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    <title><![CDATA[Ara Balears en Castellano - Maternidad]]></title>
    <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/etiquetes/maternidad/]]></link>
    <description><![CDATA[Ara Balears en Castellano - Maternidad]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
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      <title><![CDATA[Las últimas veces]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/ultimas-veces_129_5804327.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Guarda en el teléfono la conversación con Pilar. Son frases tontas, una <em>selfie</em>, un chiste, cuatro risas. Siempre nos decíamos buenas noches, pero aquella vez no lo hicimos, y la comunicación se interrumpe bruscamente, sin ningún adiós, sin ninguna frase trascendental, sin ninguna palabra de agradecimiento por todo lo que ha sido. Seguro que habría sido diferente, si hubiera sabido que al día siguiente moriría de una manera fulminante y absurda.¿Cuántas cosas hacemos por última vez sin saberlo?Entre otros momentos que lamento no haber retenido está, por ejemplo, este: no consigo recordar la última vez que mi hijo mamó. Qué pena no haberme despedido de aquel bebé rollizo y risueño que hacía fiestas cada vez que veía que me desabrochaba la camisa. Ha vuelto un hombre con voz retumbante y gestos contundentes, y parece mentira que hubiera un momento en el que toda su felicidad era tener la barriga llena y el trasero limpio. Qué pena no retener en mi corazón la última vez que lo alimenté con mi cuerpo.Muchas veces vivimos cerrando los ojos a la evidencia del hecho de que cotidianamente estamos perdiendo cosas para siempre.Seguramente mi abuela sí que lo sabía, el día que partió por última vez de Mallorca. Hacía años que los abuelos se habían trasladado a Barcelona para estar con nosotros, y cada verano volvíamos todos a la Ràpita, a aquella casa que habían comprado en los años 70 y que poco a poco se había ido haciendo grande, a medida que la familia crecía. Cada año visitábamos a todos los parientes que quedaban vivos, íbamos a Consolació, hacíamos cochinillo por la Mare de Déu d’Agost, asábamos el pescado que mi padre pescaba. Al atardecer los viejos se sentaban en el rincón de la terraza donde corría la brisa y veían el tiempo pasar.Así, entre gestos cotidianos a los que no dábamos ninguna importancia, se acababa el último verano que ellos vendrían. Los abuelos tendrían que ser eternos, pero no lo son, y lo entiendes demasiado tarde. Yo no lo sabía todavía, pero diría que la abuela era consciente.La retrataría: menuda y nerviosa, con la piel blanca y fina, aquel vestido con un estampado que ahora vuelve a estar de moda y los zapatos planos. Aquel día de principios de septiembre subió con el abanico en la mano al coche, y cuando yo ya lo había puesto en marcha y me ajustaba el retrovisor, ella se giró para mirar por la ventana lo que con tanto esfuerzo habían construido, y dijo, tan bajito que debía pensar que no la oiría: “Adiós, casita”.No volvió nunca más. Y siempre pienso en ella cuando cierro la casa, su legado, y le digo abuela, todavía venimos, todavía me parece veros en el rincón de la terraza donde el aire de la tarde da un poco de respiro.Es curioso haber crecido en una casa así, porque a pesar de que todo esté tan cambiado, todavía soy capaz de verla como era antes.Cuando era pequeña todos los alrededores de la casa de la Ràpita eran garriga. ¡Había jugado tanto! Todavía os puedo decir los pinos que había, las piedras, las higueras de moro, los márgenes. Mi mundo, de niña, estaba hecho de círculos concéntricos que se iban haciendo más y más anchos a medida que yo crecía: primero solo iba a nadar al cocó, luego ya pude ir a las cuevas, y poco a poco el alcance se ensanchaba más y más, y en la adolescencia íbamos a nadar a la playa, y de vuelta subíamos la costa con aquella bicicleta un poco oxidada y sin marchas que, no sé por qué, habíamos dejado atada a la entrada del club, como si hubiera algún peligro de que alguien quisiera llevarse aquel trasto.Cada año, cuando volvía y salía a jugar a la llanura, lo veía un poco cambiado. Una pared nueva, una obra donde antes había pinos, calles que no llevaban a ninguna parte y cuadriculaban absurdamente el caos.Hay un pino que recuerdo con mucha ternura. No crecía recto, era perfecto para trepar por él, el tronco era muy parecido a una pequeña rampa que me permitía llegar a la copa, donde me convertía en princesa, o hada, o mochuelo, o en lo que tocara jugar aquel día.No recuerdo la última vez que subí y, de hecho, no sé si pasaron algunos veranos esperándome, mientras ya me había hecho mayor y no jugaba trepando a los árboles. La verdad es que aquel pino torcido y feo ya no existe. Ahora está la piscina de la casa de unos franceses.Me molesta que no sepan lo que había antes de ellos, de la casa enorme que han construido. Podría ser que alguien dijera lo mismo de nuestra casa, que seguro que también necesitó talar pinos y también debió cambiar el paisaje que alguien amaba.Hablando de paisajes que amo, no pude ir a la manifestación en defensa del Trenc. Habría ido seguro.No sé si a vosotros os pasa, pero a mí sí: siempre que voy a esas playas me da miedo que sea la última vez, que algún día los avariciosos consigan sus planes malignos y perdamos para siempre este espacio mágico.Que la codicia de unos pocos no malogre el tesoro de todos.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Maria Escalas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/ultimas-veces_129_5804327.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 21 Jul 2026 05:31:12 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[FOMO, GOMO, ROMO y otros neuras de verano]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/fomo-gomo-romo-neurosis-verano_129_5803440.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/8d433009-718f-411c-840d-e1c8006f8bb5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" /></p><p>Me encantaría ser una de esas personas visionarias que acuñan palabras nuevas que se vuelven tan populares que incluso tienen sus propias conjugaciones verbales. Pienso en cuántos artículos se han escrito sobre tener FOMO (<em>Fear Of Missing Out</em>) por sus siglas en inglés, o lo que es lo mismo, aquel miedo a perderte algo –¿querer estar en el caldo y en las tajadas?– y creo que me hace falta una nueva palabra para definir cómo me siento este verano. Según las fuentes consultadas, es decir, internet, la cosa estaría entre GOMO (<em>Greed Of Missing Out</em>) y ROMO (<em>Reluctance On Missing Out</em>); por un lado, querer estar en todas partes, pero a la vez no preocuparme demasiado por perderme cosas. Hace una semana me quedé sin teléfono móvil y durante cinco días no entré en las redes sociales, ni tampoco enviaba mensajes hasta que no llegaba a casa y me ponía delante del ordenador, como si fuera 1999 y hubiera dejado conectado el Messenger. Ahora que ya he delatado mi edad y mis inclinaciones a emplear anglicismos, puedo compartir también que ojalá hubiera recuperado el teléfono una semana más tarde, porque entonces no habría visto lo que parece absolutamente todo el mundo –menos yo– de festival, viendo a mis artistas preferidos. Vídeos mal grabados de zooms temblorosos, fotos con aspiraciones estéticas de una cerveza chorreando, abrazos, pulseritas y la sensación nuevamente de que todo el mundo estaba allí menos yo. Sí, sé que no es así, pero cuarenta <em>stories</em> de Instagram te lo harán creer. No estoy ahí, porque este es mi segundo verano como madre y, además, estoy esperando el segundo y dar dos pasos bajo este calor sofocante me angustia más que perderme el set de Florence + The Machine en el MadCool. Ahora he cambiado mis veranos de festivales por tardes en la piscina del pueblo, vueltas en bicicleta a las 07.00, leer cuentos y hacer helados caseros con sandía, mango y yogur griego. Mi Instagram es una combinación de recetas <em>baby-led weaning</em> y gente que vive en el anuncio de Estrella Damm.Y está bien. Porque también lo he vivido, todo esto. De hecho, ahora lloro metafóricamente en esta primera columna, porque las hormonas me han otorgado el superpoder de ser honesta con todas las desconocidas y desconocidos que leéis esta columna, pero, en realidad, esta elección es mía y hace un par de semanas era de concierto y pronto seré de festival, aunque sea una milésima parte de lo que solía hacer. De aquí mi necesidad de crear un nuevo acrónimo que defina que quiero estar en el caldo y en las tajadas, pero que también estoy más cómoda que nunca en mi nueva piel, consciente de que este momento es mi punto cardinal donde debía estar.Esta dicotomía no solo se aplica al hecho de que no sea en festivales, sino que va un poco más allá; la justa medida para agobiarme de vez en cuando. A esta nueva identidad, sumada a las muchas otras que he construido a lo largo de treinta y tantos años, ahora añado la de ser madre. Además, quieres ser una madre de esas presentes, que hace comidas sanas de todos los colores de la paleta de Pantone, que tiene juguetes Montessori de madera, que planifica los fines de semana con actividades que enriquezcan la vida del hijo y de la familia al completo y una que no pierda la cabeza cuando casi nada de lo que había organizado sale como pensaba. Pero no quieres que esta nueva identidad ocupe todo el espacio de tu ser; como si Venom quisiera tomar el control absoluto sobre Eddie Brock. Curiosamente, este personaje de Marvel es también un reportero, así que de repente lo miro como si él entendiera perfectamente la fragilidad de esta simbiosis alien-persona/hijo-madre. Porque, más allá de los conciertos, hay una cosa que también late en este espacio invisible, y es el tiempo –y tiempo de calidad– para dedicar a hacer las cosas que definen quién eres. Yo soy periodista. Y por mucho que escriba infinitamente menos de lo que querría, siempre me presentaré como tal. Escribir forma parte de mi identidad desde que tengo memoria. Esto es un cuchillo de doble filo, porque a la vez me frustra cuando veo todos los conciertos que cubría, el ritmo de entrevistas que hacía y los tres proyectos que solía llevar a la vez. Quizás este verano —y seguramente el siguiente y el siguiente— asistiré a muchos menos festivales de los que querría y, en cambio, habré aprendido un puñado de recetas que molan hechas con brócoli y calabacín. Y soy consciente de ello. Quizás no vuelva nunca a escribir tanto como lo hacía. O quizás sí. Sentada con el portátil en el sofá, aprovechando la duración de una siesta de verano y antes de enfilar camino hacia la piscina del pueblo, saco este momento de honestidad y reivindicación de todas mis personalidades para presentarme. Porque, más allá de todas las mujeres que soy, siempre seré una mujer periodista. </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marta Terrasa]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/fomo-gomo-romo-neurosis-verano_129_5803440.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Jul 2026 05:45:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La autora del artículo con dos amigas y sus bebés]]></media:title>
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      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Nuestro amor de mamífera es así, mamá: silencioso y primitivo]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/sociedad/amor-mamifera-mama-silencioso-primitivo_1_5747142.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/a767fd94-f50e-49b9-b81e-8c02a88172f5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" /></p><p>La hija única cumple años: uno, en concreto. Y, con solo unos días de diferencia, mi madre también. Cumple 55. Me gusta haber caído en esta casualidad, porque me recuerda más que nunca que sin madre única no habría habido hija única. Empecé a escribir más hacia adentro y menos hacia afuera cuando descubrí que el mundo se podía explicar a partir de las historias que guardamos dentro de nosotras mismas. Y la historia con mi madre es una de ellas. La primera, diría yo. Y quizás, un día, también será la última. Porque es una historia que no se acaba nunca.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Tarragó]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/sociedad/amor-mamifera-mama-silencioso-primitivo_1_5747142.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 May 2026 15:30:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El Proyecto Florida explora esta relación madre-hija imperfecta.]]></media:title>
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      <subtitle><![CDATA[Una mirada íntima a la relación entre una hija única y su madre, marcada por la distancia emocional, los cuidados y los gestos mínimos que sostienen un vínculo que no se acaba nunca]]></subtitle>
    </item>
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      <title><![CDATA[Madres, ¿quiénes sois cuando no sois madres?]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/sociedad/madres-no-madres_1_5725981.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/7119478a-3764-4c2b-9e70-110a23b2d5d0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" /></p><p>Y estoy tumbada, en la playa, medio leyendo, medio mirando a mi alrededor, captando otras historias al vuelo. De entre las sombrillas emerge una madre, casi reptando por la arena, haciendo esfuerzos para llegar a la primera línea, cargada con todo el lote. La acompañan sus gemelas. No se sabe bien quién arrastra a quién. Pero ella se tumba, derrotada, sobre la toalla, que ni siquiera ha hecho el esfuerzo de estirar cuando la ha sacado de la bolsa. Tampoco se ha quitado la ropa. Y eso que le veo el bikini a través de su blusa blanca, tipo ibicenca. También lleva unos<em> shorts</em> vaqueros medio desbocados que no piensa quitarse. Y unas gafas de sol negras XXL, donde se esconde la expresión que querría descifrar. Las gemelas no se mueven mucho de su lado. Se tumban a su alrededor, adorándola, como en un cuadro de Sorolla. Le tocan el pelo, descansando sus cabecitas en distintas partes del cuerpo de su madre, mirando también el mar, en silencio. Después de un rato en reposo, las dos niñas empiezan a moverse y se animan. Quedan en bañador y parten a nadar. La madre no hace ninguna muestra de movimiento, ni mucho menos de preocupación. Que no sienta ninguna inquietud al ver a sus hijas de seis o siete años ir solas al mar me hace pensar que ya las ha salvado de algo mucho más peligroso. Sea lo que sea, la ha devastado. Siente que estoy asistiendo al desenlace de una cruzada, como si este momento fuera el último capítulo de una larga historia, la escena justo antes de los créditos finales. </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Tarragó]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/sociedad/madres-no-madres_1_5725981.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 May 2026 14:13:06 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Salve Maria nos muestra la vida que transcurre en los márgenes, cuando las madres no se comportan como tal.]]></media:title>
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      <subtitle><![CDATA[Tres escenas cotidianas retratan la complejidad de la maternidad y cuestionan el mito de la madre como figura idealizada]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las historias que cuentan cómo era parir en casa hace 60 años]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/cultura/historia/historias-cuentan-parir-casa-60-anos_130_5598387.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/c4bc4071-24a3-45bf-a02f-5c007045e0e1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" /></p><p>Durante siglos las mujeres eran consideradas 'fábricas de hijos de Dios'. No tenerlo estaba mal visto. Para la mayoría, el único método anticonceptivo posible era eligiendo los días del ciclo menstrual en el que no ovulaban. Y no siempre se calculaba bien. Entonces tocaba pensar en el momento del parto, que ocurría en casa en unas condiciones no siempre óptimas. Catalina Noguera Garí, de 85 años, recuerda muy bien esa experiencia. Nos recibe sentada cerca del brasero de su casa de Vilafranca de Bonany, intrigada por saber qué interés puede tener su vida. Le acompañan dos de sus cuatro hijos, Maria y Miquel.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antoni Janer Torrens]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/cultura/historia/historias-cuentan-parir-casa-60-anos_130_5598387.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Dec 2025 16:11:37 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La villafranquera Francisca Nicolau Garí, de 89 años, con una imagen de sus nueve hijos, seis de los cuales parió en casa.]]></media:title>
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      <subtitle><![CDATA[Dos octogenarias relatan en el ARA Baleares su experiencia de dar a luz en el hogar familiar con la ayuda de la matrona, que antiguamente era toda una institución en los pueblos]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sólo amistad]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/amistad_129_5591509.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>"Félix es un duro", así habla mi hijo de 17 años de su compañero de habitación durante una semana en el hospital. Félix es un señor muy mayor que tiene problemas muy serios de corazón. Cada vez que le llaman al móvil, suena fuerte una canción flamenca y él se enfada si es alguna empresa que quiere hacer publicidad por enésima vez. Hemos estado con él 24 horas, hemos conocido a su esposa, dos de sus hijos, cuñados y otros familiares y hemos reído con los vídeos de su nieto.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Maria Llull]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/amistad_129_5591509.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 13 Dec 2025 16:42:13 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mi hijo es español]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/hijo-espanol_129_5510728.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Tener un hijo adolescente pone a prueba tu capacidad de respetar la libertad de pensamiento y expresión, más cuando una de las propiedades intrínsecas de esta etapa de la vida es hacer la contraria a los padres. De modo que, como mi concepto de España es el de un país extranjero caótico y desorganizado, lleno de semillas fascistas que crecen de forma preocupante, mi cachorro ha decidido estar orgulloso de ser español. Además, ha elaborado una curiosa teoría filosófica sobre su españolidad: "Se puede decir '¡Viva España!' y odiar las corridas de toros", manifestó el otro día –estaba muy contento porque ha conocido a una joven muy guapa que piensa exactamente como él.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Maria Llull]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/hijo-espanol_129_5510728.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Sep 2025 17:30:17 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
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