¿Nacemos preparados para hablar?
Todo el mundo aprende a hablar sin instrucciones ni manuales. ¿Por qué el lenguaje, con toda la complejidad que implica, sale de dentro? La hipótesis de la gramática universal, formulada hace más de medio siglo, intenta responder a esta pregunta
PalmaHay pocas cosas más universales que el hecho de hablar. Donde hay humanos, hay lengua. Sea en el desierto, en el Ártico o en una ciudad de millones de habitantes, las criaturas empiezan a hablar sin que nadie les enseñe explícitamente cómo hacerlo. No consultan manuales, no se les dan clases y, sin embargo, en pocos años, un niño llega a dominar una lengua con todas sus complejidades: hace concordancias, conjuga verbos, entiende matices, crea frases que nunca ha oído e, incluso, corrige a los adultos. ¿Cómo es posible?
Hace más de sesenta años, el lingüista estadounidense Noam Chomsky argumentó que esa facilidad no podía explicarse sólo por imitación. Según él, el cerebro humano contiene un conjunto de principios básicos que definen cómo puede ser una lengua humana. Este conjunto es lo que llamó 'gramática universal', una estructura mental común que nos permite aprender cualquier idioma y que cada niño o niña adapta según la lengua que siente: catalán, noruego, suajili, quechua o cualquier otra. Hablar, según esta teoría, es más que una habilidad cultural, una capacidad biológica: una parte más de lo que nos hace humanos.
Visión conductista
Antes de Chomsky, dominaba la visión conductista: el lenguaje se veía un hábito aprendido por repetición. Ahora bien, hay algunas cuestiones que nos ponen en duda esta idea. Por ejemplo, los niños cometen errores que no han oído en los adultos (como decir '*murido' en lugar de 'muerte', '*tumbado'por 'estado') o crean neologismos propios (por ejemplo, pueden decir que alguien es un 'dormámicas'si quieren expresar que duerme mucho). Esto indica que no están repitiendo lo que dicen los adultos, sino aplicando reglas que han deducido. El cerebro no memoriza frases: desarrolla patrones.
El lenguaje es, en este sentido, generativo: a partir de un conjunto finito de palabras y reglas, podemos construir un sinfín de frases. Según Chomsky, esa capacidad creativa es universal. La esencia del lenguaje humano es, pues, la recursividad, la posibilidad de encadenar ideas dentro de otras ideas –por ejemplo, 'El niño que ha visto a la muñeca que jugaba con el perro que tienen mis vecindarios...' y así hasta el infinito. Ningún otro sistema de comunicación animal alcanza este nivel de flexibilidad.
Este 'software' lingüístico innato explica hechos tan simples como que un niño sepa distinguir, sin que nadie se lo enseñe, entre frases posibles e imposibles. En cualquier lengua, existen restricciones que no se aprenden explícitamente. Sabemos que una frase como '¿Qué llovió ayer?' es buena en catalán, pero 'Ayer llover va que?' no lo es. La diferencia no está en la memoria, sino en cómo el cerebro reconoce la estructura jerárquica de las frases.
Ante esto, la llamada 'lingüística generativa', además de preguntarse cómo es cada lengua, quiere saber qué tienen todas en común. No se trata únicamente de describir qué verbos irregulares tiene el catalán o cómo funcionan los pronombres débiles en las lenguas románicas, sino entender qué estructuras son posibles en cualquier lengua humana y por qué otros sistemas, como el canto de los pájaros o los códigos informáticos, no tienen las mismas características.
Con los años, varias corrientes de la lingüística han matizado la teoría. Los cognitivistas, por ejemplo, consideran que las semejanzas entre lenguas no provienen de una gramática innata, sino de la forma general como el cerebro procesa la información. El lenguaje, a su juicio, sería un producto emergente de la cognición humana, no un mecanismo separado. Estas excepciones no desmontan la teoría, pero marcan sus límites. Hoy, pues, suele considerarse que la gramática universal es mínima, una especie de conjunto de predisposiciones biológicas que hacen posible el lenguaje, pero que al mismo tiempo dejan margen a la diversidad.
De hecho, la neurolingüística ha confirmado que hay áreas del cerebro dedicadas al lenguaje, que se activan incluso en niños que todavía no hablan. Al mismo tiempo, la tipología lingüística muestra que existen patrones constantes en lenguas muy diversas: por ejemplo, parece que todas las lenguas distinguen entre nombres y verbos, todas pueden expresar afirmación y negación, todas indican quién realiza la acción y quien la recibe. Ninguna lengua se escapa de estas categorías, por muy diferentes que sean los modos en que se materializan.
Propiedad de la especie
Todo ello apoya la idea de que el lenguaje es una propiedad de la especie, no un invento cultural. Ahora bien, es necesario entender que la biología puede explicar la capacidad y no la forma concreta que adopta cada lengua. El catalán y el lakota nacen del propio cerebro humano, pero se han construido con siglos de historia, contacto y evolución.
Curiosamente, el debate se ha reabierto con la inteligencia artificial. Los grandes modelos de lenguaje, como los traductores automáticos, los sistemas de IA generativa o los asistentes de voz, aprenden patrones a partir de millones de textos. Reproducen muchas regularidades humanas sin tener cerebro ni una gramática universal, pero hoy por hoy presentan algunas limitaciones. En este sentido, parece que hay algo más que la estadística: una capacidad humana de crear sentido, de combinar palabras e ideas de forma que las máquinas, de momento, sólo pueden imitar.
¿Nacemos, pues, preparados para hablar? La ciencia todavía no ha dado una respuesta definitiva a la pregunta, pero todo apunta a que sí, al menos en parte. El lenguaje es un patrimonio biológico tan potente como la visión o el movimiento, y al mismo tiempo una creación cultural única. De hecho, podríamos considerar que ninguna otra actividad humana combina tan bien naturaleza y cultura. Quizás la gracia del lenguaje es, precisamente, este equilibrio: todos compartimos la misma capacidad, pero ninguna lengua suena exactamente igual.