Rendir sin aprender

PalmaPara empezar, quiero formular una tesis: el rendimiento académico nada tiene que ver con el placer de aprender, con la capa de conocimientos que nos conforma como personas y que nos dan una visión del mundo. El rendimiento académico es una grosería. Basta pensar que se expresa con un número descontextualizado, despersonalizado, inhumano... En definitiva, grosero, en el sentido de basto, poco fino.

Mi rendimiento académico fue suficientemente bueno en el instituto. Normalmente, no bajaba de lo nuevo, pero no aprendí mucho. Lo he olvidado casi todo. Me metía palabras y cifras en la cabeza para que después salieran volando y se pusieran en la hoja del examen, pero cuando aterrizaban desaparecían de mi vida. Ya no recuerdo nada de la métrica, ni de los libros que me hicieron leer en Literatura –tan desconectados de las peripecias del mundo–, sólo puedo decir la primera declinación del latín y ya no charlamos de los ríos de Europa ni de las capitales del mundo. Todo ha ido tan rápido como lo memoricé. Tenía suerte porque no tenía que invertir mucho tiempo en tener preparada la información para disparar. Pero es triste que no disfrutase de aprender hasta entrar en la universidad y de adulta.

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De hecho, ahora disfruto mucho más de aprender. Porque somos caótica y puedo pegar botes de un libro a otro. No tengo que escuchar por obligación y la escucha se ha convertido en un placer. A veces aprendo pronto y otras voy muy despacio. El momento más mágico es cuando sé que nunca olvidaré algo que no he tenido que memorizar. Es lo que tienen las maravillas, que encandilan, calientan la mente y el corazón y dejan una huella que ya quisieran muchos profesores.

Me da pena ver a mis hijos, obligados a rendir académicamente. Yo no se lo he dicho, ha sido esta sociedad tan gris, dura y selvática. Mi hijo arrastra los pies todas las mañanas hacia el aula del instituto. Si se quiere formar como músico, debe pasar por este trance. Está claro que hay personas que son músicos sin ningún título que lo acredite. Pero nosotros no somos superdotados y seguimos el camino de la mayoría. Mi hija llora una noche y otra: le han bajado dos puntos una nota. Ya no es excelente y parece que viene el apocalipsis. Siente que un número determinará su futuro y el presente le está pasando por delante entre llantos, con pocas risas.

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No puedo decirles que pasen de todo, que no pasa nada. Pero tampoco les diré que ese mundo me gusta. Los abrazaré al llegar a casa y les pediré cómo ha ido el día.