Foravila

La guerra cruzada entre los cazadores y los vecinos de foravila

El territorio disponible para cazar disminuye debido a la presión urbanística en el suelo rústico y los residentes sienten los disparos cerca de casa

Palma"La semana pasada, comía con mi familia en la casita de campo y se me cayó un perdigón sobre la cabeza", cuenta Maria (nombre ficticio), una vecina de Pina que prefiere mantener el anonimato. Ésta es la realidad de muchos residentes de foravila que sienten el eco de los rasgos de los cazadores dentro de su casa y viven con miedo a que algún día pase una desgracia. "Había mi hija por allí. Si la hieren, ¿qué pasa?", pide. Por su parte, Joan (nombre ficticio), un vecino de Campos, explica que hace 30 años los vecinos "no oían los disparos desde dentro de su casa" y lamenta que en los últimos años, concretamente durante la temporada de caza, a menudo se despierta a las seis de la madrugada con un susto porque "parece que hay un tiroteo en la puerta".

Maria y Joan denuncian la "inseguridad constante" que viven los residentes del campo porque "los cazadores no respetan la distancia mínima de 100 metros de una vivienda antes de disparar e incluso algunos lo hacen en dirección a las casas", aseveran, algo que está prohibido por la normativa. Mientras, la presidenta de la Federación Balear de Caza, Marta Lliteres, considera que "quien la hace, debe pagarla". Asegura que la Federación "no concibe que se practique la caza sin respetar la normativa de seguridad" y subraya que los cazadores "no deben ir a enfadar a nadie". Por eso, recomienda a los vecinos que sufran daños causados ​​por las irregularidades de un cazador que se hagan visibles y que hablen con él amistosamente. "Si es una persona razonable lo entenderá y se irá; si no, que telefoneen a los agentes e inspectores del Servicio de Protección de la Naturaleza (Seprona) o bien a los guardas medioambientales del Consell de Mallorca, los organismos competentes a hacer cumplir la ley", aconseja. Entre 2017 y 2020 el servicio de Caza y Pesca Fluvial de la institución insular puso 186 sanciones por incumplir la normativa de la caza, 16 fueron muy graves; 77, graves, y 94, leves. Los datos no son más recientes porque el Consell de Mallorca no ha respondido a las peticiones del ARA Baleares.

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Fuentes de la Guardia Civil han explicado a este medio que es mejor que los residentes telefoneen directamente a las autoridades, ya que "hay mucha gente a la que han apuntado y amenazado con pegarle un disparo". Reconocen que el conflicto entre los cazadores y los vecinos "siempre ha estado y siempre estará ahí". Los cazadores son también conscientes de que "siempre hay alguien que hace las cosas mal", pero asegura que ellos también actúan en contra de las irregularidades cinegéticas para garantizar la seguridad de los vecinos. "El año pasado una vecina me telefoneó y me dijo que había alguien que cazaba muy cerca de su casa porque le caían los perdigones dentro de la piscina. Inmediatamente un compañero y yo fuimos a buscar al cazador para decirle que cambiara de sitio", explica.

El colectivo cinegético denuncia que debido a los cazadores que no hacen las cosas bien y también a causa de las leyes de protección animal que se han implantado en los últimos años "pagan justos por pecadores". A su juicio, todo ello ha creado y también difundido una "mala imagen" del sector. Incluso, en 2024, la Real Federación Española de Caza (RFEC) impulsó una campaña para difundir los delitos de odio que sufren las personas del colectivo cinegético. "Apúntate al frente y dispara" y "ojalá te maten" son algunos de los ataques y amenazas que se mostraban en el proyecto.

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Más chalés y menos espacio para cazar

En los últimos años, el territorio disponible para cazar se ha reducido porque "todo está lleno de chalés", lamenta el presidente de la Asociación Balear de Entidades de Caza, Pedro Vanrell. "Allí donde habíamos cazado toda la vida, ahora ya no podemos ir", añade. Este problema está presente en todas las Islas, sobre todo en Mallorca, Ibiza y Formentera, lo que ha tensado aún más la relación entre vecinos y cazadores que nunca han tenido un excelente vínculo. Los cazadores ya no encuentran fincas de cientos de cuarteradas vacías como lo hacían anteriormente e, incluso, los rincones más secretos están ya edificados. "Había una punta de tierra junto a nuestra que tenía unas perdices buenísimas, pero ya no puedo ir porque han hecho casas", lamenta un cazador de Porreres que no quiere decir el nombre. Los propietarios que adquieren los terrenos y no quieren que los cacen en su casa crean un coto de caza privado y sólo autorizan a los cazadores que quieren.

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Ahora bien, la gente que no tiene la autorización del propietario para cazar dentro de un coto privado y quiere practicar la actividad debe recurrir a los cotos sociales. Son terrenos que "a partir del año 1975 el pueblo cedió a los ayuntamientos de los municipios y también a las sociedades de cazadores con el objetivo de hacer un coto donde todos los descendientes de los socios –que pagaban y todavía pagan una cuota por cazar– pudieran ir", explica Vanrell. Pero lamenta que los cotos sociales también han vuelto pequeños porque las instituciones municipales han vendido parte de estos terrenos y lo primero que han hecho los compradores ha sido cerrarlas con paredes o barreras.

Por eso, las sociedades de cazadores mantienen conversaciones con los ayuntamientos para "colaborar con todo lo que puedan" y también para garantizar la disponibilidad de espacios para practicar la actividad cinegética, según afirma un cazador de Santanyí. Por otra parte, Vanrell recuerda que no sólo la construcción de chalés en suelo rústico ha reducido el espacio para cazar sino también la implantación de caravanas en medio del medio rural como alternativa habitacional frente a la crisis de la vivienda de las Islas. Sin embargo, Vanrell considera que PP y Vox cumplan su promesa electoral de permitir la caza en las fincas públicas del Consell de Mallorca y del Govern, algo que beneficiará al sector cinegético. "Si no vuelven atrás, creo que este año esto será posible", dice Vanrell.

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Hay que recordar que en las Islas no se puede cazar por todas partes. Sólo en los terrenos libres de los municipios que estén incluidos en el plan marco de caza de Baleares, en los cotos sociales y también en los cotos privados, pero siempre con la autorización del propietario. Si al vender un terreno que está dentro de un coto de caza el comprador no quita la propiedad de dentro del coto o le hace uno privado, los cazadores podrán continuar con la actividad. Ahora bien, siempre respetando la distancia de seguridad.

Convivencia con extranjeros

Si la convivencia entre cazadores y residentes isleños –que tienen integrada la caza en su ideario común como una actividad que se ha practicado toda la vida en Baleares– es difícil a veces, todavía se complica más cuando son extranjeros, sobre todo si provienen de territorios donde la actividad cinegética no es común y tampoco está bien vista. "Una mujer me persiguió un buen rato porque llevaba dos perdices muertas colgadas en el cinturón. Me decía 'pobretas, no las mates', pero yo prefiero comerme un animal cazado mío antes que una gallina de granja", asevera el cazador porrerense.

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Para tratar con los propietarios de las fincas, los cazadores de las Islas tienen un código no escrito. "Los saludas, dices 'buenos días' y pides permiso para ir a dar una vuelta por dentro de su casa", cuenta Vanrell, quien sigue ese ritual estrictamente cada vez que va a cazar. De este modo, los cazadores consultados por el ARA Baleares aseguran que "nunca suele haber ningún problema" porque "charlando se entienden". Además, al haber arreglado las diferencias que separan a ambos colectivos, incluso hay vecinos que piden a los cazadores que vayan a disparar a su casa para matar a los animales que atacan sus cultivos.

El conflicto entre cazadores y vecinos no es sólo una cuestión de rasgos o de molestias puntuales, sino el reflejo de un territorio que ha cambiado más bien que las normas que lo ordenan. La expansión de la vivienda en suelo rústico ha reducido los espacios disponibles para la caza, mientras que la proximidad entre usos incompatibles ha multiplicado sus tensiones. Donde antes había silencio y distancias, ahora conviven actividades tradicionales, nuevas residencias y una normativa que a menudo se pone a prueba sobre el terreno.

Mientras tanto, la Administración se mueve entre la necesidad de hacer cumplir la ley, garantizar la seguridad y preservar una actividad arraigada en el mundo rural. Pero la pregunta de fondo va más allá de la caza: qué modelo de territorio quieren Baleares y cómo garantizar una convivencia real entre quién vive, quién trabaja y quién lo utiliza. Un debate abierto que, de momento, sigue resonando cada vez que un disparo irrumpe cerca de una casa.