"He vivido en muchas casas, pero solo una es mi rinconcito"

El colectivo La forma de los sueños desarrolla el proyecto ‘Hogar’, una reflexión sobre el papel de la vivienda en la vida emocional de las personas

16/04/2026

PalmaSon tiempos de emergencia, en los que encontrar una vivienda que podamos pagar es más difícil que nunca, casi imposible. No se trata solo de tener un techo sobre el cual dormir: la vivienda tiene una dimensión que va mucho más allá, que forma parte de las vivencias emocionales de las personas. Hay casas que son hogares, lugares de felicidad, acogida y refugio. Otras son simplemente lugares de paso, con una huella limitada sobre las historias personales de quien ha pasado tiempo entre aquellas cuatro paredes. Esto es precisamente lo que explora el proyecto Hogares, del colectivo La forma de los sueños (formado por personas del grado de Lengua y Literatura Catalanas de la UIB, el área de Salud Mental del Hospital Comarcal de Inca y la asociación La Nostra Veu).

Una de las actividades del proyecto ­–se lleva a cabo gracias al premio Agenda de Transición de la Oficina de Cooperación de la UIB– y que incluirá un libro– fue el taller ‘Habitam’ que compartieron alumnos de cuarto del grado de Lengua y Literatura Catalanas y personas mayores: todos ellos han compartido historias de casas, fotografías, han hecho postales y han intercambiado experiencias. También se hará un documental sobre esta experiencia. “La vivienda es una vivencia individual, pero con una dimensión social”, comenta la profesora del departamento de Filología Catalana y Lingüística General Mercè Picornell. Una de las curiosidades del taller ha sido comprobar cómo varía la idea de vivienda entre los jóvenes y los mayores: el tamaño de la cocina, las escaleras y el número de baños tienen funciones diferentes en función de la edad. “También me ha sorprendido la cantidad de casas por las que pasamos a lo largo de la vida. Ahora el problema no es tanto cambiar como tener un lugar donde vivir”, añade.

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Las experiencias

El encuentro del taller se hizo en la biblioteca Encarnació Viñas (en colaboración con Flipau amb Pere Garau). Entre la veintena de participantes, había Jaume (estudiante) y Valentín (un residente de la barriada), que diseñaron juntos su vivienda ideal. “Yo quería una cocina pequeña y él, grande. Al final hemos decidido hacer dos pisos de solteros con una zona común para encontrarnos y un huerto, que en eso estuvimos de acuerdo. Según vaya pasando la vida tendré una visión más aproximada a la suya”, comentó Jaume, además de recordar que la primera casa donde vivió fue la que más le ha marcado. “Era un espacio pequeño, pero fui feliz. Cuando te haces mayor, todo cambia en poco tiempo”, añadió.

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En la fotografía que llevó Bel (Oliver), una mujer de la barriada de 66 años, se ven cuatro mujeres con una muñeca. Todas están en una azotea y la muñeca está subida a un triciclo con un taburete encima del asiento. “Las cosas no estaban para comprar triciclos cada vez que crecías”, dijo con una sonrisa. “Fui muy feliz en aquella azotea, me daba la sensación de que el mundo me trataría bien”, continuó. Después de vivir en otras casas, Bel volvió a la de su infancia, con la azotea que la esperaba. “Hace dos meses que mi marido murió. Él fumaba en la azotea y ahora, cuando sale, le digo ‘si hubieras dejado de fumar…’”, contó. Sin embargo, a pesar del adiós a su marido, Bel continúa encontrando paz en la azotea. “Tengo macetas, me siento y oigo los pájaros. La vida al final no me trató tan bien, porque ha muerto mucha gente querida en esta casa. Pero, a pesar de que he vivido en muchas otras, solo una, esta, es mi hogar, mi rinconcito en el mundo”, concluyó.

Carmen, de 83 años, eligió una foto donde sale rodeada de la familia. “Esta fue la cuarta casa donde viví, pero la vendí para venir a Mallorca”, apuntó, además de remarcar que ha colocado sus cosas prácticamente de la misma manera que en el anterior piso. “Les tengo aprecio. Y siempre me siento en el mismo extremo del sofá en el comedor”, añadió.

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Las emociones que sentimos por una casa dependen de con quién la compartimos. En el caso de Antonio, de 74 años, un gato blanco llamado Caracol fue fundamental cuando se mudó con sus padres a una casa que nunca ha considerado su hogar. “Fue mi compañero de vida durante la adolescencia, estuvo conmigo en todo momento. Era blanco, sordo, un gran superviviente. Me enseñó mucho”, contó, y aseguró que el hogar de su vida fue una corrala en la calle de Amparo, 60 de Madrid.

“Una casa no son solo cuatro paredes que te rodean. Pero hay gente que no tiene ni eso”, comentó por su parte Bel (Amer), de 22 años, con la primera foto que se hizo recién nacida con sus padres y hermanos, en el sofá de su casa. “Ellos son mi casa, mi lugar preferido del mundo”.