Observatorio

Los caminos de la tragedia

La pieza, como un recorrido por la existencia de Tchaikovsky, permite y obliga a toda una serie de maneras de entender la música: de la reflexión a la melancolía, de la pasión a la alegría

Los rusos, para la ocasión y, en este caso, hasta tres, vienen de Málaga, de la mano de José María Moreno, en un ejercicio de intercambio con dos orquestas de similar estructura. Es decir, el pasado jueves, la Orquesta Filarmónica de Málaga, de la que Moreno es el director titular, se convirtió en protagonista del sexto concierto de la temporada en el Auditorium del paseo Marítimo; el próximo mes de abril, Pablo Mielgo y la Sinfónica les devolverán el cumplimiento interpretando la Quinta Sinfonía y la Apertura núm. 3 de Leonora de Beethoven. En cuanto al concierto que nos ocupa, y con el que se llenó toda la platea y buena parte del anfiteatro del Auditorium, se inició con el pianista Alekséi Volodin interpretando el Concierto núm. 3 para piano y orquesta, en re menor op. 30, de Sergei Rahmáninov, seguramente, una de las más emblemáticas piezas de su producción, convertida en icono de los más atrevidos virtuosos que se exponen a su interpretación. Una pieza que viajó virgen en el barco que llevaba el autor a Estados Unidos, país donde finalmente se refugió años después, huyendo de la revolución. Inmenso como pianista, fue él mismo, en Nueva York, el encargado del estreno, aunque lo hizo con una cadencia más sencilla y corta que la interpretada por Volodin. Al final del primer movimiento, interpretó la titánica versión, señalada en la partitura como"ósea", que precisa todauna colección de atributos de la que tan sólo disponen los privilegiados. El momento primordial de un movimiento, Allegro mi no tanto, donde se presenta todo lo que acontecerá a continuación. Una cima para el pianista y una demostración de delicadezas por parte de diferentes instrumentos ーtrompa, clarinete, flauta o el oboe, ejerciendo entonces como solistas. Rahmáninov, acusado a menudo de antediluviano por parte de los seguidores de sus coetáneos ―Bartók, Stravinsky y compañía―, fue por movimientos como el segundo, en el que lucen todos los colores de tiempos pasados. La némesis del tercer movimiento, lleno de una variada serie de utensilios musicales de extrema dificultad, en sobria conjunción con la orquesta, para redondear y dar solidez a un conjunto en el que nada carece y rubricado con un final pianístico clamoroso, hizo estallar al público asistente.

Rachmáninov era discípulo de Anton Arensky, que a la vez era de Rimsky Korsakov y de Sergei Taneyev, alumno de Piotr Ilich Chaikovski, el siguiente protagonista de otra pieza tan emblemática como reconocida, y para muchos, aunque sea discutible, la mejor creación del compositor: Sinfonía núm. 6 "Patética", en sí menor, op. 74. Pieza testamentaria por antonomasia que excepcionalmente se inicia con un solo de fagot que, de alguna manera, remarca su discurso, como un recorrido por la existencia de Tchaikovsky que permite y obliga a toda una serie de maneras de entender la música: de la reflexión a la melancolía, de la pasión a la alegría, con un final que sólo bajo la enérgica dirección de Moreno y su orquesta se convirtió en otro de esos conciertos que no dejan indiferente a nadie. Muchos y merecidos aplausos para dar y vender.