Carles Rebassa: “Desde que tengo 13 años, recibe ataques por no cambiar al castellano”
Poeta, ganador del premio Sant Jordi por la novela 'Prometeu de les mil maneras'
PalmaAlgunos lo recuerdan como el monitor que durante las colonias de la Asociación de Jóvenes Escritores en Lengua Catalana (AJELC) del año 1996, que se hizo en la Colonia de Sant Pere, corría por el pasillo gritando "tengo la misión de salvar la lengua catalana". Treinta años después, el mallorquín Carles Rebassa (Palma, 1977) dijo más o menos lo mismo en un contexto muy distinto. Fue al recoger el premio Sant Jordi por la novela Prometeo de las mil maneras, que saldrá a la venta el próximo 24 de marzo. "Debemos tener una legislación que haga que el catalán sea imprescindible para vivir en los Països Catalans", dijo.
¿Os han dado más la enhorabuena por el premio o por el discurso?
— Más o menos igual, por ambas cosas. Llevaba el discurso bien preparado, porque cuando tienes un micrófono debes aprovechar para decir determinadas cosas. Creo que es más interesante que decir si estoy feliz o no. Es por sentido de responsabilidad, más en un momento como el actual, en el que parece que todo va bien y no va.
¿Lo parece? Este lunes PP y VOX han pactado eliminar el requisito del catalán para las plazas de docentes de difícil cobertura.
— Margalida Prohens dice siempre que ésta no es una legislatura de conflicto. Y cuando veo la poca respuesta que hay ante los ataques tan fuertes que recibimos, me da la impresión de que vivimos en un tiempo de conformismo. Como si te mataran poco a poco y tú no te defendieras. Lo mismo ocurre en Barcelona y en el Principado, con gobiernos que hablan de pacificación después de la revuelta, mientras te llegan noticias que dicen que el uso del catalán baja cada día. La falta de políticas para defendernos es ir contra nuestros derechos. Son derechos recogidos en el Estatuto y en la Constitución, los cuales no son ideológicos.
Hubo un momento en que se dieron pasos importantes en este sentido, pero parece que hayan quedado en nada.
— En los últimos años nada se ha hecho. Y no hablo sólo del PP y Vox, el gobierno de Armengol se caracterizó por no hacer nada por evitar el desastre que tenemos actualmente. Existe una obsesión por relacionar lengua y determinadas ideologías políticas que es perversa. Se asocia el catalán a independentistas, separatistas, racistas… En Barcelona, se relaciona con gente con dinero, como si la clase trabajadora no hablara catalán, o con algo antiguo.
Su discurso del sábado ha sido muy aplaudido. No sé siquiera por extraordinario o por necesario.
— Está muy bien celebrar que se hacen libros y dar premios, pero debe ponerse como tema central que la principal causa de discriminación en Barcelona es hablar catalán. Gente que no te entiende, gente que recibe insultos… Casos delirantes que son racismo: racismo social, xenofobia y, en definitiva, franquismo. La literatura catalana es una literatura minorizada, que carece de las facilidades de otras literaturas que disponen de un estado detrás y unas políticas lingüísticas a favor. Es muy necesario que todos los sectores implicados en la lengua, y hablo de escritores, pero también de docentes y periodistas, hagan un llamamiento a exigir medidas para revertir esta situación.
Hace treinta años ya predicaba que su misión era salvar la lengua catalana a unas colonias del AJELC en la Colonia de Sant Pere, no sé si lo recordáis.
— La verdad es que no recuerdo demasiado, de esas colonias, porque debía de hacer esos gritos en situación de alegría etílica [Río]. Pero yo siempre he tenido ese pensamiento. Me determiné lingüísticamente a 13 años y desde el minuto cero recibí ataques por no cambiar al castellano.
¿Qué ocurrió cuando tenía 13 años?
— Que vi que en mi clase había o chicos que sólo hablaban en castellano o chicos que cambiaban de lengua, y decidí que yo no iba a cambiar más. Fue una forma de encontrarme a mí mismo, de darme identidad como individuo. Siempre me ha gustado leer y sentí esta afiliación hacia la catalanidad como parte de mí, como una forma de estar en el mundo. Decidí dejar de charlar en castellano, que era como me habían enseñado que debía hacerse.
¿Y entonces recibiste ataques?
— Sí, recuerdo ir a una floristería a comprar un ramo por mi madrina y recibir una repulsa de una mujer. La florista, que era quien me había hablado inicialmente en castellano, llegó a defenderme. Porque aquella mujer no podía consentir que hubiese un chicharrel que hiciera esto. Fue una manera de determinarme, lo que creo que deberíamos hacer todos los catalanohablantes. Determinarnos, decir "hasta aquí hemos llegado".
Hace más de cuarenta años, pues, de esta determinación vuestra, y siga con la misma convicción, aunque haya habido tantos retrocesos.
— Es que yo creo en estas cosas. No quiero encogerme ante este pesimismo general, porque yo creo que las cosas se pueden revertir. Todo puede revertirse, pero para ello, como para crear, hace falta voluntad. Si hay voluntad, todo puede hacerse, y la política es eso: la realización de la voluntad. Gente como Margalida Prohens y sus amigos fachas tienen la voluntad de destruirnos, convertir Mallorca en un parque temático turístico y dejarnos a nosotros como algo anecdótico. Tienen la voluntad de hacerlo y, si los dejamos, lo harán.
Este cambio que ha vivido y vive Mallorca, y en concreto Palma, está presente en Prometeo de las mil maneras. La novela conecta con su experiencia como camarero del desaparecido café Mundo de Ciudad.
— Fue precisamente cuando trabajaba allí que empecé a pensar en escribir este libro, en el 2000.
Cuando cerró el Mundo todavía nos sorprendía el cierre de sitios defnitorios de la ciudad.
— Las franquicias todavía no habían llegado. No creo que el café Món fuera de los que tenían más solera de Palma, pero era un buen sitio. En ese momento, si cerraba un sitio, quería decir que se acababa algo. La dinámica actual es que comienza otra que generalmente es mentira. No son lugares con personalidad, son escenarios que se repiten y provocan una uniformización de la vida, además de la precarización de los trabajadores, que trabajan con malas condiciones y con malas expectativas.
¿Cuál fue la semilla del libro, esas primeras ideas de hace 26 años?
— Quería juntar algunas cosas. En primer lugar, Prometeo como mito. Este hijo de Zeus que le engañaba por acercarse a los hombres y que le robó el fuego para dárselo y que, a causa de ello, fue castigado duramente. Lo quería juntar con la vida de un chico de Palma que hace este trabajo pero que, como suele decirse, 'tiene daño por la cabeza y no son crosteras'. También quería añadir elAuca de Bartomeu Rosselló Pòrcel, un poema que es una descripción a veces irónica, a veces entusiasmada y de veadas crítica de Palma. Tenía ganas de charlar de esta ciudad, la mía, con la que tengo una relación de atracción y rechazo. La veo tan cambiada, tan vendida, tan ocupada y tan castellanizada que, en ocasiones, es como si ya no fuera Palma.
¿Hay algún rincón que todavía lo sea?
— Mira, hay uno que sale bastante en el libro, la plaza de Can Tagamanent. Parece que no ha pasado el tiempo, con ese pedrisco y con la tranquilidad de la calle de Sant Bartomeu. En cambio, donde vivía yo de pequeño, cerca de plaza París, es un sitio completamente distinto. Aprendí a montar en bicicleta por allí, en los solares que estaba detrás del Matadero. Mi padre me enseñó por allí, y entonces ir hasta la antigua cárcel era como ir a la otra punta del mundo. No queda nada de todo esto.