Nuestro primer 'lip gloss' o cuando ser mujeres era un juego divertido

Un recuerdo generacional sobre la infancia, la feminidad apresada y los rituales pequeños que anticipaban una manera de entender qué quería decir ser mujer, antes de que dejara de ser un juego

21/06/2026

PalmaLas dos niñas que tengo delante son las que hacen más gracia de todo el grupo de tercero de Primaria que ahora me rodea. Han sido las primeras en sentarse, más alejadas del resto, en cuanto han entrado al vagón. Se mantienen ajenas a lo que pasa de fondo, a sus compañeros, que saltan, gritan y se pelean por salir en la foto que les está haciendo la profesora. Ocupando el espacio mínimo de su asiento y con las piernas cruzadas, casi no se mueven, ni se les oye la voz en el tiempo que dura el trayecto de metro. Pero las que hemos crecido con la frase “Tú, mirar y callar” nos reconocemos entre nosotras. Yo las miro y ellas callan. No me hacen falta palabras para descubrir su universo, escondida detrás de la pantalla del móvil.

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Cada una de ellas carga con un tesoro en su mochila. Seguramente la dejaron preparada ayer por la noche, sabiendo que hoy tenían salida con la escuela y que irían juntas. Las salidas siempre permiten ciertas licencias, no son como un día de escuela normal. Es el día de salir a la calle con los amigos y sin los padres. Y esto te hace pensar que tienes que cargar otras cosas en la mochila, cosas como las que las chicas mayores cargan en los bolsos de mano, por ejemplo. Así que ellas dos hoy vienen bien preparadas: se quieren impresionar y compartir sus bienes más preciados.

La que lleva una mochila lila de purpurina saca collares, un espray para el pelo y, finalmente, un lip gloss. Se lo aplica con precisión y se lo cede a su compañera, que demuestra menos desparpajo. Después de embadurnarse con el producto, ambas se retocan durante un buen rato y se preguntan, señalándose la cara: “¿Lo llevo bien?”. Pasan más gusto de preocuparse de tener el gloss en los labios que de llevarlo puesto, porque tampoco les dura mucho. Una de ellas ha descubierto hace poco un nuevo truco y quiere sacar partido de cada pequeño objeto que ha metido en la mochila, así que saca un paquete de pañuelos y lo sella con los labios, dejando la impronta de un beso casi invisible.

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Mi primer lip gloss lo debí conseguir de regalo con la Bravo, acompañado de un test para saber si era compatible con el chico que me gustaba. Transparente, inocuo, inofensivo, era el mejor caballo de Troya. La mínima expresión de maquillaje, capaz de contentarme a mí y a mis padres a la vez. La única negociación posible. La metadona de la feminidad, cuando esta era una aspiración, algo indistinguible de hacerse mayor. Durante mucho tiempo, confundimos ser adultas con encajar en el estereotipo de mujeres. Eran dos cosas que, para nosotras, se producían a la vez y que no éramos capaces de separar. Como cuando mi amiga Sara se refería a un “local climatizado” como un lugar lujoso. De acuerdo, un lugar lujoso suele estar climatizado, pero un local climatizado no tiene por qué ser lujoso.

El lip gloss lo era todo: la sensación de labios pegajosos nos brindaba la fisicalidad de ser mujeres, una sensación que lo hacía real. Que se te pegaran los cabellos a los labios era la muestra de que lo estabas haciendo bien, porque sufrir era el primer paso para estar guapa. El lip gloss era placebo cuando aún no podíamos aspirar a los labios rojísimos de nuestras abuelas los domingos de ir a misa. Y el lip gloss era, además, la mejor excusa para empezar a llevar un bolso de mano. Un bolso de mano para llevarlo, a él y a nuestra pepa. Porque hubo un momento en el que convivieron ambos, sin transición posible.

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Entonces, nos conformábamos con aquel brillo en los labios, una sombra de ojos color carne y máscara de pestañas transparente. Entonces, nos daba igual el resultado. Solo queríamos sentir el efecto de llevarlo, saborear el ritual de encajar perfectamente en la categoría que nos habían dado: muñecas. Eso era cuando aún estábamos conformes con el precio a pagar por haber nacido muñecas, es decir, antes del primer “guapa” en la calle y “zorra” en la cama. Eso era cuando ser mujeres aún era un juego divertido; cuando –como las Virgin Suicides– desconocíamos “cómo se puede llegar a complicar la vida” porque “nunca habíamos sido una chica de 13 años”. Al fin y al cabo, “las chicas éramos, en realidad, mujeres disfrazadas”.