cambio, reparten la negación entre verbos auxiliares, afijos o partículas con funciones diferenciadas.
Como siempre, no hay maneras de negar más simples ni más complejas que las demás. Cada lengua opta por una solución concreta en el abanico de posibilidades disponibles. La negación es un ejemplo más: una operación gramatical elemental que puede adoptar una gama de soluciones distintas, siempre sistemáticas y plenamente funcionales.