Ahora que lo tenemos todo (tanto, que duele)
Un relato íntimo sobre la dificultad de detenerse, sentir y aceptar una felicidad tan intensa que asusta por su fragilidad y la certeza de que, algún día, se acabará
PalmaNo me hace falta hacer una lista con las ‘cosas por las que estoy agradecida hoy’ para saber cuáles son las tres o cuatro cosas que me importan, que me hacen feliz. ¿De qué me serviría agradecérselas si, para ser consciente de ellas, tuviera que hacer journaling? Estaría bien jodida. Tampoco lo querría, escribirlas. Cuando una escribe es como si se deshiciera un poco de las cosas, como si se liberase de ellas. ¿Por qué lo haría? Ponerlo por escrito sería alejarme un poco de ellas, ponerlas sobre una superficie y materializarlas, verlas fuera de mí, extirparlas. Y esto ya lo hago a bastante.
Dedico poco tiempo a dejar que me impregnen las cosas buenas que me pasan. No soy lo suficientemente permeable a los buenos momentos. La inercia de los días me envuelve de una velocidad que hace que todo resbale por encima de mi superficie. Voy un poco centrifugada por la vida, tan rápida que todo aquello que se me acerca sale escupido. Sin apartar la mirada de las líneas de la carretera, una detrás de otra, pasando al mismo ritmo, hipnotizada, anestesiada.
Dejar que las cosas te abrumen requiere dedicación. Y no me sobra. Primero, debo estar receptiva, en reposo. Después, debo mentalizarme de que aquello necesitará una parte de mi tiempo. No se puede sentir con prisa. Debo saber que necesitaré un rato para dejarme ir y, otro, para reponerme. Y, finalmente, debo comprometerme a atesorar aquello –a no malgastarlo– e instalarlo en algún rincón del subconsciente.
Evito todos estos pasos más a menudo de lo que me puedo permitir. Hasta que, un día, mientras conduzco, suena una canción que me imbuye en el proceso sin avisar. Suena Barry B, inesperado y traidor, y desata muchísimas cosas, tantas que hasta me eriza. Son los acordes (y un poco la letra) deInfancia mal calibrada: “Estoy buscando un cuchillo / Estoy buscándote a ti / O algo que me atraviese / Y que me haga sentir / Veo mi reflejo en el agua / ¿Qué es lo que ha sido de mí? / La mirada traumada / El alma de un infeliz”.
Sea lo que sea, ha tocado una tecla, el botón que abre unas compuertas que no me esperaba. Las emociones son la luz, llegan siempre primero y me atraviesan; y los recuerdos, el sonido, haciendo un estallido. Me siento transparente. Como de agua. Vísceras en movimiento, hurgadas. Lo siento todo tanto que me incomoda, como cuando te remueven el cuerpo por dentro y sientes el contacto de tu propio cuerpo desde el interior. Siento las emociones a través de los órganos, latiendo.
Todas las cosas buenas se amontonan tan súbitas como una náusea, hechas vómito. Y ya no puedo dejar de preguntarme cuándo dejaremos de ser tan jóvenes, cuándo dejará de ser la vida tan plena de cosas buenas, cuándo empezaremos a añorar más que celebrar. Tal vez nunca seremos tan felices como ahora. O sí. Pero siento que ahora lo tenemos todo. Y ser consciente de ello me duele. Quizás más dolor que el que nos hará no tener casi nada.
Soy una tramposa, una fugitiva, intentando escapar de esta prenda de ser feliz. Una cobarde, también, porque a escondidas me resisto a dejarme ir por el goce al completo. Tengo un secreto y es que sé que existen las emociones espejo: la gratitud y el miedo, por ejemplo. Disfruto hasta el límite de ser consciente de la desaparición inminente. Es insoportable gozar al máximo, tan insoportable como una herida abierta cuando cura.
Todo esto es lo que siento. Lo que recuerdo toma otras formas. Formas que me hacen tan feliz que me hacen daño. Es la foto mental de mi padre y yo, sentados en la terraza del Cala Canta, otra vez, como siempre, desde hace más de 20 años. Somos mi chico y yo, en medio de la nada, durante horas, sin cobertura, bajo el sol, dentro del mar, decidiendo volver a casa solo porque ya se ha hecho oscuro. Es el mejor concierto con mis mejores amigos –los que siempre había querido tener–, que no queremos que acabe nunca y, por eso, improvisamos salir de fiesta un lunes laborable. Por eso y porque volvemos a estar en Barcelona todos juntos, después de tanto tiempo. Estamos aquí y no somos conscientes. No nos ha hecho falta ni calcular los años que hacía que no estábamos en aquella discoteca. Hemos entrado y hemos recuperado los espíritus que dejamos allí, agridulces, contentos, cansados.
Todo esto es lo que recuerdo, con prudencia: no sé cuánto tiempo queda para que nuestros recuerdos empiecen a ser otros. Por ahora, todavía lo tenemos todo. Tenemos tanto que merece la pena esta prenda.