"No es la inmigración, es el islam": el relato de Vox ante el Manacor real
Testimonios, datos y expertos confrontan el discurso y los vídeos de la extrema derecha con una realidad cotidiana que acumula más de tres décadas de buena convivencia con marroquíes en la capital del Levante
PalmaEn el bar de Youssef, cuatro vasos de té humeante reposan sobre la barra. Los clientes los cogen mientras él vuelve a la cocina para terminar de terminar una merienda tardía. En la avenida del Tren de Manacor hay otros muchos negocios como el suyo que conviven con comercios autóctonos. Hace pocos días, el presidente del Parlamento y líder de Vox en Baleares, Gabriel Le Senne, grabó cerca de allí unos vídeos charlando con vecinos de la zona para denunciar la "islamización", la presencia de "barberías y negocios de moros" y de calles que "parecen Marruecos". El discurso no era nuevo, pero sí más preciso: el ataque a la inmigración no es abstracto sino dirigido al islam y, por extensión, a los marroquíes.
Mohamed bebe un trago de té. Tiene 46 años. Llegó a Manacor en 1999. "Empecé cosechando melones y sandías. Todavía había pesetas. Y salí adelante con la ayuda de mi familia y haciendo trabajo duro. A Vox sólo les diré que mi bandera es la del país que me da de comer, el que respete. No me quitarán el pan", afirma, como se me quitarán el pan".
"Yo sí quiero hablar de Vox"
Nasim escucha desde una mesa cercana, se levanta y, con los ojos cargados de determinación, dice: "Yo sí quiero hablar de Vox". Llegó a Manacor a cinco años, cuando "solo había cuatro casas de marroquíes". Estudió en los colegios de la ciudad, creció jugando al fútbol con sus compañeros, mantiene amistades de aquellos años y trabaja en la empresa familiar de construcción, que emplea a vecinos del municipio. "Somos de Manacor. Tengo DNI y voto en las elecciones. Mi hijo ha nacido aquí y me parece muy injusto lo que está haciendo Vox. Antes no se sentía nada de eso. Ahora todo va de religión y de odio".
Habla pronto, sin tapujos: "¿Qué quieren que les cuente? ¿Que si llamas a un propietario y dices tu nombre no te alquilan el piso, pero si dices que eres Tomeu te piden el DNI por WhatsApp? Somos de los que más cotizamos entre los inmigrantes. Nos levantamos a las seis de la mañana para trabajar, pero hagamos lo que hagamos nunca es suficiente. Esto es racismo. Antes no pasaba: ahora te miran mal en un bar o sientes en la cola de la Seguridad Social que 'si alguien viene a pedir una ayuda, ya sabemos a quién la darán'".
Nassim no responde a estos comentarios: "He aprendido que no me importe si me dicen 'moro' con desprecio". tuviéramos problemas, no haríamos 30 años que convivimos sin conflictos. Nosotros no hablamos de política, hablamos de trabajar y de tener una vida digna".
Abdelilah tiene argumentos casi calcados a los de Nassim y una historia similar. Ha vivido 34 de sus 37 años en Manacor. "Somos español, mallorquín, manacorí, autónomo y pag todos mis impuestos. Y callo cuando siente 'esta puta gente viene aquí a pedir ayudas'. ¿Cuáles? Si cotizas, tienes paro. Si cumples los requisitos, te las dan. Si no, no. ¿Dónde debo integrarme? ¿Tú celebras la Semana Santa yo, y celebras la Semana Santa yo; La convivencia aquí es buena y guapa.
Yassim tiene 50 años y lleva 24 viviendo en Manacor. Antes de dar un nombre ficticio, propone con humor que se le cite como 'Señor Moro'. Y ríe. Regenta un bazar. "Conozco a todo el pueblo y, claro, veo a personas que entran, me ven la cara en el mostrador y se van. Quiere decir que hay algo raro, pero sé que no cambiará nada. Vox no cambiará la política española porque nosotros formamos parte de esta sociedad y contribuimos a la economía".
Junto al bazar de Yassim, José atiende la barra de uno de los bares de toda la vida de Manacor, con una bandera de las Islas colgada en la ventana. No ha visto los vídeos de Vox ni le interesan. "Nunca voy a votar. Todo el mundo tiene derecho a salir adelante. No tengo nada que decir sobre la comunidad marroquí, solo que nunca he tenido ningún problema de convivencia".
Pagar impuestos
Catalina, dependienta de una tienda de ropa, comienza igual. "Nunca han dado ningún problema. Siempre se han llevado muy bien. No tengo nada en contra", dice antes de soltar un "pero…" y explicar que su hijo tuvo que esperar plaza en la escuela porque había "reservadas para ellos", que "reciben ayudas", que "van con cocharros mejores que la gente de aquí", "se quedan con los negocios de la gente de aquí" y que "no pagan tantos impuestos ni derechos de acera". "Haría falta más control", sugiere.
Los datos desmontan buena parte de estas percepciones. Manacor tiene 53.528 habitantes. 7,9%. La población procedente de países de Centroamérica representa el 8,7% Los españoles siguen siendo mayoría absoluta El ayuntamiento de Manacor es tasativo: la falta de relieve generacional, no la apertura de negocios por parte de inmigrantes.
Centrarse en un colectivo
Para Guillermo Bezzina, politólogo de Passes Perdudes, la respuesta a esta situación está en el discurso de la extrema derecha. "Vox ya no habla tanto de inmigración como de islam". No es un matiz. "Se ha sustituido la palabra 'inmigración' por 'islamofobia' porque es más aceptable centrarse en un colectivo que hablar de todos los inmigrantes". El objetivo es ampliar la base electoral. "Vox no quiere parecer racista, aunque lo es, porque eso excluiría a votantes potenciales. Si el discurso es más selectivo, llega a más gente, incluso progresista".
El racismo que promueve Vox está "jerarquizado" y se basa en la idea de que la cultura del islam "sustituirá la propia y coartará la libertad individual". "Los latinoamericanos encajan en su relato porque hablan castellano, forman parte de un proyecto español heredado de la colonización y tienen valores cristianos y familiares. Cuando se habla de integración, se está definiendo a la ciudadanía en clave cultural y religiosa, no legal". A partir de un caso aislado, se construye una norma. "La mayoría de la gente no se informa por los medios tradicionales sino por las redes sociales, donde el discurso apela a la emoción, fácilmente comprable".
El estómago se impone a la razón y el relato se difunde como desinformación. Mientras, el PP de Prohens se enfrenta "al dilema de copiar o no" el discurso de los de Abascal. Duda si neutralizarlo o sumarse a él, "pero acaba hablando de los temas que Vox quiere poner en la agenda, como la prohibición del burka, en una comunidad donde no existe". "El PP no quiere dejarles la exclusiva de los temas que preocupan a sus votantes, pero al competir con ellos refuerza el marco de Vox", añade.
Enemigo perfecto
Alexandre Miquel, antropólogo, sitúa ese discurso en una lógica más profunda. "Cuando el capitalismo se pone nervioso, necesita un enemigo estructural. Durante décadas el conflicto fue económico, pero cuando este conflicto se da por cerrado, el choque pasa a ser cultural. Y ahí aparece el islam como enemigo perfecto". No es una construcción improvisada: "El cristianismo se presenta como connatural al liberalismo, como la base de la modernidad, de la libertad y de la democracia. El islam, en cambio, se construye como su negación. Esta idea la formula Huntington, la recoge el fascismo y hoy la reproducen partidos como Vox sin apenas variación".
Este enemigo, añade, no es abstracto. "En Baleares, el islam se concreta en una figura muy clara: el marroquí, que acumula todo el malestar". Y subraya una dimensión que a menudo queda fuera del debate: la clase social. "Hablamos de gente que ha nacido aquí, que ha estudiado aquí, que intenta llegar a la universidad, pero que proviene de familias trabajadoras y campesinas. El problema real es de clase, pero se construye un relato para que la culpa recaiga sobre un colectivo vulnerable".
Miquel insiste en que el éxito del discurso no tiene que ver con la realidad, sino con cómo se interioriza el miedo. "No funcionamos de forma racional, sino desde el estómago. La narración empieza explicando algo que la gente cree reconocer, pero después se incorpora el miedo". Este mecanismo se refuerza con frases simples. "'No lo he visto, pero sé que está ahí'. ¿Por qué? Porque lo ha visto en TikTok". El resultado es una normalización del rechazo: "Se crea un problema que antes no existía, se estigmatiza a todo un colectivo y la convivencia cotidiana se convierte en sospecha permanente. Y eso, cuando se normaliza, es lo más peligroso".
Un té caliente llega a la mesa de Nassim, que entrelaza las manos para cerrar la conversación con una sentencia: "Mejorar el país es dar trabajo, más seguridad, que no haya parados. El camino, por supuesto, no es el enfrentamiento".