Volvemos a los parques y a la existencia de bajo consumo
Pequeños ecosistemas sociales viven en los parques. Aquí, las personas se refugian de la hostilidad, en secreto, de manera casi imperceptible para las personas que –como yo– estamos de paso. Guardan silencio, como si no quisieran ser descubiertas en su paz inmensa, pasiva, gratuita
PalmaEstamos en el parque. En el parque de las Estaciones de Palma, donde pequeños ecosistemas sociales conviven entre ellos. Ahora, desde donde espero la hora de salida de mi autobús, puedo observar uno. Es el ecosistema de la gente que se sienta alrededor de las múltiples y enormes jardineras encargadas de generar sombra. Dentro de cada una se levantan cuatro árboles, conectados por tierra y aire: sus copas se acarician y se unen en un único techo que nos refugia a todos, y las ramas se hacen cosquillas de luces y sombras, dejando entrar el aire. Es una tarde de finales de verano y desde que me he sentado al abrigo de este porche he dejado de resoplar, de sudar y de maldecir. La ciudad parece, por un momento, habitable.
Las personas que tengo a mi alrededor se refugian de la hostilidad, en secreto, de manera casi imperceptible para las que –como yo– estamos de paso. Guardan silencio, como si no quisieran ser descubiertas en su paz inmensa, pasiva, de bajo consumo, gratuita. Una pareja se sienta, cogida de las manos. Quietos, miran a su alrededor, sin hablar en todo el tiempo que los tengo delante. Pienso que podrían estar haciendo un ejercicio de meditación, obligados a no hacer nada durante un rato. Pero no veo ninguna señal de esfuerzo en su rostro. También hay una familia que se sienta en círculo en múltiples sillas: un hombre, en una plegable, y una mujer, en una de ruedas. Han traído una bebida en un termo que se sirven en un par de vasos compartidos. Otra chica lee un libro tumbada en el césped sobre un pareo. En su bolso, preparado con agua y algo para comer, puedo ver que pasar una tarde sola en el parque puede ser un plan premeditado. Muy cerca de ella, detrás de un árbol, una mujer duerme la siesta. Todo el mundo parece estar ahorrando energía.
Un poco más allá, un hombre de mediana edad toca los bongos al ritmo de una melodía caribeña, fina y suave. Su música y la sombra tejida por las hojas son ahora el medio natural en el cual flotamos todos, sujetos y suspendidos a la vez, como dentro de una gelatina. El hombre está haciendo sonar una canción que me recuerda a la película Chico y Rita, así que pienso que tal vez sea cubano. Desde mi barca, lo miro entre los matorrales. Me place contemplarlo, tranquilo, siguiendo los golpes que salen de los altavoces. Sin pretensiones, sin prisa. Para nadie y para todos a la vez. Ríe, con las piernas abiertas, sujetando los bongos entre ellas. El pecho ancho, abierto; la barbilla arriba, generosa. Lo miro contenta, y su mirada encuentra la mía, fugaz. Creo que me ha reído, y yo agacho la cabeza. Me da vergüenza demostrarle a un desconocido que me ha hecho feliz (pero no tanta cuando me molestan). Qué tontería. Vuelvo a levantar la cabeza y lo encuentro allí mismo, con los ojos medio cerrados y las mejillas contentas. Me ve y, ahora sí, me saluda. Yo no sé qué hacer. Estoy tan poco acostumbrada a las interacciones espontáneas, sin códigos, que necesito un manual para saber qué formalismo introducir en este caso. Con las prisas, todo lo que consigo hacer es reír y alzar las cejas, en señal de saludo.
Un lugar donde existir a escondidas
Me doy cuenta de que cuando he llegado solo veía gente que –como yo– esperaba, como si no pudieran estar haciendo otra cosa aquí, en el parque. Ahora que he deshecho el hechizo lo veo todo más claro: veo gente que se sienta, gente que descansa, gente que comparte, gente que ha encontrado un lugar donde estar y no hacer nada. Quizás yo no lo habría encontrado nunca si no hubiera llegado excepcionalmente antes de hora. Quizás yo tampoco sabría no hacer nada si no fuera por la cantidad de tiempo que dedico al transporte público: el de llegar, el de esperarlo, el de estar atrapada. Este no-tiempo en el que la vida es un trámite por unos minutos. Un tiempo en el que no pasa nada, que no hace avanzar la trama. Que se resume en ir del punto A al punto B. Es el momento de las vidas ajenas; en el que todo tiene el permiso de ponerse en pausa. En el que mi vida se hace el vacío para volverme porosa a todo aquello que me rodea. Y qué bien. Si no fuera por eso, no habría descubierto el buen estar que hace en el parque de las Estaciones a las seis de la tarde. Si no fuera por eso, no habría recordado que podemos habitar los parques: refugiarnos en ellos, estar en ellos, no hacer nada. Si no fuera por eso, no os podría haber confiado este secreto.