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    <title><![CDATA[Ara Balears en Castellano - Joan Pau Jordà]]></title>
    <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/firmes/joan-pau-jorda/]]></link>
    <description><![CDATA[Ara Balears en Castellano - Joan Pau Jordà]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
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      <title><![CDATA[¿Quién ayuda a los invisibles?]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/ayuda-invisibles_129_5851094.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/96dce7bd-c5ab-4f91-9b1d-92cab604c350_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" /></p><p>El otro día volvía por la sombra y me encontré a un joven barbudo y despeinado estirado en el suelo, justo debajo de mi portal. No sabía si respiraba, y no reaccionaba a mis palabras y estímulos.La vecina de enfrente, a la que a veces veo en la terraza y con la que no había cruzado ni media palabra –quizás alguna vez, durante la covid-19, cuando parecía que los balcones cobraban vida– me puso en situación. Me dijo que este chico no estaba bien, que lo había visto dando vueltas y que hacía rato que estaba sentado allí delante, inconsciente. Entonces pensé que la cosa iba en serio. Llamé inmediatamente a los servicios de Emergencias.Y aquí llega la parte menos cinematográfica de la historia. Nada de respuestas inmediatas ni de ambulancias volando con las sirenas encendidas. Primero, el clásico contestador automático que te hace pulsar números como si participaras en un <em>escape room</em>. Después, cuando finalmente consigues hablar con alguien, parece que no te entienden –quizás porque les hablas en tu lengua; vete a saber qué misterio. Más espera, y más espera, mientras ya te imaginas que aquello acabará convirtiéndose en una maratón. Pero, al final, la realidad fue bastante mejor de lo que me esperaba. La ambulancia llegó en unos diez minutos y los profesionales actuaron con mucha diligencia y eficacia.Pero no es eso lo que me dejó mal cuerpo.Fue la gente.Durante todo aquel tiempo, la gente continuaba pasando por su lado. No una ni dos personas: un buen puñado. Algunos cambiaban de acera, como si su estado fuera contagioso. Otros ni siquiera levantaban la vista del móvil –las prioridades, ya se sabe. Nadie se detenía. Nadie le preguntaba si necesitaba ayuda. Era como si aquel joven fuera una papelera más de la calle, invisible a los ojos de todo el mundo. Yo me pregunto: ¿habría pasado lo mismo si, en lugar de un joven con apariencia de sin techo, hubiera sido un niño, una anciana o un hombre con corbata? No lo creo.Esto tiene un nombre: aporofobia.La aporofobia es el rechazo a las personas pobres. El término lo acuñó la filósofa Adela Cortina, combinando ‘<em>áporos’</em> (‘pobre’) y ‘<em>phóbos’</em> (miedo). Pero no es solo una cuestión de prejuicios. Es más profundo. Nuestro cerebro evita aquello que incomoda y se acerca a quien puede aportar alguna cosa. Y, además, estas personas nos recuerdan una verdad incómoda: que nosotros también podríamos acabar ahí. Una mala racha, una adicción, una depresión… y ya estamos. A nadie le gusta pensarlo.¿El resultado? Invisibilidad. Humillación. Gente que deja de contar. Un pez que se muerde la cola. Y sí, todos sabemos lo que se debería hacer: tratar a todo el mundo con dignidad, no juzgar por el aspecto, no valorar a las personas por lo que nos pueden dar. Fácil de decir. Difícil de practicar.Pero no nos engañemos: este no es solo un problema individual, ni una cuestión que dependa exclusivamente de la responsabilidad de cada uno. También –y sobre todo– es una cuestión política. Me explico. Hay quien actúa como si la pobreza desapareciera solo por el hecho de no verla. La receta es sencilla: sacarla del centro, apartarla de la vista. Desalojar, desplazar y dar el problema por resuelto. Pero, está claro, la pobreza no desaparece; simplemente se desplaza, casi siempre hacia los barrios de siempre.Y las ciudades se adaptan a ello. Bancos donde no te puedes estirar, pinchos, barras metálicas… Es lo que se llama arquitectura hostil. Dicho de otra manera: diseñar el espacio público para que vivir en él –o, mejor dicho, sobrevivir en él– sea cada vez más difícil para quien no tiene un hogar. El objetivo no es resolver el problema, sino hacerlo invisible. Como cuando, de pequeños, nos tapábamos los ojos pensando que así desaparecía aquello que nos daba miedo. La diferencia es que aquí se hace con recursos públicos. Este es el modelo que defienden el PP y Vox.Y cuando esta indiferencia sube un grado más, pasa lo que pasó en Gijón. El 26 de noviembre de 2022, una persona que dormía en la calle sufrió una agresión brutal que los autores grabaron y difundieron en las redes sociales. No por robar. No por venganza. Por humillación. Porque sí. Porque era vulnerable. La viralización del vídeo propició una denuncia ciudadana que desencadenó en un juicio. La parte positiva de todo esto –si es que la hay– es que la respuesta fue contundente. La sentencia, publicada hace unos pocos meses, reconoció la aporofobia como delito de odio. Un precedente importante. Porque deja claro que esto no son casos aislados: es violencia contra quien menos puede defenderse.Cuando los sanitarios se llevaron a aquel joven, yo seguí hacia casa. No sé qué fue de él. Pero sí sé qué me quedó: la sensación de que el problema no es solo la pobreza, sino nuestra capacidad brutal de acostumbrarnos a ella. Porque una sociedad no se define por cómo trata a los que triunfan, sino por cómo mira –o ignora– a los que han quedado atrás. Y el día que pasas al lado de alguien estirado en el suelo y ni siquiera te planteas si necesita ayuda, quizás el problema ya no es solo suyo.Es nuestro.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan Pau Jordà]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/ayuda-invisibles_129_5851094.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 16 Sep 2026 05:11:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La aporofobia se extiende por las ciudades.]]></media:title>
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      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
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      <title><![CDATA[El país no necesita más llorones]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/pais-no-necesita-llorones_129_5827128.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Hay una especie muy abundante en Mallorca. No es endémica, aunque más de uno se lo piense. Es el león de Twitter: una bestia feroz que, desde la comodidad del teclado, dicta sentencia sobre el futuro del catalán, reparte carnets de buen mallorquín, acusa a todo el mundo de traidor y anuncia, hilo tras hilo, el apocalipsis nacional.Lo más sorprendente es que esta fiera experimenta una metamorfosis instantánea tan pronto como abandona las redes. En la calle deja de rugir y se convierte en un pajarito dócil. Evita cualquier conflicto real, no asume ningún compromiso y, sobre todo, no mueve ni un dedo para que las cosas cambien.Ya sabéis de quién hablo. De los que idealizan el gobierno de Pedro Sánchez mientras acusan a MÉS de ser demasiado moderado; de los que disparan contra STEI, pero después se afilian a otros sindicatos por los cursos gratuitos o por las prebendas; de los que exigen al GOB y a la Obra Cultural Balear una contundencia que ellos mismos no están dispuestos a sostener ni siquiera pagando la cuota; o de los que convierten la defensa de la lengua en una bandera moral, pero, cuando llega el momento de decidir la escuela de los hijos, prefieren una concertada en castellano antes que ir a una pública y compartir aula con niños de origen inmigrante y de familias humildes.En las redes son revolucionarios inflexibles; en la vida real, simples espectadores.Y no se equivoquen, no hablo desde ninguna superioridad moral. No creo en las personas impecables ni en las vírgenes vestales. Todos vivimos con contradicciones, y probablemente eso es saludable. Siempre digo que quien no tiene al menos cinco, corre el riesgo de convertirse en un dogmático. El problema no son las contradicciones: el problema es convertirlas en una coartada para no asumir ninguna responsabilidad. Porque, en política, las acciones —y también las omisiones— tienen consecuencias.Y de aquí nace otra actitud que me preocupa aún más: el derrotismo.Que sí, que ya lo sé, hay motivos para preocuparse: cada vez se habla menos catalán en nuestra casa y es evidente que Mallorca vive un proceso acelerado de transformación provocado por el turismo.Ante esta situación, ¿qué hacemos? Quienes todavía nos preocupamos por la cosa pública solo tenemos dos opciones. La primera es resignarnos: convertir la impotencia en una identidad política, idealizar un pasado que ya no volverá y dejar que los de siempre continúen decidiendo el futuro de Mallorca. La segunda es más difícil, pero también más fecunda: asumir la realidad para transformarla. Sin maquillaje, pero también sin derrotismo. Porque cualquier crisis abre una rendija para el cambio. Una sociedad que se hace preguntas es una sociedad que todavía no se ha rendido. Y si hoy cada vez más mallorquines se preguntan qué significa ser de aquí, qué país quieren construir y quién decide nuestro modelo económico, es porque las viejas certezas se han resquebrajado. Los grandes proyectos políticos no nacen de las respuestas fáciles, sino de las preguntas incómodas.Ahora bien, responder a estas preguntas exige deshacerse de algunos mitos. El primero es pensar que el mallorquinismo puede encontrar aliados entre las élites económicas que se han enriquecido gracias al modelo que nos ha traído hasta aquí, aunque tengan ocho apellidos mallorquines. El segundo es creer que compartir lengua es más importante que compartir proyecto. Un catalanoparlante que vota Vox no es necesariamente más aliado del mallorquinismo que quien, venga de donde venga y hable la lengua que hable, comparte pancarta en la mani.Tengámoslo claro: la nación no la salvarán quienes viven de su explotación. Nuestros aliados son otros. Son todas aquellas personas que, desde realidades diferentes, quedan fuera de la España del privilegio: quien defiende la lengua y el territorio, quien lucha por la vivienda, contra la precariedad, por los servicios públicos y los derechos laborales, el feminismo y los movimientos LGTBI. Estas son luchas que demasiado a menudo avanzan por separado, como si fueran conflictos independientes, cuando en realidad comparten una misma raíz. Precisamente aquí radica la gran oportunidad del mallorquinismo: es el único espacio político con suficiente cohesión y coherencia para articular este malestar disperso en un proyecto compartido.Es lo que Mateu Morro resume con una expresión tan sencilla como poderosa: “librar todos los combates y levantar todas las banderas”. No lo malinterpreten. No se trata de apropiarse de todas las reivindicaciones ni de convertir el mallorquinismo en el abanderado de cualquier causa. Se trata de entender que muchas de las luchas de nuestro tiempo comparten una misma raíz y, por lo tanto, pueden compartir horizonte.Esto también implica no dejar ninguna lucha por el camino. En el caso de la lengua, el reto es especialmente exigente: hay que convencer al resto de los movimientos transformadores de que los derechos lingüísticos no son una reivindicación identitaria ni un privilegio elitista, sino una cuestión de democracia y de igualdad, tan legítima como la defensa de la vivienda, los derechos laborales, el feminismo y la protección del territorio.Esta es la responsabilidad histórica del mallorquinismo político: articular todas las luchas dentro de un proyecto de reconstrucción nacional, en el sentido más profundo del término. Esto quiere decir asumir como objetivo prioritario cohesionar la sociedad isleña, fortalecer su autoestima y convertirla en un sujeto político consciente de sus intereses. Solo así el mallorquinismo dejará de ser percibido como un movimiento que solo defiende una lengua para devenir, definitivamente, un movimiento que defiende un país.Así que ya sabéis. Salid de Twitter. Hay un futuro por construir.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan Pau Jordà]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/pais-no-necesita-llorones_129_5827128.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 19 Aug 2026 05:45:42 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿La toga también vota?]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/toga-vota_129_5805259.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Si un extraterrestre aterrizara hoy en nuestra casa y solo leyera los titulares de los diarios, probablemente pensaría que España está gobernada desde los juzgados, y quizás no iría muy errado. Mientras el PSOE de Pedro Sánchez acumula investigaciones que afectan al entorno del Gobierno y el PP continúa perseguido por los casos de corrupción, en nuestra casa se ha llegado a calificar de terrorismo una simple pintada en una protesta ecologista. La sensación es que buena parte de la confrontación política se ha desplazado de los parlamentos a los tribunales, hasta el punto de que los jueces parecen haber devenido un actor más de la disputa pública. En este contexto, la pregunta es inevitable: ¿funciona realmente la justicia?Antes de intentar responder a la cuestión, conviene recordar una evidencia. Una democracia no se limita a celebrar elecciones cada cuatro años; necesita también instituciones independientes que se controlen mutuamente. La Constitución proclama esta separación de poderes y garantiza la independencia judicial. Sin embargo, entre el principio y la práctica a menudo hay una distancia considerable. Al fin y al cabo, los tribunales no existen al margen de la sociedad, sino que forman parte de ella y reflejan, inevitablemente, sus tensiones y contradicciones.Los jueces tienen una determinada manera de entender el mundo, como cualquier persona. Y los datos muestran una realidad difícil de negar: solo uno de cada diez jueces se considera progresista. Esto no convierte automáticamente a los jueces en parciales. Se puede ser conservador y aplicar la ley con absoluta profesionalidad. Pero también es legítimo preguntarse si una judicatura tan homogénea ideológicamente no acaba generando determinados sesgos, aunque sean inconscientes. Porque, yo me pregunto, ¿es saludable que quien juzga a una sociedad tan plural provenga casi siempre del mismo entorno social?La ciudadanía, en cualquier caso, ya ha dictado sentencia. Según una encuesta de Ateneo del Dato, casi la mitad de los españoles considera que la justicia no es imparcial. El CIS aún es más contundente: casi nueve de cada diez ciudadanos creen que una persona poderosa no recibe el mismo trato que un ciudadano corriente, y la confianza en los tribunales a duras penas llega al 4,76 sobre 10. Una justicia que no inspira confianza es una justicia institucionalmente más débil.La responsabilidad de esta situación es compartida: la polarización política ha convertido los tribunales en una extensión del Parlamento. Los partidos aplauden las sentencias que les benefician y denuncian las que les perjudican como si fueran un ataque a la democracia. Las filtraciones de sumarios alimentan juicios paralelos y algunas instrucciones especialmente controvertidas acaban deteriorando la credibilidad del conjunto del sistema. Y así estamos.Creo que la justicia funciona razonablemente bien en la inmensa mayoría de los conflictos cotidianos –un divorcio, un accidente de tráfico y un robo, por ejemplo. Lo hace con una lentitud a menudo desesperante, pero, en términos generales, cumple la función que le corresponde y es equiparable a la de los países de nuestro entorno, como Francia, Italia y Portugal. Ahora bien, tampoco debemos olvidar que se trata de una justicia de una democracia liberal, con las virtudes y las limitaciones que esto comporta.Su gran problema, pues, es otro. La razón es que quien tiene dinero compra tiempo. Puede contratar a los mejores abogados, presentar recursos casi indefinidamente y resistir procesos que duran años. Quien no tiene, se resigna. La igualdad ante la ley es un principio jurídico; la igualdad ante las posibilidades de defenderse es otra historia.Tampoco se puede obviar que la justicia española es una institución heredera de la Transición y, por tanto, de la transformación de las estructuras del estado franquista en un sistema democrático. Y como en tantos otros ámbitos, algunas inercias aún perduran, como el elitismo de la misma judicatura. Recordemos que acceder a la carrera judicial exige dedicar años a preparar unas oposiciones sin ingresos, un lujo que muchas familias no se pueden permitir. Después a algunos aún les sorprende que los jueces compartan, a menudo, una misma procedencia social, una misma cultura jurídica y una determinada manera de entender el mundo.Finalmente, una reflexión dirigida a los mallorquinistas: conviene no olvidar una evidencia que demasiado a menudo pasa desapercibida. La magistratura es un poder del Estado y, como cualquier otra institución estatal, tiene la función de garantizar y preservar el ordenamiento constitucional vigente. Por ello, esperar que los tribunales resuelvan conflictos lingüísticos y de autogobierno que ponen en cuestión este mismo marco constitucional es una expectativa poco realista. Al fin y al cabo, difícilmente ningún poder judicial del mundo adoptaría decisiones que contradijeran los fundamentos jurídicos y constitucionales sobre los cuales se sustenta su propia autoridad.Quizás la lección es esta: la justicia puede resolver litigios, perseguir delitos y proteger derechos, pero nunca sustituirá a la política. Quien aspire a transformar la sociedad haría bien en no confundir los tribunales con las urnas, ni las sentencias con las soluciones a los grandes conflictos colectivos.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan Pau Jordà]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/toga-vota_129_5805259.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 22 Jul 2026 05:52:19 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mallorca: entre ‘La Balanguera’ y el mundo]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/mallorca-balanguera-mundo_129_5778675.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/138c9146-f84f-4c18-aa81-94a69ccafa40_16-9-aspect-ratio_default_1058925.jpg" /></p><p>Hay ideas que nacen en un despacho. Otras, en una sobremesa. Y después están las ideas que aparecen cuando alguien lleva demasiado tiempo pensando en una misma pregunta y decide que, en lugar de seguir rumiando solo, es mejor reunir gente y ponerla a discutir en público. La jornada <em>La identidad mallorquina en el siglo XXI: continuidades, fracturas y relatos</em> pertenece, sin duda, a esta tercera categoría.La jornada, organizada por el profesor Ernest Carranza en Can Oleo, en Palma, reunió perfiles diversos, pero muy complementarios. Así, Miquel Sbert y Andreu Ramis reflexionaron sobre el papel de las tradiciones en una sociedad en constante transformación; Mercè Picornell ofreció una mirada especialmente sugerente sobre las nuevas maneras de participar en la mallorquinidad; y finalmente, Antoni Janer coordinó una mesa redonda.Como pasa a menudo con las buenas conversaciones, las jornadas no se acabaron porque se hubieran agotado los argumentos, sino porque los bedeles nos recordaron que, por mucho que discutiéramos sobre el futuro de Mallorca, el edificio cerraba a una hora determinada. Y quizás este es el detalle más importante de todos. Porque, más allá de las ponencias, lo que realmente valió la pena fue la conversación.Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto de un debate público. Éramos pocos, sí, pero quizás esa era una parte de la gracia. No se trataba de aquellas charlas donde, antes de sentarse, ya sabes exactamente qué te dirán y donde todo acaba siendo una suma de monólogos paralelos. Aquí pasó otra cosa. Se respiraba aquel ambiente letrado que cada vez es más difícil de encontrar: un espacio donde se puede discrepar sin necesidad de convertir cualquier diferencia en una trinchera.También he de decir que yo también puse mi granito de arena con una comunicación. Se titulaba <em>Relatos en disputa: historia, símbolos e identidad en la Mallorca contemporánea</em>. Mi intervención partía de una idea muy sencilla: las identidades no surgen espontáneamente, sino que son una construcción social. Y, precisamente por eso, también son objeto de disputa. En Mallorca, esta disputa es visible en todas partes. En los nombres de las calles, en la señalización pública, en la escuela, en las jornadas conmemorativas o en la presencia de los símbolos institucionales. Que suene <em>La Balanguera</em> en un supermercado. Que un <em>influencer </em>mallorquín circule con naturalidad por las redes sociales. Que una fiesta popular sea percibida como propia por personas de perfiles muy diferentes. Es aquí, en estos gestos aparentemente insignificantes, donde se construyen las hegemonías culturales. Esta pugna no se divide en dos bandos perfectamente delimitados. Entre el españolismo y el nacionalismo, diríamos. Los debates identitarios, más bien, se mueven en una escala de grises. Porque la realidad es mucho más compleja de lo que a menudo sugiere la tele. Todos sabemos que en Mallorca se puede reivindicar la lengua catalana sin cuestionar el actual encaje institucional; que te puedes sentir mallorquín y español a la vez; o que se puede defender un mayor autogobierno sin ser independentista, por decir algo. En el fondo, el debate es muy simple: ¿quién tiene la capacidad de definir qué es Mallorca?Ahora bien, conviene no perder la perspectiva, porque hay un hecho difícil de rebatir: a pesar de todos los matices, la identidad española en Mallorca goza de una salud envidiable. Su gran triunfo ha sido conseguir que, para una amplia mayoría de la población, sentirse mallorquín y sentirse español no sean identidades en conflicto, sino perfectamente compatibles. Como ha señalado el historiador Ferran Archilés, el proyecto nacional español no solo no ha fracasado, sino que ha demostrado una notable capacidad de integración, incorporando la diversidad regional dentro de un relato ampliamente asumido como natural. Y es aquí donde aparece la gran pregunta: ¿hacia dónde va la mallorquinidad? La respuesta es que nadie lo sabe a ciencia cierta. Pero sí sabemos una cosa: las identidades no son inmutables, sino que evolucionan a medida que lo hacen las sociedades. Pensar que la Mallorca del futuro será exactamente igual que la de hoy es tan ingenuo como creer que la Mallorca actual es la misma que la de hace cincuenta años. Lo que yo creo que puede pasar es que emerja una mallorquinidad ‘<em>light</em>’. Aparentemente menos ideologizada, capaz de integrar una sociedad cada vez más diversa sin renunciar a una parte de la cultura y de las tradiciones. En este nuevo contexto, hay que asumir que esta nueva sociedad incluirá, inevitablemente, mallorquines de orígenes diversos que solo hablarán castellano. La cuestión que queda por resolver, a mi entender, es si estas nuevas identidades quedarán reducidas a una expresión puramente folclórica o si, por el contrario, se transformarán en un proyecto colectivo con capacidad de interpelar a las nuevas generaciones. Esto, probablemente, sí que dependerá de lo que los mallorquinistas seamos capaces de hacer. </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan Pau Jordà]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/mallorca-balanguera-mundo_129_5778675.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 24 Jun 2026 05:45:21 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La cantada en el CEIP Duran Estrany de Llubí.]]></media:title>
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      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Huelen a elecciones]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/huelen-elecciones_129_5749650.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>En las Islas Baleares todavía no se ha convocado ninguna elección, pero en el ambiente ya se empieza a notar aquel olor tan característico de precampaña: más titulares, más encuestas, más visitas a mercados y ferias y más políticos prometiendo que, ahora sí, han entendido qué preocupa realmente a la gente… </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan Pau Jordà]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/huelen-elecciones_129_5749650.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 27 May 2026 05:46:02 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Países Catalanes: útiles, o no serán]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/paises-catalanes-utiles-no-seran_129_5695811.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/71863223-6b2b-472b-af68-d452eb579f4e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" /></p><p>“El haz de junco tiene aquella fuerza que, si todo el haz atáis con una cuerda bien fuerte y todo lo queréis arrancar, os digo que diez hombres, por mucho que tiren, no lo arrancarán ni aun con muchos más; y si quitáis la cuerda, de junco en junco, lo romperá un mozo de ocho años, que ningún junco allí quedará.” Con esta metáfora, Ramon Muntaner nos hablaba, en el siglo XIV, de los lazos existentes entre catalanes, valencianos y baleares, y la necesidad de ir todos a una. Siete siglos después he tenido la oportunidad de participar en otra Mata de Jonc. En Vila-real –Plana Baixa– se han organizado unas jornadas, impulsadas por la Federació Llull (OCB, Òmnium y ACPV) que buscaban crear espacios de encuentro entre gente de los diferentes territorios de habla catalana. Durante un fin de semana, personas de procedencias diversas compartimos debates, talleres y conversaciones para soñar futuros posibles, que a menudo continuaban en los pasillos o en la mesa. No siempre estábamos de acuerdo –y mejor así–, pero sí que había una cosa clara: la necesidad de escucharnos más entre territorios. Este tipo de encuentros sirven precisamente para eso: intercambiar puntos de vista sin apriorismos y sin discursos prefabricados. Sin grandes escenografías ni proclamas solemnes. Solo gente hablando, discutiendo y, de vez en cuando, cambiando de opinión. Porque, ¿qué sabemos realmente nosotros de los problemas de los valencianos y principatins?En estos debates apareció inevitablemente una pregunta que hace décadas que sobrevuela el debate político y cultural: ¿qué son, realmente, los Países Catalanes? Una idea, la de esta nación clandestina, que algunos han convertido en una especie de tótem intocable, mientras otros la caricaturizan como si fuera una conspiración medieval.Y es aquí donde me parece especialmente interesante recordar las reflexiones del historiador Antoni Rico. Nacido en Alicante y residente en Girona, ha dedicado buena parte de su trabajo a estudiar el pensamiento de Joan Fuster y la construcción de las identidades nacionales. En su libro <em>No todos los males vienen de Almansa</em> (el Jonc, 2013) hace una reflexión incómoda: los Països Catalans no existen porque sí. No son una ley de la naturaleza ni un destino inevitable, y no se pueden ligar, solo, a partir de una lengua o una historia pasada. Son, en todo caso, un proyecto político que solo tiene sentido si es útil para la gente. Dicho de otra manera: los Països Catalans no se declaran, se construyen (o no se construyen). Y ya está. Rico habla de una nación de futuro. Es decir, un proyecto que sirva para mejorar la vida de las personas. Que ayude a cooperar en cultura sí, pero también en economía, universidades o comunicación. Si no es útil, no funcionará. Y si funciona, no será porque alguien lo haya proclamado solemnemente, sino porque la gente lo encontrará práctico.Estos debates también me evocan episodios del fallido Proceso catalán. En el año 2014 se presentó el manifiesto <em>Compromís pels Països Catalans, </em>también impulsado por un colectivo que se llamaba Mata de Jonc. El texto recibió el apoyo de cientos de intelectuales y tuvo el apoyo de fuerzas como Esquerra y la CUP. La idea era simple: si Catalunya llegaba a ser un estado independiente, no podía ignorar el resto de territorios de habla catalana. No era ninguna propuesta radical, sino una apuesta pragmática de futuro. Por ejemplo, se proponía que la hipotética constitución catalana permitiese que otros territorios se pudieran añadir o federar democráticamente. También se defendía que sus habitantes pudieran ser reconocidos como catalanes y tener derechos concretos: acceso a universidades, servicios o mecanismos de ciudadanía. Además, se planteaba crear un departamento para las relaciones con los Países Catalanes, fomentar acuerdos culturales y económicos, y proteger la lengua en todo el territorio. Estas ideas, hoy, pueden parecer lejanas o incluso extrañas. De hecho, muchas de aquellas propuestas continúan siendo válidas. Porque no hace tanto, muchos pensábamos que la libertad estaba cerca. Y no hay ningún motivo para ocultarlo o avergonzarse. ¿Por qué explico todo esto? Porque, como ya he dicho, los Países Catalanes no avanzarán solo con consignas o nostalgia. Tampoco desaparecerán porque alguien los ridiculice. Todo dependerá de algo mucho más concreto: que la cooperación sea útil y tenga resultados.El encuentro Mata de Jonc ha servido justamente para esto. Ha sido un espacio vivo, participativo y con voluntad de continuidad. Quiere consolidar una red comprometida con la lengua, la cultura y un futuro compartido. Si intelectuales, universidades, empresas, creadores e instituciones encuentran sentido en ello, el proyecto crecerá. Quizás poco a poco, sin grandes proclamas, pero con base real. Es menos épico, pero más realista. Y sobre todo, más útil. Por ello, enhorabuena a la Federació Llull por la iniciativa. Y que la Mata de Jonc tenga recorrido durante muchos años.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan Pau Jordà]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Apr 2026 05:46:32 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La plaza Llorenç Villalonga de Palma donde los vecinos quieren nuevos bancos.]]></media:title>
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      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Entre el desierto y la memoria: medio siglo de resistencia saharaui]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/desierto-memoria-medio-siglo-resistencia-saharaui_129_5667359.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Estos días celebramos el quincuagésimo aniversario de la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). La bandera de la media luna tricolor se izará por primera vez el 27 de febrero de 1976 en Bir Lehlu, un pequeño pueblo en medio del desierto. Ese momento fue mucho más que una simple declaración política; representó la lucha de un pueblo por existir.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan Pau Jordà]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/desierto-memoria-medio-siglo-resistencia-saharaui_129_5667359.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Mar 2026 06:45:25 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mallorca, capital: Barcelona]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/mallorca-capital-barcelona_129_5637633.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Año 1936. Pocos meses antes del estallido de la Guerra Civil, una multitud de intelectuales firmó la <em>Respuesta a los catalanes</em>. No se trataba de un gesto simbólico ni circunstancial. Era un manifiesto serio, pensado y valiente, que decía algo muy simple: los mallorquines compartimos lengua, compartimos cultura y queremos andar juntos. En otras palabras, era una reivindicación de la catalanidad de Baleares. Lo redactó Miquel Ferrà y Juan y lo firmaron 151 prohombres de la cultura isleña. El golpe de estado y la dictadura franquista lo cortaron todo de pura cepa, como suele hacer España cuando algo le incomoda.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan Pau Jordà]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/mallorca-capital-barcelona_129_5637633.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Feb 2026 06:45:33 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La impunidad como política de Estado]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/impunidad-politica_129_5610719.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>La Memoria Democrática, en España, es como un juego que consiste en recordar selectivamente lo que nos conviene y olvidar, convenientemente, el resto. Durante años, hemos oído que la Transición fue un período de concordia, paz y abrazos colectivos, en los que el rey Juan Carlos nos trajo las libertades. Una especie de cuento de hadas donde todos, de repente, decidimos olvidar nuestras diferencias y andar juntos hacia la democracia, como si nada hubiera pasado.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan Pau Jordà]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/impunidad-politica_129_5610719.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 07 Jan 2026 06:45:23 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El siglo africano comienza en el Sahel]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/siglo-africano-comienza-sahel_129_5586413.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>La población mundial alcanzó los 8.000 millones en 2022 y, aunque la India superó recientemente a China como país más poblado, es África quien concentra la atención de los expertos, por su rápido crecimiento demográfico. Durante el último siglo este continente ha pasado de dos cientos de millones de habitantes a convertirse en una de las zonas más pobladas y jóvenes del mundo, con 1.400 millones. La mayor parte de su gente tiene menos de treinta años, algo que contrasta con el envejecimiento generalizado de otras muchas regiones. Los demógrafos, de hecho, estiman que en pocos años este continente representará a una cuarta parte de la población mundial. Este dinamismo podría generar un importante dividendo demográfico y favorecer el ascenso de nuevas potencias como Tanzania o Nigeria. Por eso muchos autores afirman que el siglo XXI será el "siglo de África". Sin embargo, no todo son flores y violas, porque este futuro esperanzador convive con una sombra antigua: la influencia persistente de las viejas potencias coloniales.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan Pau Jordà]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/siglo-africano-comienza-sahel_129_5586413.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 08 Dec 2025 18:15:42 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Por qué MÁS debe aprender a ser mayor sin dejar de ser útil]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/debe-aprender-mayor-util_129_5557374.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Mi partido, MÁS por Mallorca, ha convocado su congreso para dentro de un mes. Y no he podido estar de meterme cucharada, qué tenemos que hacer, somos así. Porque para un observador externo —o, incluso, para un militante medianamente despierto— la situación del espacio ecosoberanista empieza a parecerse a ese momento en el que entras en una habitación y no recuerdas qué habías ido a hacer. Tienes ganas de hacer algo (¿útil?), sí, pero te ha cogido el Alzheimer político de repente y acabas removiendo papeles viejos y simulando que estás muy ocupado. Y así estamos: muy ocupados, pero sin saber exactamente en qué.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan Pau Jordà]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/debe-aprender-mayor-util_129_5557374.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 10 Nov 2025 18:30:23 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Necesitamos sindicatos en este país?]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/necesitamos-sindicatos-pais_129_5527750.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/9f409c15-8744-4dc8-af8a-edc8bf210f86_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" /></p><p>El sindicalismo necesita una revisión profunda. Y el sindicalismo de país –el soberanista; el catalanista; 'el de aquí', ya me entiende– aún más. No he dicho nada que no sepan. ¿Quién se afilia hoy a un sindicato? No hace falta ser una acha para darse cuenta de que el asociacionismo laboral está atrapado en dinámicas que no siempre responden a las problemáticas de los trabajadores. Tenemos muchos síntomas de esta situación. El hecho de que el pasado Primero de Mayo no hubiera ninguna manifestación ni acto significativo de los sindicatos soberanistas es un claro ejemplo de ello. El día en que el mundo del trabajo celebra su liturgia anual, 'nuestros' no estaban allí. Y lo más grave es que nadie lo notó, nadie se sorprendió, nadie se escandalizó. La indiferencia se ha instalado en la izquierda soberanista, y esto es muy peligroso.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan Pau Jordà]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/necesitamos-sindicatos-pais_129_5527750.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 Oct 2025 17:15:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Manifestación del 1 de mayo de 2022 en Palma.]]></media:title>
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      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[A la izquierda le encanta Vox]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/izquierda-le-encanta-vox_129_5497949.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Ahora que comienza el nuevo curso político, me gustaría decir algo innegable: parece que a la izquierda le gusta que gobierne el PP y Vox. Ya lo dice el poeta y activista García Montero: a los partidos de izquierda les "conviene mucho" que haya Vox, un partido al que considera que es necesario "cuidar". Porque cuanto más ruido hacen los fachas, más movilizada está la izquierda. Sí, sí, no me ha leído mal. Cuando manda la derecha, los progresistas parece que se encienden como cohetes de San Juan: asambleas, manifestaciones, pancartas, comunicados... Todo un festival de energía social. </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan Pau Jordà]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/izquierda-le-encanta-vox_129_5497949.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Sep 2025 17:30:19 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Salvamos la lengua o hacemos ver que lo intentamos?]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/salvamos-lengua-ver_129_5473802.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/17050074-c77f-46b0-b84e-dff398dd7ef9_16-9-aspect-ratio_default_0_x2707y1645.jpg" /></p><p>Hace unos días me llegó una entrevista publicada en el diario <em>Berria</em> protagonizada por el sociolingüista irlandés Conchúr Ó Giollagáin. El nombre puede sonar poco familiar, pero el hombre no es un aficionado: nacido en Dublín en 1966, es profesor de investigación gaélica en la Universidad de las Highlands y las Islas de Escocia, todo un veterano en estudios sobre lenguas minorizadas. Vamos, que sabe de lo que habla.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan Pau Jordà]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/salvamos-lengua-ver_129_5473802.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 18 Aug 2025 17:15:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[5 mayo 2024 . concentracion, manifestacion por la lengua en la plaza Mayor de Palma de Mallorca, islas Baleares. Fotos: Isaac Buj / AraBalears]]></media:title>
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      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La Mallorca del futuro será castellanohablante]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/mallorca-futuro-sera-castellanohablante_129_5451033.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/1c76d7a5-a8ff-4e4e-99eb-d7fbb61f60f6_16-9-aspect-ratio_default_0.png" /></p><p>Hay momentos en los que, para crecer, es necesario matar al padre, es así. No por odio ni por desprecio, sino por liberación. El mallorquinismo debe hacerlo, y deprisa. Porque nos guste o no, todavía funciona con unas ideas heredadas de la Transición. Una época en la que parecía que todo era posible… y después no lo fue tanto. Seguimos repitiendo rituales que nos dan una falsa sensación de coherencia –¡qué manifestaciones que organizamos! ¡Qué discursos!– mientras el país real se nos deshace en nuestras manos.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan Pau Jordà]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/mallorca-futuro-sera-castellanohablante_129_5451033.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 21 Jul 2025 17:15:37 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La Sede.]]></media:title>
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      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
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