Segundo concierto en Bellver. Poco habitual. Especial. Afectuoso. Por diversos motivos. El primero lo encontramos en el solista, Josep Colom, el encargado de interpretar el Concierto para piano núm. 27 K. 595, de Wolfgang Amadeus Mozart. Un músico extraordinario en muchos sentidos, que no es leyenda, sino historia de la música en letras de molde. Pianista excelso y peculiar, tanto, que cada una de sus interpretaciones tiene sello propio sin traicionar el original. El jueves por la noche no fue una excepción, con una cadencia marca de la casa. Incansable. Nunca pararía de tocar. Pero, además, ha sido un docente del que todos los alumnos hablan maravillas y tanto con afecto como con admiración. Pablo Mielgo, desde el atril, explicó que a los 11 años había tocado delante de él y que, por lo tanto, era un honor poder acompañarlo. Su interpretación de este Mozart tardío, a pesar de que tan solo tenía 35 años y le quedaba menos de uno para fallecer, fue minuciosa, pero cuando surgió el mejor Colom fue con el bis, el Rondó en re mayor k. 485, también de Mozart. Fue como si la primera intervención fuera un preparativo. Sin duda que hubiera aumentado el nivel si hubiera continuado tocando. Queda claro que ver y oír a Josep Colom siempre es un lujo y, por descontado, un placer.Otro de los motivos que proclaman los adjetivos lo encontramos en la formación. Algunos miembros de la Sinfónica acompañados de otros de la Pequeña Sinfónica, formada por alumnos de entre 10 y 16 años, a los cuales, además del premio que supone compartir escenario con los ya profesionales, Mielgo inoculó la primera dosis del veneno de los aplausos. Todos demostraron que estaban allí arriba por méritos propios, con algún solo que, con los ojos cerrados, no hubiéramos adivinado quién era el responsable. Un acierto de Mielgo y un aliciente para ellos, que en la segunda parte habían aumentado el número de participantes. Una segunda parte que se inició con una selección de temas de La boutique Fantasque, de Ottorino Respighi, una suite orquestal del ballet inspirado en la música de Rossini. Divertida, alegre, idónea. A continuación, un clásico, El Moldava. Descriptivo, sugestivo, dulce. Todo en orden, incluso un poco sorprendente, el nivel del concierto. Para acabar la fiesta, ritmo, de calidad, el Danzón núm. 2, de Arturo Márquez. No hace falta decir que el castillo volvía a estar lleno hasta la bandera.