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    <title><![CDATA[Ara Balears en Castellano - Cristina Amanda Tur]]></title>
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    <description><![CDATA[Ara Balears en Castellano - Cristina Amanda Tur]]></description>
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      <title><![CDATA[Y si la peor especie invasora no fuera un animal ni una planta?]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/invasion-biologica-modelo-invasor_129_5791226.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/4fdd1782-677d-48c6-939b-26c3ba5ef014_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" /></p><p>El 17 de mayo de 2003, agentes de Medio Ambiente retiraron la primera serpiente en Ibiza, un ejemplar de culebra de herradura que un jardinero encontró mientras regaba unos olivos llegados de Andalucía. Dos semanas después aparecía un segundo ejemplar, esta vez de culebra blanca, y ese mismo año tres más serían retiradas. Es decir, hace 23 años que empezó todo y, desde el primer caso, la llegada de serpientes se pudo relacionar con la entrada de olivos por las villas de lujo. Pero han pasado dos décadas y los olivos todavía entran, porque los viveros quieren seguir ganando dinero y porque nuestros políticos tienen miedo de poner límites al descontrol, no fuera caso que el sistema mafioso neocapitalista que domina la isla los hiciera fuera de las sillas. La invasión de serpientes es mucho más que una invasión biológica, es un síntoma. El síntoma de una isla que ha perdido el norte. Es difícil encontrar una metáfora más precisa de lo que pasa, porque, al fin y al cabo, lo que hay detrás es un modelo económico que explota Ibiza sin control, que arrincona y expulsa a los ibicencos, ya sean lagartijas o seres humanos.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cristina Amanda Tur]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 07 Jul 2026 05:47:59 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un ejemplar de serp de herradura (Hemorrhois hippocrepis) nadando]]></media:title>
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      <title><![CDATA[No, señores, el mar no pertenece a quien lo explota]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/no-senores-mar-no-pertenece-explota_129_5762679.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/d711596b-13fd-4714-8374-11a11e7abfa9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" /></p><h3>En las Islas hemos conseguido una nueva proeza administrativa, un nuevo truco de magia: para poder ampliar una reserva marina hemos asumido reducir la protección de todas. Y lo explico. Nos situamos en los Freus, entre Ibiza y Formentera, la primera reserva marina declarada en las Baleares, en mayo de 1999. El año pasado, el Gobierno, después de presentar su ambicioso Plan de conservación marina, anunció la ampliación del área protegida. Y, para sorpresa de nadie, los pescadores recreativos se alzaron en armas con sus ya conocidas tácticas para presionar a los políticos: referencias a la tradición, a “las reservas son vedados para los profesionales” y aquello que suena tan siciliano de amenazar con retirar los votos al PP. Por cierto, la tradición como alegato para frenar la protección medioambiental merecería un artículo entero, pero será otro día.¿Y cuál ha sido la respuesta del Gobierno? Ahora viene el truco de prestidigitación, porque la solución apuesta por ampliar la reserva pero rebajar, a cambio, el nivel de protección tanto de esta área como de la Punta de la Creu, Tagomago y los islotes de Ponent. Si finalmente se aprueba (acaba de cerrar la fase de alegaciones), los recreativos podrán aumentar las cuotas de pesca y, además, utilizar técnicas que hasta ahora no están permitidas en la mayor parte de las reservas. El director de la Fundació Marilles, el biólogo Aniol Esteban, lo resumía así en el <em>Nautilus </em>de IB3 radio: “Estamos hablando de un decreto que lo que hará será incrementar la presión pesquera en las reservas marinas de Ibiza y Formentera”. Las reservas desvirtuadas.Calentamiento global<h3/><p>Los pescadores creen que el mar les pertenece y que, por lo tanto, tienen derecho a explotarlo hasta el infinito y sin tener en cuenta que ya se han exterminado poblaciones enteras. Sin tener en cuenta la presión añadida del calentamiento global (incluso las poblaciones de sardinas están menguando, pero podéis estar seguros de que se optará por pescarlas hasta que no quede ni una, porque la libertad es más importante que la biodiversidad). Cualquier avance en la defensa del medio marino continúa sometida al derecho de veto de los sectores que explotan los recursos. Un veto minoritario sobre un bien común. Hemos asumido que los pescadores –profesionales o recreativos– tienen una especie de autoridad especial sobre el mar, una legitimidad automática para determinar qué se puede hacer en él y qué no. ¿Por qué? Insisto: ¿POR QUÉ? ¿Por qué son los que explotan el mar los que tienen que decidir sobre su protección si todos dependemos de él?El problema es, en buena parte, una cuestión de lenguaje y estructura, porque las reservas de las Baleares son técnicamente reservas marinas de interés pesquero y, claro está, aunque esto permita mejorar las poblaciones, el objetivo es que, en un futuro, los pescadores tengan más vida marina que explotar. Ni siquiera le llaman vida, son 'recursos pesqueros', y hasta que no se deje de pensar en los océanos y sus habitantes desde el punto de vista de la depredación, no podremos salvarlos. Es la misma trampa lingüística con la que se protegieron las ballenas hace justo cuarenta años. No se dejaron de matar sin más a la vista de la catástrofe que suponía su desaparición, sino que se estableció una moratoria, lo que viene a decir que se las deja crecer y multiplicarse y ya veremos si algún día se vuelven a cazar. Recursos, stock y explotación son palabras trucadas con las que los humanos sustentan su estatus autoproclamado como dioses del mundo –dioses insatisfechos e irresponsables, que diría Yuval Noah Harari– para seguir considerando que los animales y sus hábitats están ahí para su único provecho. Un lenguaje al servicio de una idea que nos lleva al desastre, que oculta que de un océano sano depende toda nuestra vida, que sin él no hay nada. Es hora de que entendamos que su salud es la nuestra. Así que aún iré más allá, y ya me diréis radical; si tenemos claro que el mar está sobreexplotado, que no hay ni la diversidad ni las poblaciones de hace veinte o treinta años –y no me iré más lejos–, ¿por qué se asume como normal seguir comiéndose el océano? ¿Por qué los que sostienen la sobreexplotación tienen más derecho que yo a decidir sobre el futuro?El mar no pertenece a quienes lo explotan. El mar es un bien común del que dependemos todos, también quienes no pescamos y quienes incluso hemos llegado a la conclusión –incómoda para muchos, pero difícil de ignorar– de que en un ecosistema esquilmado la respuesta más coherente es dejar de comérselo. La conservación no debería partir de la pregunta de cómo podemos seguir pescando sin llegar al punto de no retorno, sino a qué estamos dispuestos a renunciar –aquí y ahora– para que los ecosistemas continúen existiendo. Y quizás las áreas marinas protegidas que debemos tener en las Islas no deben ser reservas de interés pesquero, pero a ver quién se atreve a abrir este debate.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cristina Amanda Tur]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 09 Jun 2026 05:52:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Barco de pescadores en Cabrera.]]></media:title>
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      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
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      <title><![CDATA[La estrategia del leopardo]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/estrategia-leopardo_129_5734300.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie. Solo un siciliano podía expresar tan bien el cinismo. Bien, o quizás también un ibicenco. La mítica máxima con la que Giuseppe Tomasi di Lampedusa compuso el mejor diálogo de<em>El Gatopardo</em> se reinventa en Baleares con la forma de políticas turísticas que prometen transformar el modelo mientras evitan alterar lo esencial. El gatopardismo <em>reloaded</em> (una secuela en versión balear).Si hasta hace apenas un año la táctica general de políticos y hoteleros era todavía la de hacernos creer que la masificación era solo nuestra sensación porque somos unos quejicas, la realidad se ha revelado terca y la tendencia al alza del número de pasajeros en los aeropuertos, incontestable. Y los aeropuertos no son la única vía de entrada. A pesar de que el sector empresarial destaque que los aumentos del último año son "leves", las señales contradicen el discurso de la contención turística: los apartamentos turísticos y hoteles que vemos levantarse y crecer en todo el territorio cada día tampoco son un espejismo, ni lo son las carreteras colapsadas ni los nuevos negocios de temporada que se abren por todas partes. En cualquier caso, parece que, al menos, han quedado atrás aquellas declaraciones del presidente del Consell d’Eivissa, Vicent Marí, diciéndonos que todo era nuestra “sensación de angustia” derivada de la oferta turística ilegal (al parecer, el turismo legal no ocupa espacio, como los fantasmas). Y aunque echar la culpa a la oferta ilegal sigue siendo un mantra muy invocado y que hay empresarios obsoletos que aún nos hablan de nuestras sensaciones, como si fuéramos niños a los que hay que explicar el mundo, hoy el discurso oficial ha evolucionado. Ya no se habla abiertamente de crecer como equivalente a progreso, sino que ahora las consignas preferidas utilizan fórmulas como ‘gestionar’, ‘equilibrar’, ‘sostenibilidad’, ‘turismo sostenible’ e ‘inteligencia turística’. Palabras y expresiones que, a fuerza de usarlas de manera espuria, que diría un abogado, se están vaciando de contenido. Cambiamos las palabras pero no cambiamos el rumbo. Cambiarlo todo para que nada cambie.En este marco gatopardista podemos inscribir las estrategias de sostenibilidad turística del Gobierno balear, su Plan de contención y el Sistema de Inteligencia Turística impulsado por el Consell de Eivissa, presentados todos ellos como herramientas innovadoras destinadas a monitorizar flujos, anticipar comportamientos y optimizar la toma de decisiones. Ahora todo nos lleva a pensar en un cambio de paradigma, cierto, pero de momento solo tenemos declaraciones de intenciones, recopilación de datos y más datos y estudios. ¿Cuántos estudios necesitamos para saber lo que todos estamos viendo y sufriendo cada día de verano? ¿Cuántos estudios más necesitamos para entender que la masificación está destruyendo nuestros espacios naturales?Mil estudios más para conocer mejor la realidad no implica necesariamente transformarla. Y aquí es donde emerge –como una bandera roja– la sospecha de gatopardismo. Si el problema es la saturación –playas colapsadas, carreteras desbordadas y vivienda tensionada por los trabajadores que necesita toda la maquinaria turística–, la respuesta institucional no parece orientada a reducirla, sino a gestionarla con más precisión. Signifique esto lo que signifique. En nombre de la sostenibilidad, se digitaliza la masificación. Creamos gemelos digitales para que la inteligencia artificial nos dé la cifra de las personas que hay en las playas y nos pueda decir que ya no cabe ni Dios. Y, ¿entonces qué? Pues esto, aseguran desde los consejos y el Gobierno, ayudará a gestionar los flujos de visitantes. Gestionar. Es decir, en algún momento una aplicación nos dirá que ses Salines está a reventar y, por “gestionar el flujo”, nos pedirán que vayamos a las rocas del Codolar, donde no hay nadie. Y como seremos los residentes de las Islas los que usaremos la aplicación, en la práctica, la saturación seguirá echándonos de nuestros espacios, pero todo estará gestionado. Y tendremos muchas cifras. La distancia que hay entre diagnóstico e intervención efectiva –entre declaraciones y realidad– revela una apuesta clara por gestionar el síntoma sin alterar el modelo. Y esto tiene una explicación política evidente, claro está, porque introducir límites reales implica asumir costes, generar conflicto con un sector turístico sobredimensionado y desafiar sus intereses económicos. En cambio, apostar por la tecnología permite proyectar una imagen de acción sin tener que tocar los fundamentos. Se despliegan paneles de datos, pero se esquiva el debate que necesitamos con urgencia. Aún más, todo este despliegue de actividad para hacernos creer que se está haciendo algo nos está costando mucho dinero. Pero todo sigue igual. Si el príncipe de Lampedusa levantara la cabeza, besaría la mano de nuestros gobernantes y les diría que son los maestros. </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cristina Amanda Tur]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 12 May 2026 05:33:29 +0000]]></pubDate>
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