Brno habla catalán (¿y nosotros todavía discutimos su utilidad?)

El grado de Lengua y Literatura Catalanas de la Universidad Masaryk cumple diez años y demuestra que, lejos de ser “inútil”, el catalán es una apuesta académica sólida en plena Europa central

07/03/2026

Palma¿Cuántas veces ha oído, pensado o incluso dicho lo de "sí, el catalán está muy bien, pero para qué sirve realmente"? ¿Cuántas veces la conversación ha terminado en un recuento de hablantes, en una comparativa con el inglés o en una lista de supuestas salidas profesionales?

La pregunta parece inocente, pero no lo es. Lleva implícita una forma muy concreta de entender el mundo: sólo es valioso lo que tiene una rentabilidad inmediata, cuantificable, exportable y tangible. Todo lo que no encaja en esa lógica queda bajo sospecha.

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Mientras tanto, a más de dos mil seiscientos kilómetros de Palma, en la Universidad Masaryk de Brno, existe un grado completo de Lengua y Literatura Catalanas que este curso 2025-2026 celebra diez años de existencia. Diez años. Lo ha hecho con un acto académico conmemorativo celebrado el miércoles 4 de marzo, con profesorado consolidado y con promociones de estudiantes que ya se han incorporado en el mundo profesional.

No es una anécdota simpática ni una extravagancia exótica. Es un grado universitario europeo de 180 créditos, con trabajo final y asignaturas equiparables a las de cualquier otro grado de lengua y literatura catalanas: historia y cultura de los territorios del dominio lingüístico, fonética, fonología, morfología, sintaxis, semántica y pragmática, variación lingüística, literatura medieval, moderna y contemporánea, traducción, sociolingüística.

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Sin presión social

El primer año ya arrancó con más de cuarenta estudiantes. No es una multitud, quizás, si lo comparamos con carreras masificadas, pero hablamos de cuarenta jóvenes checos y eslovacos que eligieron el catalán como especialización principal, sin que necesariamente lo hubieran oído en la calle, sin necesidad administrativa alguna de demostrar conocimientos y, sobre todo, sin ninguna presión social que les empujara a hacerlo. Lo eligieron porque les interesaba, porque querían entender una realidad cultural diferente y porque estudiar una lengua como la nuestra también puede ser una forma de cuestionar las jerarquías invisibles de Europa.

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El caso de Brno no es una seta aislada. Según los datos del Institut Ramon Llull, el catalán se puede estudiar actualmente en cerca de 150 universidades de más de 30 países de Europa, América, Asia y Oceanía. De Oxford y Cambridge a Harvard y Chicago, de la Sorbona a Tokio y Osaka, hay estudiantes que cada año se inscriben en cursos de lengua y cultura catalanas y que pueden llegar a certificar incluso su nivel C2.

En la República Checa, de hecho, los estudios de catalán no nacieron con el grado de la Masaryk. Desde los años noventa se ofrecían cursos dentro de los estudios de romanística en Praga, Brno y Olomouc. La Universidad Carolina de Praga ya había incorporado el catalán en 1993, y la Universidad Palacký de Olomouc también lo ofrecía. Ahora bien, en 2015 la Universidad Masaryk dio un paso cualitativo: convertir ese interés sostenido en un grado propio.

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Esto significa estructura, estabilidad, reconocimiento institucional. Quiere decir asumir que el catalán no es sólo una asignatura optativa más o menos simpática, sino una lengua que despierta el interés suficiente para sostener un itinerario completo. Y significa formar profesionales capaces de traducir del catalán al checo, enseñarlo, investigarlo o gestionar cultura vinculada a los territorios de habla catalana.

Reflexionamos, pues, sobre qué pedimos exactamente cuándo formulamos la típica pregunta de "¿para qué sirve una lengua?". La idea de que sólo las lenguas hegemónicas son útiles es una construcción ideológica. Reducir la utilidad a la dimensión económica es empobrecer el concepto hasta dejarlo casi vacío. Una lengua sirve para pensar, matizar, establecer vínculos, comprender otras realidades y leer una tradición literaria en versión original. Sirve para interpretar el mundo desde ángulos que quizás no son los dominantes. Cualquier lengua, independientemente del número de hablantes, puede ser un laboratorio cultural, un repositorio de memoria o un espacio de innovación literaria, de pensamiento crítico y de resistencia simbólica.

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El filósofo italiano Nuccio Ordine defendía que lo que no tiene una rentabilidad inmediata puede ser, precisamente, lo que nos hace más libres. En este sentido, las humanidades, la literatura y las lenguas minorizadas quizás no se pueden cuantificar en un Excel, pero son necesarias (y mucho) para conseguir una vida plena y una sociedad plural.

Ampliar horizontes

Los estudiantes de Brno no aprenden catalán para que se lo pida ninguna oposición ni para que sea requisito para ninguna plaza pública en su país, sino porque quieren ampliar horizontes. Y, al fin y al cabo, la utilidad que algunos no perciben en realidad sí está ahí. Debemos pensar que un graduado en catalán en Brno puede acabar traduciendo una novela catalana al checo, promoviendo un autor contemporáneo, trabajando en proyectos culturales vinculados a los Países Catalanes o desarrollando labores de mediación lingüística y cultural. Es una utilidad real, concreta y, sí, también económica. Quizá no sea masiva, pero sí tangible.

Llegar a los diez años no es poco. Significa haber superado las dudas iniciales, consolidar profesorado, establecer convenios Erasmus con universidades catalanas y demostrar que el proyecto era sostenible. Y, sobre todo, significa haber creado una pequeña comunidad catalanófila en Moravia: estudiantes que celebran Sant Jordi, que cantan canciones en catalán en un bar de Brno, que hacen cagar el tió lejos del Mediterráneo y que contribuyen a difundir la literatura catalana en el centro de Europa.

Si sólo hiciéramos caso a los criterios estrictamente utilitaristas, este grado quizá no hubiera existido nunca. Pero lo hace y además funciona y perdura. Todo ello debe darnos cuenta de que, como diría Ordine, lo que parece inútil puede ser, en realidad, esencial. Y si en Brno hace diez años que lo saben, quizá sea hora de que aquí también lo tengamos claro.