10 años de Mobofest, el último baile a la amistad
El festival cierra el círculo: retorna donde nació, a Consolació, y Antònia Font acaba imprimiendo la esencia para siempre
PalmaCelebrar la amistad es lo que ha hecho estos 10 años el Mobofest, desde 2017, cuando estalló de vida en una primera edición en el puig de Consolació, en Sant Joan. Vuelve este año, del 23 al 25 de julio, para dar el último baile y cerrar un ciclo de vida con un número bien redondo: una década.
“Independientemente del lugar donde se haga y de los grupos que toquen, los de la Mobo han conseguido establecer un espacio no geográfico ni físico, sino emocional, que rebosa entusiasmo y pasión por lo que hacen, y se contagia. Sea cual sea el lugar, iría de cabeza y con los ojos cerrados, siempre”, dice Julià Picornell de los Ánimos Parrec, santjoanenses a los cuales precisamente la Mobo en 2023 les dio el cobijo para debutar. “Sin la Mobo no existiríamos, y no es ninguna exageración”, afirma. “Sin el empuje de Joan Roig, a quien tengo en gran consideración y que hacía tiempo que nos decía de publicar unas cuantas canciones propias, nunca me habría puesto a escribir un disco. Le deberemos siempre habernos empujado y la confianza ciega. Fueron cien caballos de fuerza en autoestima; la inercia todavía ahora nos dura como para haber hecho tres discos en tres años, y espera”, añade Picornell.
A lo largo de esta década, el Mobofest ha tejido un idilio tanto con los artistas como con el público. Una complicidad que los organizadores consideran uno de los principales legados del festival. “Sentimos gratitud por haber creado una simbiosis extraordinaria”, destaca Toni Jaume, de la organización: “Hemos reunido un público que se identifica con el festival. Mucha gente nos dice que casi no viene por los nombres del cartel, sino por formar parte de un ambiente que los acoge, los respeta y los hace sentir valorados”.
Respecto de los lugares, las cuatro primeras ediciones fueron en Consolació, la última de las cuales, en 2020, se tuvo que reconvertir por la pandemia en el ciclo de conciertos Els Vespres del Mobofest; al año siguiente, en Lloret, debía ser la edición del resurgimiento, pero acabó realmente embarrada. Y desde 2023, las tres últimas ediciones ha sido en Porreres, hasta este año, que vuelve a donde nació.
A pesar de ello, todos recuerdan la pasada edición por el agua, por la energía y la complicidad que movió. “En 2021, con la banda Cariño, rompió la tormenta: agua a borbotones, carreras, coches embarrados; ayudábamos a empujar para que la gente pudiera partir”, recuerda Arnau Moratinos, uno de los organizadores fundacionales que ya no forma parte, a pesar de que el festival todavía sea “muy importante” en su vida. “Recuerdo embarrancar la furgoneta en un lodazal y ellos ayudarnos”, dice Joan Pons, de El Petit de Cal Eril que este año regresa a la Mobo para despedirla “como se merece”.
“Se creó una energía de supervivencia”, añade Mariona Jaume, presidenta de la Mobo. “Estallidos de todo”, continúa Moratinos, “era un momento crítico, porque el equipamiento se había mojado, todo peligraba, pero tenemos fotos del cuartel central del festival –que era la escuela de Lloret– donde hacemos risas y bromas. Esto es la magia de la Mobo: el poder de la amistad. Nada explica mejor el éxito del festival. “A pesar de ser un proyecto tan exigente en dedicación y mano de obra, al fin y al cabo, somos amigos. Esta ha sido la clave: tener ganas de estar juntos”, concluye.
Para Joan Pons, la participación en el festival marcó un antes y un después. “Significó establecer conexiones con mucha gente de Mallorca que se acabaron de consolidar y que nos han acompañado durante muchos años. Hay amigos que conocimos aquel día y otros, como los Da Souza, con quienes ya teníamos relación, pero con quienes la amistad aún se hizo más fuerte”, recuerda el guisonense. También destaca “el aprecio, la delicadeza y el trato exquisito” que recibieron: “Nos dejaron estar una semana en casa de los abuelos de los de la organización, en Sant Joan. Festivales así hay muy pocos: aman la música y lo que hacen, y esto no pasa siempre”. Entre los recuerdos más vivos, también hay una excursión: “a una cala perdida que nos enseñó Miquel Serra”.
“Siempre era un gusto tocar allí, siempre lo he sentido muy cercano, porque los conozco; no ha crecido y se ha sabido mantener, y el público es muy agradecido, es como si tocaras en tu barrio”, dice precisamente Miquel Serra, el músico manacorí, uno de los que más ha tocado en la Mobo. “Es una pena que se acabe, pero 10 años es meritorio y es militancia cuando no es tu medio de vida”, remarca.
Joan Miquel Oliver, que ha actuado en solitario en tres ediciones, recuerda con especial estima su estreno en el Mobofest, en 2019. “Me sorprendió mucho que aquella gente tan joven hubiera sido capaz de montar un festival tan bien montado. Era un festival pequeño, pero tenía un cabeza de cartel internacional; los organizadores y los regidores de escenario parecían chicos de instituto; la entrada era gratuita y, aun así, no había masificación. Era un festival ideal en todos los sentidos, y el cartel estaba elegido con conocimiento: sabían de qué iba la música. No hubo ningún error técnico, fue una pasada”, rememora el músico de Antònia Font. Y añade una reflexión que aún refuerza más el elogio: “Hemos andado por todas partes y hemos actuado en festivales que han sido una cagada. Sabemos lo difícil que es montar un festival”.
El festival del Pla
Por derecho propio, la Mobo ha sido el festival del Pla de Mallorca, vinculado y arraigado al territorio y a su gente; un proyecto sostenible en unos años en los que, de hecho, ha acabado de reventar la burbuja de la sobresaturación de los macrofestivales depredadores económicamente. “El piloto fundacional que ha sido clave y capital para la evolución coherente y digna de la Mobo es que haya sido sin ánimo de lucro. El Pla es un lugar pequeño con recursos limitados y encontrar el equilibrio le ha dado un alma particular”, opina Arnau Moratinos. “En la primera edición nosotros mismos hacíamos de camareros”, rebobina.
Y si la amistad siempre ha sido el alma de la Mobo, este espíritu es fiel a lo que la hizo nacer: una fiesta particular un agosto en casa de los padres de Arnau y Vicenç Moratinos Bordoy que habían partido de viaje. Mobo es la combinación de las dos primeras letras de sus apellidos. “Está un punto mitificado”, apunta Arnau, “el nombre es el único préstamo que ha tenido correlación”. “Un día volvíamos en tren [con Pere Font, el tercer organizador de aquella fiesta y quien impulsó el nombre] y decidimos convertir la fiesta en un festival”. Lo querían volver a hacer, como la fiesta, en casa de los hermanos, pero “esta Mobo 0.5, podríamos decir, no existió nunca, a pesar de que fue la inspiración para hacer ya el festival en Consolació”, recuerda Moratinos.
Llevar el nombre “es un poco contradictorio”, confiesa. “Al principio era un poco extraño, era una idea graciosa y con un punto de orgullo, pero la línea que lo separa de la percepción de la egolatría es fina y cuando las cosas van mal te sientes más responsable, a pesar de que seas un organizador cualquiera”, reflexiona Moratinos. “Con los años se ha convertido tanto en una segunda piel, que ya nadie piensa en la etimología, que se acaba fundiendo dentro de la misma palabra”, concluye.
Punto y principio de vivir sin ti
La Mobo, como Antònia Font, ha sido –y es– vida. Por eso, la presencia del grupo que con la voz de Pau Debon llega al alma mallorquina es también uno de los grandes símbolos de esta décima y última edición. Su concierto (el 25 de julio) cierra un círculo que había quedado pendiente durante la trayectoria del festival. “Era como un error técnico que Antònia Font no hubiéramos tocado, porque los diez años de la Mobo coincidieron con los diez años en que Antònia Font no existió”, resume Joan Miquel Oliver. “Cuando nos lo propusieron, aunque ahora el grupo no está activo, todos dijimos que sí, porque también hemos sido público de la Mobo”, explica. “Es muy bonito que Antònia Font toquemos el último año de la Mobo. Era casi obligatorio que estuviéramos”, dice.
“Antònia Font representa lo que nosotros hemos hecho durante estos diez años, son nuestros. Nos hemos mirado mucho en ellos. Y para hacerlo redondo, volviendo a Consolación donde nació todo, teníamos que cerrarlo con uno de los grupos que más se identifica con nuestros valores, el grupo más importante de nuestra historia. Han entendido, como nosotros, que tenían que estar antes de que acabara”, añade Toni Jaume, organizador: “Es el final perfecto de la Mobo”.
Poner punto final a la Mobo con el mismo entusiasmo de estos diez años. Es saber acabar en el momento oportuno y no dejar que se vaya muriendo. “Nuestras vidas han cambiado, tenemos otros proyectos, tenemos trabajos, tenemos otras prioridades y nos apetece acabar con la sensación de ahora, que el festival está sano y nuestra relación de amistad, también. Esperar que vaya mal, que haya un problema de dinero o que nos enfademos sería un error. Creemos que es una decisión acertada para la salud del festival y de la amistad”, afirma la presidenta de la Mobo, Mariona Jaume. “Es bueno que no acabe desganado y flojo, sino todo lo contrario, a la cúspide”, añade Toni Jaume.“Los primeros organizadores tenían 18 añitos cuando empezaron y ahora ya tenemos casi 30; ha pasado el tiempo”, dice Mariona Jaume. “Un tercio de nuestra vida hemos estado involucrados en este proyecto. Diez años en los que nos hemos hecho personas alrededor de un proyecto totalmente transversal que nos ha formado y enseñado muchísimo como personas y también profesionalmente. Hemos volcado nuestra vida en él”, comenta Toni Jaume.La idea de que la celebración de la década de la Mobo fuera a la vez el final “fue entrando progresivamente”, reconoce la primera. Viene de cuando la organización preparaba la edición del año pasado. “Eran comentarios y bromeábamos, aunque poco a poco fuimos haciendo más, hasta que tuvimos medio asumido que existía la posibilidad de acabar en 2026 coincidiendo con los diez años. En septiembre, pasada la anterior edición, hicimos la reunión de valoración y diría que solo se habló de si debía ser la última o no. Fue una reunión muy larga y un momento duro. Había gente con energía para continuar, pero todo el mundo estuvo de acuerdo en dejarlo si no estábamos todos y todas”, explica la presidenta de la asociación. “Parecía perenne en nuestras vidas y tomar la decisión fue también liberador. Por el bien del grupo era necesario acabar, porque como amigos teníamos que liberarnos de esta presión anual”, añade Toni Jaume.Insisten en que el hecho de ser un festival sin ánimo de lucro ha sido el alma que encapsula todo el universo que ha sabido crear la Mobo. “Ser un festival de chicos y chicas, que no nos dedicamos a ello profesionalmente, es lo que nos hace especiales. Somos 14 personas que durante todo el año cuidamos la Mobo. Lo hacemos por la gente y por mantener la cultura musical viva y dar espacio a grupos locales que puedan compartir cartel con artistas internacionales. Se ha creado un público fiel”, reflexiona Mariona Jaume.“El último día será un día con muchas emociones a flor de piel, será muy complicado ser consciente de que se ha acabado y de lo que hemos hecho. Se han creado muchas cosas a partir de la Mobo. No nos llevamos nada a cambio más allá de las experiencias vividas. Estamos felices por lo que hemos conseguido y al mismo tiempo tristes porque se acabará algo que nos identifica como personas. Un remolino en la tripa que tiene una dirección, que es el final. Y tenemos ganas de que pase, pero también tenemos pena”, concluye Toni Jaume.