El 'vos' y la pérdida del respeto

"Estos papeles de aquí serán suyos...", me dijo el otro día una compañera del instituto dentro de la sala de profesores. De repente interpreté que aquel 'vuestros' quería referirse a todos los compañeros de departamento y no sólo a mí solo. Hoy mismo he ido a comprar ya la caja, que es el único lugar donde solemos interactuar con alguien de la casa en las grandes superficies, una chica me ha dicho, muy agradable: "¿Quiere bolso, rey?". Ya me ha quedado claro, aquí, que quizás la compañera de claustro del otro día se refería exclusivamente a mí...

Son las consecuencias inevitables de hacer años y de mostrarlo en la falta de pelo, en la barba blanca, en la prominencia abdominal indisimulable... Unas consecuciones. Primero, porque a pesar del paso del tiempo todavía estamos aquí, con buen estado de salud y listo para dar guerra donde sea necesario. Y segundo, porque supone la constatación de que entre la gente joven (al menos entre la que es más joven que los de nuestra generación protosesantina) el tratamiento de 'vos' hacia una persona de más edad que uno mismo o hacia una persona desconocida tiene todavía cierta pervivencia.

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Hablemos. El tratamiento de 'vos' en Mallorca, antiguamente, no iba dirigido estrictamente a las personas viejas, sino a las que eran más viejas que el interlocutor y que, además, tenían el rango de casado. Lo dice el diccionario Alcover-Moll: "Cásate y te dirán tú", que se dice, remarca que "en Mallorca era usual tratar de ti a los solteros y de ti a los casados". Lo he oído decir por nuestra casa. La madrina avisaba a mi madre ya sus hermanos de que "ahora en tal o cual se va a casar y debe tratar de usted", aunque la diferencia de edad entre aquellos cuatro hermanos solteros y aquel pariente lejano fuera poco significativa.

También, por supuesto, era habitual tratar de usted a las personas desconocidas, aquellas que topábamos al ir a pueblo externo, o las externas que venían a hacer mercado aquí, por decir algo.

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En mi caso particular, vi siempre a mi madre tratar de usted a nuestros padrinos. Y yo he tratado siempre de ti todos mis cuentos y tías, sin vacilación. Como también he tratado aquí, con más dudas, los padres de la gente de mi edad.

Con el tiempo, ese tratamiento de respeto y de distancia fue perdiendo vigor. El tratamiento de usted se vinculó, gracias (o por culpa) de este proceso arcaizante, a las personas mayores. A todos nos han dicho alguna vez: "No me digas usted, que no somos tan vieja, yo", como si ese tratamiento tuviera que ser exclusivo de los jais.

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El caso es que ni padrinos ni madrinas comportaron, a partir de un determinado momento, que sus nietos les dieran este tratamiento. Y hoy, así, como quien no quiere la cosa, todo el mundo es un 'tú' moderno, joven, empobrecido ya ratos quien sabe si desafiando. Es tanto así que la juventud de hoy es incapaz de hacer un escrito de quince líneas dirigido a una segunda persona (tratándola de ti) sin pasar de ti, a usted y después a ti un puñado de veces (hay que decir también que en español, elusted también ha caído en desgracia, entre la juventud).

Y ahora a veces vemos en redes como jóvenes streamers se dirigen por la calle a golpe de ti a personas desconocidas, a maestros de obras, a profesores universitarios, a madones que barajan la carrera oa taxistas malhumorados.

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No se sabe si son los años, pero viene de nuevo, choca y desquicia ese poco. Y no. No venimos aquí a defender un tratamiento de respeto por razón de clase. Bien alabados, debemos estar, de habernos podido levantar de encima el clasista, sumiso, servil y españolizando 'usted', que en tiempos de las últimas coces de la Mallorca estamental reservábamos para los señores, curas, médicos y maestros de escuela.

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La reducción de los tratamientos al simple 'tú' responde, de una forma u otra, a la elevación que hemos hecho de los niños y jóvenes a una categoría equiparable a la de las personas adultas. Las personas cuando crecemos (y crecemos siempre) necesitamos unos referentes (incluso unos ídolos, si se quiere), unas personas por las que sentir respeto, admiración, una gente de la que siempre podremos aprender porque han vivido más que nosotros y porque tienen más experiencia.

Los niños no pueden tener el mismo rango de autoridad que los adultos que les acompañan en el crecimiento, precisamente porque la evolución de la humanidad se ha basado en la transmisión del conocimiento, la experiencia y los valores, de generación en generación. Y después, una vez adultos, a partir de la experiencia conocida y de la tradición transmitida, se ha generado el progreso, el cambio, la investigación y las nuevas experiencias, para trocar y corregir los errores que habíamos heredado.

Que los dioses nos guarden de tener que volver a tener miedo. Pero cuidado: hoy son muchos los niños y jóvenes que no tienen ningún miramiento a la hora de dirigirse a un adulto, como si el respeto fuera una actitud que ya no se usa, que es estantez y que no ayuda a las nuevas generaciones, como se estila de decir hoy, "a empoderarse".