Todos quieren oír el afilador, pero nadie afila nada

Una reflexión sobre cómo la cultura del consumo, la desaparición de los oficios y la transformación de los bares están cambiando la manera como vivimos y nos relacionamos con lo que nos rodea

10/05/2026

PalmaMe gusta oír el afilador. Siento placer viendo a las placenteras y a los placeres vendiendo alcachofas negras o col borraja. Cuando detecto un letrero con tipografía de los años ochenta que dice ‘Bar Centro’ o ‘Bar Sport’, me detengo a observar el trajín que se cuece. Pero mis cuchillos son todos de Ikea. Hago la compra entera en el supermercado (frescos incluidos). Y me cuesta mucho beber un café que sea torrefacto y sin leche de avena. Soy una hipócrita.

Si fuera por mí, hace rato que no me alegraría la mañana el sonido del afilador, un jueves cualquiera. Es como un regalo. Hacía tanto tiempo que no lo oía que, al principio, me costó detectar qué era aquel sonido. Lo adivino con la misma sensación que cuando encuentro en un bolsillo aquel objeto que daba por perdido. Todo el mundo quiere oír el afilador, porque es síntoma de que algo todavía no ha muerto. Nos consuela porque es una muestra sincera de entusiasmo y confianza, una puerta al pasado que mantiene vivo lo que éramos un tiempo. Saber que él todavía hace su trabajo nos reconforta porque quiere decir que queda gente con esperanzas en el futuro, que cree en el mantenimiento de las cosas. No como nosotros, que lo compramos todo como si el mundo fuera a acabar mañana.

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Cuando hemos romantizado algo significa que su final está cerca. Es con condescendencia que miramos aquello que hace romántica nuestra experiencia de vivir. Nos delata y demuestra que, incluso, nos sorprende que esté ahí. Evidencia que cuestionamos su existencia. Pero ya nos va bien que forme parte de nuestro attrezzo, mientras no tengamos que hacer nada para mantenerlo. Nos estamos acostumbrando a esto, a que nuestros paisajes urbanos y rurales sean un decorado, una postal donde pasear y hacernos fotos, no para vivir en ellos. Hemos normalizado que todo sea efímero y que quizás mañana colgarán osos de peluche gigantes en toda la fachada de la plaza del pueblo (¿habéis pasado últimamente por ses Salines? ¿Qué es esta fiebre de los osos de peluche?) y que no pasará nada.

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Para profundizar en esta simbología del afilador –sin yo haber afilado nada en mi vida– y saber si funcionaba para explicar esto que intento expresar, pedí a mi amigo Borja Triñanes –que sí, que se puede decir que es un experto en el tema– qué pensaba. Entre otras cosas, me dijo: “Está el tema de la paciencia y el tiempo: no es automático, no es rápido, es un ejercicio de tenacidad”. Y esto es importante, por una parte, “porque un alimento bien cortado es mejor: tiene más propiedades y más sabor” y, por otra parte, porque “reduce la obsolescencia y el consumo, y nos hace más conscientes de lo que adquirimos”. Al fin y al cabo, tiene que ver con “el circuito de circularidad, donde interviene quien lo suministra, quien lo fabrica, quien lo distribuye, quien lo vende, quien lo compra y quien lo mantiene”. ¿Y quién es consciente de este ciclo? Yo solo sé que cuando necesite algo –a cualquier hora, de lunes a domingo– iré a una tienda y lo encontraré.

La manera que he desarrollado de consumir ya no es heredera de nada. Supone un riesgo de ruptura total con el entorno del cual formo parte: de la subsistencia y las tradiciones del territorio que habito. La receta de mi primera sopa de Navidad, por ejemplo, es fruto de los consejos e indicaciones que me dieron las dos mujeres que esperaban a ser atendidas aquel día en la carnicería, cuando decidí hacer una excepción en mis hábitos de compra. Cuando todo se nos ha vuelto tan fácil, olvidamos lo que estamos perdiendo: espacios de transmisión de conocimiento, donde el consumo es un acto más comunitario y consciente. Y, por tanto, más poderoso.

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Lo he intentado durante mucho tiempo, pero tampoco he llegado a tener un bar de confianza, que para mí es el equivalente a tener una excusa para que mis amigos irrumpan a mitad de semana y perturben mi rutina, para recordarme que mis preocupaciones no son tan importantes porque son las mismas que tienen ellos y que tenemos todas. Más que función social, los bares ahora nos ofrecen una muestra de la clase social. Lo explica de una manera exquisita Carles Armengol en su libro Matar un bar (Col&Col, 2025): “El turismo masivo y la gentrificación no solo están transformando nuestro urbanismo, también están cambiando nuestra restauración y, lo que es más peligroso, nuestra cultura de bar”.

Armengol argumenta que las prácticas actuales –como reservar la terraza solo para cenas o dar solo dos horas para hacer uso de la mesa– están poniendo fin a “la espontaneidad, un rasgo muy característico de nuestra cultura gastronómica”. Por ello, considera que “los bares son lugares de paso, pero también espacios que reflejan el tipo de sociedad que construimos” y comer, “una oportunidad para fortalecer nuestras creencias y dar apoyo a los valores que queremos ver florecer”. En definitiva, “un acto político”.