<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[Ara Balears en Castellano - empatía]]></title>
    <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/etiquetes/empatia/]]></link>
    <description><![CDATA[Ara Balears en Castellano - empatía]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="http://es.arabalears.cat:443/rss-internal" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Moha]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/moha_129_5754379.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Hace no mucho tiempo tuve un golpe con el coche. Nada de gran importancia, más que una puerta un poco abollada y el trajín documental y de gestión que conlleva la cosa los días posteriores. Esta semana he ido al taller que me ha asignado la casa aseguradora para hacer el peritaje. Un taller de gente manacorense de esas que hoy llaman ‘de toda la vida’. “Tendrás que esperar un poquito, porque el joven que se encarga empieza a las nueve”, y me fui dentro del coche e hice tiempo mientras miraba el móvil.A los pocos minutos compareció sonriente “el joven que se ocupa”. “Hago un par de fotos y las envío a la casa. Si no ven indicios de fraude, lo tiraremos adelante y no hará falta que lo vuelvas a traer hasta que lo tengamos que arreglar”, me dijo afable. Entramos en la oficina: “Te apunto mi número directo”, y me da una tarjeta con un nombre escrito a mano. No llevo las gafas. “¿Por quién debo preguntar?”. “Moha”, me dice.Si nos hubiéis oído, no habríais hecho diferencia. Ambos adaptándonos al tono ligeramente formal y un poco distante y cordial que requería la situación comunicativa. Ambos en un catalán de Manacor ‘de toda la vida’. Básicamente, porque ambos lo somos, manacoreños ‘de toda la vida’, de la mía y de la suya.Y nos quedamos así, que le telefonearé. No hay más diferencia, entre Moha y yo, que el origen del nombre, dentro de la relación profesional que hemos tenido. Evidentemente, después cada uno a su casa, y los perros en casa de Coll, como suelen decir. Ya dentro del coche, me adentré en mis cavilaciones lingüísticas y culturales. He pensado en nuestros repadrinos en La Habana, o en Buenos Aires, que son los dos nombres míticos con que la gente de un tiempo resumía la diáspora mallorquina en América. ¿Cómo lo debían hacer? Debían aprender y hablar la lengua de allí, está claro. Pero se debían buscar, debían hacer comunidad. ¿Qué lengua hablaban a sus hijos, si formaban familia allí? Se debían dar todas las casuísticas. Dependía de si los dos progenitores eran de aquí o no, de si se veían volviendo a Mallorca algún día, de si pensaban que para asegurar el futuro en la nueva tierra convenía hablarles en español o de si, por contra, no querían que sus hijos perdieran de ninguna manera la lengua que les habían enseñado sus padres.Muy igual que toda la gente que llega a Mallorca y que ahora mismo supone un tercio de la población. Los relatos, según quién los articula, emplean vocabularios distintos, a veces antagónicos: “convivencia”, “interculturalidad”, “integración”, “asimilación”, “sustitución cultural”, “invasión”...Nos movemos en un terreno resbaladizo que permite dos lecturas: el capitalismo más descarnado y más desacomplejado se ha instalado dentro de nuestra casa. Es como si los Estados Unidos hubieran hecho desembarcar su modelo directamente en esta pequeña isla nuestra en medio del Mediterráneo. Movimientos incesantes y tumultuosos de población para alimentar la garganta monetaria de un puñado de neorricos y especuladores, para que puedan continuar pescando la gallina de los huevos de oro del turismo sobre la espalda de los demás; y una sociedad dividida en comunidades aisladas, en guetos estancos que no buscan otro vínculo que el comercial o laboral, y aún así. El arraigo y el sentimiento de pertenencia son débiles. Es una manera de mantener las comunidades poco ancladas al territorio, sin interés por defenderlo, y divididas, sin posibilidad de organizarse colectivamente, de unirse por una causa común, de cuestionar juntas tal o cual política.Hablemos, sin embargo, de la segunda lectura. Las lenguas y las culturas pueden estar vinculadas a un territorio, pero también lo pueden estar a una comunidad. Ninguno de estos dos supuestos las hacen mejores que las otras. Ni peores. Todas las culturas, todas las lenguas, son necesarias para sostener el ‘lingosistema’ mundial. Cada manera de hablar representa una forma de entender e interpretar el mundo. No nos podemos permitir el lujo, como humanos, de prescindir de ninguna. Ni de las de los otros, ni de la nuestra. Nadie es quién para decir a otro qué lengua debe hablar, ni qué forma deben tomar sus expresiones culturales. Y esto lo sabemos bien los catalanohablantes en Mallorca, que, por poco que queramos mantener viva la presencia de la lengua, topamos de morros con el desconocimiento, el menosprecio y la afrenta.La cantante y creadora Joana Gomila (¿qué haríamos sin ella?) nos regalaba hace pocos días una idea nueva: el derecho a la opacidad cultural. La idea es del pensador de la isla de Martinica Édouard Glissant, que dice que las personas, las culturas y las lenguas no tienen la obligación de ser completamente transparentes ni comprensibles para los demás. La idea de “traducirlo todo” a los esquemas propios está muy vinculada a una manera de entender el mundo muy colonial, tal vez incluso supremacista.Pensemos en todos nosotros, en todos los mallorquines de hoy, los que han nacido aquí y los que han venido. Sean cuales sean sus linajes y sus nombres. Todos tienen el derecho a conservar una parte irreductible de su cultura, el derecho a no ser completamente traducibles, el derecho de existir sin tener que justificarse según categorías externas. Pensemos en ello nosotros, los catalanes de Mallorca, para nosotros mismos, en esta hondura esencial de nuestra manera de ver y entender el mundo. Si lo hacemos, seremos más capaces de empatizar también, por eso mismo, con toda esta alteridad que ahora ya es tan nuestra, tan de aquí, y que no llega como una amenaza para diluirnos, sino como una oportunidad para hacernos más ricos, y no hablo de dinero.Porque la sospecha, la manía y el odio, en general, no suelen ser culturales, a pesar de que la extrema derecha española, y ahora también la catalana, quieran vestir eso. El odio, la manía y la sospecha, desgraciadamente, son de clase y el rechazo de la diferencia, arbitrario y despersonalizador.El caso de Moha del taller me vuelve a enviar a la escuela, que es, hasta ahora, el único espacio de encuentro que hemos sido capaces de configurar. De allí sale esta normalidad. De allí debe poder salir la capacidad de empatía y el desmoronamiento de la suspicacia ante la diferencia. Y de allí debe poder salir el material de obra que necesitamos para poder construir los puentes y los espacios de encuentro necesarios, también en la vida adulta, para devenir una sociedad plural, sana y, sí, decidme cándido, con la lengua catalana como eje vertebrador de todo ello.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antoni Riera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/moha_129_5754379.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 01 Jun 2026 05:46:00 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
  </channel>
</rss>
