Una vida sin redes sociales

Dejar las redes sociales no me supuso esfuerzo alguno, porque me aburren mucho, muchísimo, una barbaridad. Me sentía ridícula arrojando mensajes aleatorios sobre cualquier cosa, por poco importante que sea. Las polémicas me hacían sentir incómoda, porque muchas veces ni siquiera sabía interpretar las respuestas de otras personas, si lo hacían en un tono agresivo o condescendiente o normal...

No me importaban nada las novedades de los demás: los viajes, los piececitos en la playa, la comida de un restaurante con estrella conseguidas... Todo esto me dejaba indiferente en las redes. En cambio, cuando hablo frente a frente con otra persona, somos una entusiasta de las buenas noticias y lo paso mal con las malas. Me gusta mirar a los ojos, dar abrazos, reír, coger al otro del brazo cuando me río demasiado... Cosas que no puedo hacer ni en X, ni en Instagram ni en ninguna parte virtual.

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En cuanto a la rapidez a la hora de informarme, ha llegado un punto que tampoco me importa. Me interesa mucho más informarme bien, pagar algunas suscripciones a medios que me hacen reflexionar y hacer una cuidada digestión de lo que ocurre en el mundo.

Es un lugar común decir que una de las cosas positivas de las redes sociales es la posibilidad de contactar con personas de nuestro pasado, de las que no sabemos nada desde hace tiempo. Está bien, cierto. Pero no estoy dispuesta a pagar un precio tan caro como mi tiempo frente a una pantalla. Sinceramente, prefiero ir a pasear con los perros y que puedan hacer ellos un poco de vida social a cualquier pipicán.

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Hay personas que, cuando saben que no tengo redes sociales, me fríen a preguntas. Es como si me presionaran. Lo mismo me ocurre cuando digo que no bebo. De modo que no es complicado deducir que la gente con ciertos vicios tiene un problema si los demás no tienen. Yo no pido a nadie por qué tiene redes, básicamente, porque no me interesa lo más mínimo saberlo. Pero, en ocasiones, es complicado encontrar reciprocidad en la indiferencia. Dejar en paz a los demás no es ninguna garantía para que te dejen en paz a ti.

Por eso, una buena salida es ser antipática y ganarme la fama de mal sufrida, que luzco orgullosa. Que los demás te vean así es uno de los mecanismos de protección más eficaces que pueden tenerse. Además, en el fondo, yo sé que somos un encanto y que no necesita que nadie se dé cuenta.