El modelo balear es no tocar nada nunca
Cuando el PP balear volvió a hacerse con el poder, tenía claro que había que dejar tranquilo al catalán y la educación, porque no representan un problema y porque la catástrofe electoral de José Ramón Bauzá no debía repetirse.
El miedo venía de la obsesión con la lengua y cultura propia que tenía y tiene Vox. Y los temores eran razonables, viendo el historial de embestidas de la ultraderecha y los equilibrios de Prohens.
Sin embargo había otro tema que despistó al PP en su aterrizaje: la saturación y el clamor por el exceso de turismo y la turistización.
Ni la presidenta ni su equipo se atrevieron a cuestionar esta visión, porque supieron leer el clamor. Además, las manifestaciones canalizaron la tensión. Automáticamente, el Gobierno puso en marcha el Pacto por la sostenibilidad e hizo suyo el discurso de "no podemos ir a más".
La película ha terminado como tantas veces. Una vez ha bajado el suflé de la indignación, el debate se ha eternizado y el Ejecutivo no ha tomado ninguna medida, más allá de contar a gente en las playas, como si fuera necesario.
¿Cuál es el motivo de este final? Muchos. Uno es que, como todo, los movimientos sociales y ciudadanos también son efímeros. La militancia es de un día. No ha habido capacidad para mantener la presión. Y esto no sólo habla del movimiento ciudadano, que no está en su mejor momento y que pasa el día dando conferencias, sino en una nueva forma de vivir: promiscua y sin compromiso.
Prohens tenía dos caminos: remangarse o hacer una comisión y esperar a que pasara el enfado. Es evidente cuál eligió. La política es hoy más que nunca improvisación: ver de dónde viene el viento e ir diciendo obviedades. El modelo balear es no tocar nada.