Cómo era Miquel Àngel Raió, según su tía: "Estaba obsesionado con los diccionarios"

Maria Bauzà, la tía del director del teatro Principal de Inca, nos explica los secretos mejor guardados de su infancia

12/07/2026

PalmaDe bebé dormía muchísimo, tanto que el abuelo le decía a cada rato: “Tienes que espabilar, ten la cabeza viva. No es bueno dormir tanto”. Tan tranquilo estaba en su papel de bebé, que no tenía mucho interés en caminar. Un buen día, sin haber pasado por la etapa de ir a gatas, se levantó, se puso los zapatos –girados– y empezó a caminar. “¡Yo creo que le salieron los pasos, porque es muy cabezota!”. Nos lo cuenta la tía Marieta –Maria Bauzà–, la mujer del hermano de la madre de Miquel Àngel Raió, que empezó a salir con el abuelo cuando el actual director del teatro Principal de Inca solo tenía dos meses –ella tenía 17 años. Le ha visto nacer. Y todavía recuerda las risas que provocó en la familia verle caminar de aquella manera, tan convencido, el día que el niño decidió que tocaba levantarse.

Miquel Àngel Raió nació en Inca en el año 1973. Cuenta Marieta que “de pequeño era muy rubio, muy guapo: parecía un pepito”. Jugaba mucho con su hermana mayor, Elisabet, y también con las primas pequeñas. “Creció rodeado de mujeres: la madrina, la abuela, las primas, la hermana… No creo que este hecho le haya configurado mucho, pero es cierto que ha sido muy sensible desde pequeño, y puede presumir de tener una gran intuición”, cuenta.

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Se enfadaba pocas veces, “pero, cuando lo hacía, sacaba el genio”, recuerda y explica una anécdota que todavía hace reír a la familia. Estaban en la playa. Miquel Àngel debía tener cuatro o cinco años. Por algún motivo que nadie recuerda se enfadó, hizo un hoyo y enterró la cabeza dentro de la arena; quedó con el culo en alto, como un avestruz, sin que nadie pudiera convencerle de salir. Tenía tanta rabia que gritaba. Pasadas unas horas, cuando estaban a comer en casa, el niño bostezó y Marieta vio que llevaba una concha pegada al paladar, porque había hecho ventosa: “De tan enfadado como estaba, había acabado comiendo arena”, dice entre risas.

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También desde niño le han interesado las historias: “Creo que es un gran narrador de historias, ya lo eran su padre, Pere Raió, y también el abuelo Miquel”. Las historias y las palabras fascinaban al joven Miquel Àngel, que hacia los once o doce años se “obsesionó con los diccionarios”. Primero con el Diccionario General y, cuando tenía doce o trece años, con el Diccionario de sinónimos y antónimos de S. Pey. Todavía lo conserva “gastadísimo” de tantas horas que pasó con aquel libro entre las manos. Así, también se convirtió en un lector voraz de poesía: “Escribía constantemente. Leía Josep M. Llompart, Damià Huguet, Federico García Lorca, César Vallejo… Sentía una fascinación especial por la métrica”.

Tenía a su alcance algunas películas que grababan en VHS, y como no había tanta oferta como ahora, las miraba una y otra vez. Una de las que más vio fue Trenes rigurosamente vigilados, película checoslovaca dirigida por Jiří Menzel, ganadora del Oscar. Miquel Àngel también iba a los videoclubes y disfrutaba especialmente de las películas de aventuras, como Tras el corazón verde y La joya del Nilo, con Michael Douglas y Kathleen Turner. Con los amigos también hacían sesiones de The Goonies.

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Más allá de gustos y manías, Maria apunta que nunca le ha “oído pelearse ni discutir con nadie”, y que le gusta “que haya buen ambiente” allí donde está. Al mismo tiempo lo describe como “un niño muy cabezota”: “Cuando tenía una idea fija o algo le interesaba de verdad, no paraba hasta que lo conseguía, y si tenía que implicar a otras personas, lo hacía”. Para Maria, este es uno de los defectos de Miquel Àngel: la terquedad. Y como virtudes, señala la sensibilidad, los principios firmes y el compromiso con todo lo que hace. Pero ¿no es cierto que, a veces, el defecto de alguien también puede ser una gran virtud?